UCRANIA: DE LA PROBABLE PAZ Y DE LA JUSTICIA INDISPENSABLE

27 de diciembre de 2022

Llegamos al final de 2022 y comenzaremos 2023 agobiados por incertidumbres que no existían hace 12 meses cuando brindamos por un nuevo año que es ahora el viejo. La agresión rusa a Ucrania que se produciría 45 días después no estaba en los visores de la ciudadanía y los analistas geopolíticos ocupados en las peroraciones que suelen serles consustanciales miraban para otras áreas que no hacia el oriente de Europa. Sobraban sin embargo antecedentes inquietantes que obviamente no habían pasado inadvertidos para los interesados, los pueblos de la región que llevan siglos bregando con la inquietante hostilidad hegemónica que viene directamente desde los príncipes de Moscovia. Y como con frecuencia sucede nadie quiso escuchar.

La visita del presidente de Ucrania Volodimir Zelenski la semana pasada a Washington ha sido un mensaje muy fuerte al que no se sabe aún que respuesta dará Rusia, en momentos en que China y Corea del Norte incrementan sus maniobras provocadoras, porque probablemente intuyen que es el momento de avanzar peones en las zonas marítimas que rodean a Taiwán y a Japón respectivamente. Nada más sensato, parecen pensar chinos y norcoreanos, que irse posicionando contra las inevitables confrontaciones que se avecinan.

En Europa y particularmente en Francia los dirigentes están contemplando la situación con gran inquietud en espera de las temperaturas frías que se avecinan en las próximas semanas. En ausencia del proveedor ruso habrá que hacerles frente economizando el gas y la electricidad lo más posible. Si para muchos la sombrilla protectora de la OTAN es garantía ante cualquier eventual acción inesperada de Vladimir Putin, los más comprendemos que el interés supremo de Estados Unidos ha basculado hacia la región que con China, India y Turquía representa los mercados y los riesgos más imponderables para el próximo medio siglo.

El otro “leitmotiv” por acá parece ser la necesidad de mantener abiertos los canales de negociación con vistas a una salida negociada de la guerra en curso. En esa vertiente el actor más implicado parece ser el presidente francés Emmanuel Macron, pero a nadie puede pasarle por la mente que no esté moviendo fichas sin el acuerdo de sus aliados a comenzar por el de Estados Unidos. Y es aquí donde entran en escena los ucranianos, principales interesados y víctimas de lo que está ocurriendo a partir de la anexión ilegal y unilateral de Crimea y la ocupación del Donbass en 2014. Cuando esas negociaciones lleguen, con o sin otras variantes catastróficas que no pueden ser excluidas, su punto de vista y la aterradora factura que están pagando tendrá que estar sobre la mesa a la que sentarán las partes. Y los ciudadanos rusos, que según se afirma han estado de acuerdo con lo que está ocurriendo, tendrán que pagar.

Es con esa idea como faro -denunciar las violaciones y las atrocidades de las que el pueblo ucraniano ha sido víctima- se consagra el Centro por las libertades civiles (CLC) el cual lleva años denunciando tales crímenes desde su sede en Kiev. Se trata de una labor a la que se han consagrado devotamente sus miembros, empeño coronado con el Premio Nobel de la Paz 2022.  Estos hombres y mujeres, dirigidos por Ales Bialiatski,  son casi todos veteranos militantes en acciones en favor de la democracia: ya en 1996 estaban en las calles denunciando a un gobierno que ostentaba en aquél momento posiciones pro-rusas. Participaban también en los trabajos de la ONG Memorial dedicada desde mediados de la década 1990 a documentar, a partir de documentos encontrados en los archivos soviéticos, los crímenes comunistas a partir de Lenin, Trotski y Stalin y sus comparsas. Como sabemos Memorial fue disuelta «legalmente» hace ahora un año en una pantomima orquestada por un tribunal ruso sometido a la voluntad del putinismo.

Nadie puede adelantar ahora qué tiempo nos separa de una eventual cesación de hostilidades. La personalidad de Vladimir Putin no augura nada bueno. Tampoco podemos imaginar qué plan B puede estar contemplando el equipo de dirigentes militares y civiles que cogobiernan con él. Por ahora el dictador se esconde y evita las presentaciones públicas como la del saludo nacional por el nuevo año. Nadie duda que, a menos que sufra una hecatombe militar, comenzará por exigir que ucranianos y occidentales admitan como hecho consumado sus anexiones. No le será fácil porque es una eventualidad inadmisible para Estados Unidos, que si bien han expresado oficialmente un «no estamos en guerra con Rusia», están armando con todos los hierros a Ucrania.

Los rusos son además conscientes de que la barbarie ejercida, por sus soldados y los civiles incondicionales en territorios ocupados, no podrá quedar sin castigo. Es una posición que el CLC ha enunciado claramente a medida que continúan infatigablemente su tarea de enumeración de crímenes: «venganza no, justicia». El brazo de ésta última, la justicia de los hombres a veces es largo y eficaz. Recientemente una mujer casi centenaria ha sido condenada en Alemania por complicidad pasiva con ejecuciones que tuvieron lugar en los campos de exterminio durante la Segunda Guerra Mundial. La cultura imperialista de Rusia deberá ser por demás corregida en el futuro. No será simple porque es algo devenido consustancial al ruso de a pie.  A ella respondían los soviéticos cuando se implicaron en Cuba a partir de 1960, línea que ha continuado hasta nuestros días.

En situaciones excepcionales como la actual conviene remitirse al testimonio de Malaparte en sus notas refiriendo lo que le tocó vivir como corresponsal de guerra cuando el fascismo mussoliniano invadió el Este europeo. Lo intituló Kaputt, palabra alemana que es sinónimo de quebrado, destruido, reducido a cenizas, perdido. Quiso dejar para la posteridad un retrato con el que describió qué podemos llegar a ser y a hacer a veces los seres humanos dejando tras sí lo horrible llevado a una máxima expresión.  En este frío invierno que los ucranianos afrontan en las peores condiciones imaginables, tengamos un pensamiento para una paz probable y una justicia hipotética, quimeras hoy, pero promesas a venir en un futuro que deseamos cercano.

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