Una tarde apareció mi padre con un cartuchito y, muy contento, nos dijo a mi hermano y a mí: “Les traje un regalo para cada uno”…
Mi papá nos hizo eso cien veces y cien veces brincamos de alegría. Eran dos YOYOS.
Increíblemente, esos yoyos nos mantuvieron entretenidos —sin hacer otra cosa que no fuera eso— durante finales de agosto y mediados de septiembre de 1954.
Y el 16, día de mi cumpleaños, mi madre me dio una cajita de regalo envuelta con un bello papel y una moña azul.
Ese día descubrí que una de las diferencias que existen entre los hombres y las mujeres es que ellas, con mucho amor, envuelven los regalos, mientras nosotros los metemos dentro de un cartucho.
El obsequio fue un trompo con pita y todo, y estuve entretenido durante toda “la época de los trompos”. Sí, no sé si ustedes recuerdan que en Cuba todos los juegos infantiles se dividían en etapas: la época de las canicas, la época de los trompos, la época de los papalotes, la época de la quimbumbia, etc.
Y esta vez no fue un regalo; fue un descubrimiento de gran magnitud cuando, en una oscura noche, en un solar yermo —en la esquina de la calle Máximo Gómez y la avenida Juan Rodríguez, en el Residencial Mayabeque de Güines—, vi unos cocuyos. Atrapé uno y lo puse dentro de un pomo, con unos huequitos en la tapa para que respirara.
Esa fue mi primera linterna, la cual disfruté por largo tiempo. Cuando fallecía un cocuyo, le daba una digna sepultura y buscaba otro en el mismo solar.
En octubre del mismo 1954, mi padre me compró un guantecito negro, zurdo, en la tienda “El Gato Negro”, de Perucho Lamelas, y un par de pelotas en la quincalla de Adea y Humberto, frente al parquecito Martí.
Eso —ya desde noviembre— me recordaba y mantenía en la ansiosa expectativa de la cosa más linda de mi niñez: “La Liga Invernal de Béisbol Profesional Cubana”.
Joaquín Quintero, el carnicero al lado de mi casa, con un palo de escoba, me hizo una quimbumbia y disfruté jugándola, con cortos intervalos para dedicarme a otros menesteres, durante dos años de mi vida.
Ya les he dicho que nunca supe ni me interesé por saber si mis padres eran ricos, pobres o de clase media. Lo único que yo sé es que durante mi niñez lo tuve todo.
Y tampoco tenía la menor idea de lo que poseían los descendientes de Gómez Mena, de los Aspuru, de los Sarrá, y mucho menos del multimillonario Julio Lobo, “el zar del azúcar”, pero yo tuve una chivichana, una perrita llamada Yeti, un velocípedo, una carriola, unos patines, dos chiringas, juegos de damas y de damas chinas, yaquis, parchís y hasta un Monopolio.
Y encima de eso tenía un padre, una madre, un hermano, una larga y querida familia Gómez, una playa con fango medicinal, un caudaloso río Mayabeque, un bello pueblo, un inolvidable barrio, amigos y, si hubiera pedido más, hubiera sido un bandido.







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