TONY RUANO: SU PUEBLO, NOSTALGIA Y RETORNO LITERARIO

Written by Libre Online

7 de mayo de 2024

Por J. A. Albertini

Podéis arrancar al hombre de su país,
Pero no podéis arrancar al país del
corazón del hombre.
John Dos Passos.

El creador Tony Ruano es un prolífero poeta, narrador de cuentos, incluyendo relatos infantiles, y novelas. También, cultiva la pintura. Sus cuadros, de fuertes tonalidades, tal y como hace con la literatura, están llenos de las mismas pinceladas que derrama en los textos.

He leído las obras de Tony. De todas emana, de una u otra forma, el lienzo de la existencia. Sin embargo, dos, que no son tan recientes, por la temática que encierran, para mí constituyen lectura recurrente.

Me refiero al poemario “Mi pueblo más allá de la nostalgia” (2004) y las historias agrupadas en: “De retorno al pueblo viejo” (2021).

En el primero mencionado, el de versos, con solo leer dos líneas del prefacio que escribió la culta y sensible creadora Herminia D. Ibaceta, el lector suspicaz capta el caudal de emociones que le aguarda: “Características de este poemario son las dualidades pasado / presente, ideal / realidad por medio de las cuales…”. También, para espolear la curiosidad sumamos el título de un segundo prólogo titulado: “Los ojos del que vuelve”, surgido de la pluma del poeta y crítico de arte  Jorge Antonio Pérez Pérez. Aporte valioso es el diseño de portada e ilustraciones que acompañan cada poema y que fueron realizadas por el estupendo acuarelista Gabriel Zubiat. 

Las composiciones de este volumen, numerados en caracteres romanos, ascienden a veinte. Manojo lírico; lamento de  memoria desterrada y trasplantada, por fuerza, a la cual no pudieron arrancarle sensaciones, paladar, aromas y poder de  visualización. 

Ante mí, mi pueblo, / carcomido por la historia, / despellejado por los Alisios, /desgastado por su gente, / descongelado ante la realidad, / atrapado en un cuento fantasmagórico / que no termina…

Tony Ruano nació en San Luis del Cuabal de Madruga, simplemente Madruga, villa que dista 66 kilómetros, de La Habana, ciudad capital. El municipio posee manantiales termales y brisas que, bajando de las lomas del Grillo y de la Gloria, agitan la vegetación del valle Cayajabos y la Sabana de Robles, para levantar polvo porfiado en calles y portales que atesoran las pisadas del bardo ausente.

Mi casa natal ya no es mi casa; / pero siempre será mi casa. / Hace largo tiempo que no ando por sus pasillos / ni me deleita el aroma a café /  recién hecho.  

Al impactar con estos versos, el lector, hombre o mujer, sensible, sobre todo si ha padecido o padece exilio, no puede rehuir pensar en la prisa impuesta y no deseada conque fue desprendido de su entorno natural. Por eso, Tony Ruano, en añoranza “justa y necesaria”, no acepta la brutalidad que le negó terminar el café de la mañana y que, a pesar de la abusiva cólera desatada, no pudo escamotearle la imaginación propia y heredada, desde antes del nacimiento que,  inseparable de la esencia, lo funde con la:

 Calle de juegos y amores escondidos / entre arbustos, troncos, matorrales, / escalones, muros, puertas, ventanas… / La calle que sube la escalera / atesora buena parte / de mi alma. 

Y más adelante: Es miércoles o domingo, poco importa, / es noche de Retreta…¡Ay!, Fefita por Dios, no me hagas sufrir…/ ¡Ay!, Fefita por Dios, ven y dame tu amor…/ La música inunda el paseo del parque… / Imagen que se eleva antes mis ojos / y se pierde, / irreversible, / en el pasado.  

