Por J. A. Albertini
Lo que ocurre en el pasado
vuelve a ser vivido en la memoria.
John Dewey.
Tony Ruano, como buen narrador, es un escritor de memoria rumiante. Memoria que la lejanía, impuesta por fuerza, incentiva con pigmento de tiempo detenido en el recuerdo. Tiempo que tuvo su momento de despedida brusca y cuyo recuerdo —de lo vivido y de lo que quedó por vivir en el universo del terruño materno— se graba en la mente, para disfrute o tormento del ausente.
Como lector, estimo que la variedad de géneros literarios —o cualquier otra manifestación de arte creativo que se realiza en exilio— contiene una carga evocativa que le confiere a la obra en cuestión, el sello indeleble de la mirada, anclada en el alma de la nostalgia que, con destello de pupila vidente, recrea situaciones y hechos experimentados o acontecidos en el entorno ido y que ahora reposan en lecho de tinieblas inquietas.
Cuba: Relatos de un tiempo incierto, (Editorial El Ataje, 2026), reciente manojo de cuentos —21 en total, con poema introductorio de Sara Martínez Castro— del versátil escritor Tony Ruano, constituye un aporte importante para la literatura cubana exiliada. Sobre todo por el toque humano de los hechos —trágicos, jocosos o cotidianos— cuyos protagonistas fueron y siguen siendo víctimas de la aún inacabada tragedia del pueblo cubano. En la dura cotidianidad de los personajes que animan los relatos se refleja la desventura que acarrea la imposición de la colectivización en detrimento de la natural y creativa individualidad, que comienza por el amor a la familia, al sitio de nacimiento —símbolos patrios y religiosos—, todo paralelo al innato anhelo de progreso que, indefectiblemente, termina alcanzando a personas allegadas o lejanas.
Por lo antes expuesto, Tony Ruano seleccionó, como elemento introductorio a la lectura, seleccionó el poema —de la sentida creadora cubana Sara Martínez Castro— titulado Bajo un cielo prestado:
Mi patria es una isla donde el miedo
hizo una vez su casa,
donde no hay un lugar para los sueños
y anda la fe descalza.
Y como todo lo que narra Tony Ruano en estos cuentos es verdadero, todos, menos uno, llevan por título el nombre de pila de los protagonistas. Nombres propios que por respeto —a vivos o muertos— fueron cambiados sin alterar el contenido del suceso. Sin embargo, la atmósfera de tiranía totalitaria que castiga a los personajes corre por las calles del pueblo (todos los pueblos y ciudades de Cuba) como aguas albañales que contaminan el aire y las conciencias humanas.
Alfredo, a quien acompañamos en su desarrollo tenaz, desde muy joven, en la industria del calzado, cuando ha logrado sus objetivos, al borde de la vejez, es despojado de sus bienes. La esposa le toma las manos curtidas por el trabajo y trata de animarlo. Él la mira y reflexiona: Los años cansan, amor, y con esta gente en el poder no habrá más oportunidades. Si algo he aprendido es que no hay futuro sin presente, y acaban de asesinar el progreso.
Por otro lado, Bella persigue las filas que se organizan (colas) para adquirir productos de primera necesidad, siempre escasos. Y en esas ocasiones ella no desaprovecha a la audiencia, temerosa u hostil para, con sentido de broma calculada, enjuiciar y criticar al régimen opresor: ¡Al fin vinieron los bloomers y los ajustadores! Oye chica, que lo de esta gente no tiene nombre, para mí que quieren que una salga a la calle encuera —dijo Bella, en voz alta para que todos la escucharan.
¡Pin pun, fuera, abajo la gusanera! ¡Que se vaya la escoria! ¡Cristino gusano! Éxodo del Mariel —primavera-verano del año 1980—. Cristino y su familia, que pronto se sumarán a los miles de cubanos que por vía marítima abandonaron la Isla, son acosados por una turba, con presencia del Comité de Defensa de la Revolución de la cuadra, y una mayoría desconocida, entrenada para intimidar y hasta golpear a los cubanos desafectos que han optado por rechazar el “paraíso castro-comunista”. Leer el cuento equivale a revivir lo sufrido y al mismo tiempo sentir pena y rabia por la desvergüenza que se escuda en el anonimato de la muchedumbre. ¡Cristino gusano…!
Dionisio, fiel partidario de la “revolución castrista”, siempre viste, con orgullo, el traje de miliciano. Aquel día, la esposa, al sentir que llega a la casa, le grita: ¡Ni se te ocurra entrar si no traes las malangas que te pedí en la mañana! El niño sigue con diarreas y fiebre. Dionisio trata de explicarle. Es miliciano, es revolucionario, los guajiros desconfían de él: No sé quién carajo va a fiarse de ti si te pasas la vida con ese traje de miliciano calle arriba y calle abajo… Va a decir algo, pero ella es tajante. Acaba de largarte de una vez a buscar las malangas. A partir de esa escena hay que ver los contratiempos que pasa Dionisio, el miliciano, para conseguir las malangas y evitar a los “compañeros” que, a la entrada del pueblo, revisan jabas y paquetes.
Melina, con su notoria y desbocada sexualidad, aporta una nota de ácido humor pueblerino. En la localidad todos la conocen. Algunos la compadecen y otros la esquivan. Sin embargo, Melina inflama su notoriedad por el encuentro carnal que tiene con algunos jóvenes del Servicio Militar Obligatorio. ¡Leer para ver…!
Pasando páginas llegamos a Nicanor, niño de enseñanza primaria, con excelente desempeño académico, pero que, por negarse a colocarse la pañoleta de pionero y a ser como el Che Guevara, para alcanzar el logro revolucionario que lo calificaría como “el hombre nuevo”, tiene los caminos cerrados para acceder a estudios superiores. Entonces, la familia de Nicanor decide…
Maelio, de oficio constructor, que siempre ha sido obediente en seguir las reglas establecidas por arquitectos e ingenieros, silenciosamente discrepa de las nuevas autoridades revolucionarias del pueblo que planifican cambiar la estructura del parque municipal. Pero cuando llegan a cierto punto, Maelio estalla: ¡No, eso sí que no! ¡La glorieta no…! Por cierto, la pintura (obra del autor) que ilustra la cubierta del libro es la pérgola mencionada: Glorieta del parque de la villa San Luis del Cuabal de Madruga.
Como mencioné al inicio de esta reseña, solo un relato muestra el verdadero nombre de la persona: el titulado Ricardo. Y como al inicio de esta reseña, mencioné que solo un relato muestra el verdadero nombre de la persona, aclaro que es el titulado Ricardo, coterráneo de Tony Ruano, cuyo contenido verídico se inicia con la dedicatoria siguiente: A la memoria de Ricardo Bofill Pagés.
Otros que, por comprensible cuestión de espacio, no comento, pero merecen la pupila del buen lector son los siguientes: Canelo, Graciela, Hortensia, Onelio, Otilio, Serapio, Tomasito, Ulises y Zoilo.
Las circunstancias que parieron estas historias, a pesar del tiempo transcurrido, en nuestra Isla, no han cambiado; en todo caso, han empeorado. Por esa razón, en honor a la cruda realidad, vuelvo a Sara Martínez Castro y su poema:
Mi patria es una noche sin estrellas
y es un verso sin alas,
mi patria es una cárcel donde habita
mi niñez mutilada.
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