UCRANIA, LAVROV Y LA PERVIVENCIA EN EL ESTALINISMO

2 de mayo de 2023

Si la ineficacia de Naciones Unidas es un concepto que se replantea recurrentemente a la vera de cada crisis internacional, la estructura de la organización la condena para siempre a seguir siendo inoperante. El mejor ejemplo es su Consejo de Seguridad que ni es consejo ni proporciona seguridad. Los hechos lo demuestran.  No ha podido encontrarse mejor cosa que aplicar a todos los niveles el criterio de un país-un voto, de la misma manera que en democracia representativa rige su primo hermano un hombre-un voto.  Y no entra en consideración el hecho de que no todos seamos iguales o que figuren sobre el tablero los que son más iguales que los otros.

Así, obedeciendo a una lógica reglamentaria e institucional que jamás será modificada, el inefable ministro de exteriores ruso Sergéi Lavrov ha presidido el mes pasado el tal Consejo. Les tocaba. El buen señor, hipócrita y siempre sumergido en una lógica verborrea que maneja de manera magistral, ha estado prodigando mallete en mano declaraciones que según él corresponden al deseo de su país, Rusia, de mantener la paz y la seguridad internacional frente a un Occidente hegemónico. No es por gusto que se conoce al dedillo los meandros de Naciones Unidas: ha estado ahí más de diez años como representante permanente de su país en el edificio de la Primera Avenida del East neoyorquino a la altura de la calle 46. Por así decirlo puede afirmarse que «se las sabe todas».

Escuchando los discursos de este diplomático durante los últimos meses no he podido evitar pasar revista mentalmente a las de otros funcionarios que demagógicamente han saltado a palestras diversas en el pasado para defender lo indefendible. Pienso que si en tal pléyade tuviera que seleccionar una figura emparentada con él me tornaría hacia la de Andrei Vyshinski. Para parafrasear al innombrable me imagino que Sergey diría gustoso si lo evocara en privado: “él hubiera sido como yo, yo hubiera sido como él».  No por gusto ha ocupado una butaca en la cual se sentó el otro cuando en 1945 fue creado el tal Consejo. Añádase la particularidad de que, víctima de un infarto in situ a fines de 1954, murió como el buen actor que fue en ese lugar.

Hubiera sido como él quiere decir que habría presidido sin pestañar los juicios amañados estalinistas que de 1936 a 1938 sirvieron para ejecutar por orden directa de Stalin a cientos de miles de genuinos comunistas.  Pasados a la posteridad como un nombre propio los Procesos de Moscú fueron tolerados por la opinión pública internacional gracias a la complicidad de intelectuales, periodistas y gobiernos que, salvo las excepciones que confirman la regla, miraban para otro lado o contemplaban a distancia lo que estaba pasando con ojos de quimera.  En ese sentido y sin sorpresas, me refiero aquí a la prensa, el corresponsal en la URSS del New York Times fue el peor de los ejemplos.

En Francia gobernaba en los años 1936-1937 el Frente Popular, la izquierda naturalmente. Son los años fatídicos de la Guerra Civil en España a las que el Frente francés le dio la espalda en contubernio con Inglaterra y Estados Unidos. Y con sede en París existía desde 1898 una rimbombante Ligue des Droits de l’Homme la cual, creada cuando y por el caso Dreyfus, tenía la vocación humanitaria que su nombre indica.  Sin embargo, aquella gente tampoco movió ficha ante Stalin y su presidente se justificó con una frase célebre que pudiera aplicarse en medio mundo. Respondió a sus críticos: «¿crímenes?, pero ¿qué hubieran preferido ustedes si debiera haberse elegido en 1793 entre la Revolución con crímenes o sin crímenes y sin Revolución?; ¿quién de nosotros se hubiera pronunciado por la segunda opción?». En todos los países hubo conductas similares y tanto Stalin como Vyshinski se vieron reconfortados en acciones que impunemente llevaron a término. 

A continuación, ya en plena guerra y estando asociada la URSS a la Alemania hitleriana, Vyshinski fue enviado como comisario político a los países bálticos para purgar la clase política en los tres países e incorporarlos a la Unión querida por Stalin. Convertido de fiscal sanguinario en miembro eminente de la diplomacia soviética, estaba detrás de las cortinas en Yalta durante la conferencia tripartita de 1945, cuando Estados Unidos y la Gran Bretaña hicieron las concesiones que sabemos al ogro ruso que gracias a ello se hizo con media Europa. Peor aún: al organizarse el Tribunal de Nuremberg para juzgar a los criminales nazis, si bien su nombre no figura ni entre los miembros del jurado, ni como fiscal fue él quien organizó y supervisó discretamente cual marionetista a quienes pasaron a la posteridad como protagonistas. Se sabe por ejemplo que Rudenko lo obedecía ciegamente consultándole cada uno de sus discursos que bien pudo haber escrito su mentor.

Lavrov, a quien hace pocos días se le vio en La Habana y en Caracas recibiendo las genuflexiones abyectas del tardo castrismo y del madurismo, es un continuador del estalinismo que Vladimir Putin ha implantado. Ese es el hilo conductor de un excelente libro de Pierre Rigoulot y Florence Grandsenne que se pondrá a la venta en Francia mañana 4 de mayo: Cuando Putin se toma por Stalin es mi traducción libre de su título. Continuadores y cómplices no es lo que ha faltado a Rusia en la actual coyuntura. La factura la está pagando hace 14 meses la población civil ucraniana y la sufren los bolsillos de los ciudadanos de medio mundo a comenzar por nosotros.

El estupor de quienes han pretendido desentrañar los misterios de la llamada alma rusa y el nacionalismo que de ella emana no tendrán un ejemplo mejor de felonía que el de Lavrov quien por el momento, precisamente ahora que se apuesta por una contraofensiva ucraniana que pudiera cambiar el desarrollo de esta guerra, parece estar listo a hundirse con su navío. Desde La Habana el diazcanelismo saca cuentas y apuesta por recibir un petróleo salvador desde Texas. Nada es imposible.

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