Y siguiendo la senda de la añoranza me adentro en la lectura de las 30 historias reales que, abundan en el recuerdo propio, de otros o en el baúl de la   memoria colectiva de los madrúguenses. Tony Ruano en “De retorno al pueblo viejo” va delineando con prosa sencilla y rica en anécdotas, semblanzas literarias a las cuales la mirada del lector puede endilgarles el calificativo de viñetas. De hecho la cubierta del libro, de tonalidad evocativa, con calle de adoquines coloniales y viviendas de fachadas añosas, resulta familiar.

Tony, en esta obra, retorna a su pueblo pero no vuelve solo. Vuelve acompañado por aquellos que también dejamos el sitio natal y que juntos  al poeta prosista recorremos las calles que él y nosotros nunca dejamos. Del ingenio azucarero San Antonio soplan vientos de melaza que dejan sabor a raspadura con queso blanco. No lejos Héctor, el heladero, pegado a su carro, tirado por caballo, suena la campana e irrumpiendo desde la voz que fue lanza su pregón: Heladero. ¡De mantecado y coco! 

Nos sentamos a una mesa, de portal, en la cafetería El anón del parque. Llega y saluda Baldomero el Bravucón. Hace alarde del cuchillo que lleva a la cintura y que identifica como “mi compañero de batalla”. Por cierto batalla nunca librada.

 Mario, amante del tango prefiere que le llamen El Ché Polito, apenas cae la tarde tañe su guitarra y canta tangos que yacen incrustados en calles y esquinas de Madruga. Enamorado de María una noche veraniega la vio asomada a la puerta de su vivienda. Transido de amor le dijo con perfecto acento porteño; “¿Querés que te cante un tango María?”. Por respuesta recibió un baño de agua fría y golpe de puerta airada.

El teatro municipal, según cuenta Tony Ruano, conserva, entre las ruinas de sus piedras, la noche en que la niña rica asiste, en compañía del pretendiente, oculto y pobre, a la proyección de una película. Tan pronto se apagan las luces la joven gimotea: “Ay, Jacinto, pero ¿qué me estás haciendo?”. ¡Saca la mano de ahí desgraciado!, gritó el padre furibundo que les había seguido.

Imposible no mencionar al genial pintor y bohemio Fidelio Ponce (1895-1949),  cuyo nombre verdadero era Alfredo Ramón de Jesús de la Paz Fuentes Pons. De él se afirma: “Figura singular dentro del modernismo insular”. Fidelio solía pasar los meses de primavera en Madruga, donde disfrutaba de una amante de estación, pintaba desenfrenadamente y bebía aguardiente en El anón del parque. El alcalde del pueblo conocedor de la calidad pictórica del artista, una tarde de tragos, le envía uno de sus asistentes: “Al Alcalde le agradaría colgar en la sala de su casa una de sus obras”. Fidelio no respondió pero como el hombre insistió el artista, ahíto de aguardiente, explotó: “¡Dígale al Alcalde, que digo yo, se vaya a la mierda!”. Esa noche, acusado de desacato público, Fidelio pasó la noche en un calabozo. En la mañana, para asombro de las autoridades, Fidelio en la blanqueada pared del fondo de la celda había pintado un enorme retrato, donde él se fundía en un abrazo con el Alcalde y bajo las figuras una inscripción que decía: “Que lo sepa la humanidad toda. En este calabozo pasaron la noche juntos el inmortal artista Fidelio el magnífico y el burro del Alcalde”.

 Estas y otras estampas como Clodomiro el cleptómano, Don Severo el tendero, El velorio de Manjúa, Ibrahim el bolitero, Voces y pregones… y las restantes saltan con luz de sol y luna que alcanzan la conciencia de toda persona, al  margen de nacionalidad que ha sufrido o padece el flagelo del destierro no deseado.

Tony Ruano, tal vez sin proponérselo,  ha logrado que, más allá de su Madruga nativa, el lector vuele, en alas de añoranza, al terruño propio, donde aún deambulan protagonistas y situaciones que afloran, con frescura trascendente, de las páginas de “Mi pueblo más allá de la nostalgia” y “De retorno al pueblo viejo.”

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