Por PÁNFILO D. CAMACHO (1948)
EL MEDIO
No fueron hombres comunes los colonos norteamericanos que redactaron la Declaración de Independencia y la Constitución de los Estados Unidos. Amalgamados ya en una nueva raza, ellos adoraban a su Dios con la concepción que instintivamente tenían para aferrarse a la Biblia una vez terminado su duro trabajo diario. Sin las trabas religiosas de las tierras que habían arrojado a sus antecesores hacia el mundo recién descubierto, no pareció extraña la presencia en aquella porción terrestre de hombres de las calidades humanas de Washington, de Jefferson y de sus otros compañeros.
Como pueblo desorbitado por un vertiginoso crecimiento tras la obtención de su independencia por las armas, el norteamericano comenzó a desarrollar a su manera la democracia progresista de su propio invento, donde se destacaban los llamados “hombres prácticos” y “negociantes de cabeza dura”. Aquel régimen necesitaba de la mano férrea de sus primeros rectores públicos. Para ello, su egregio primer presidente dio el ejemplo a seguir al imponer la norma del respeto más absoluto a la ley, que siempre aplicó sin fueros ni privilegios. Esto seguido de la expansión territorial por cualquier medio eficaz y la exterminación de la raza indígena, determinó el poderío desmesurado de la nueva nación.
Cuando Abraham Lincoln, el otro grande americano, pudo llevar a feliz término su obra redentora, exaltada por aquella oración de Gettysburg, que solo puede repetirse con la respiración contenida, ya la democracia norteamericana podía funcionar sin andadores. Cada nuevo presidente que llegara a la Casa Blanca únicamente tendría que saber cumplir los principios fundamentales que sus antecesores habían sentado, tanto en moral como en política. Sus principales energías debían enderezarse a emular a los grandes de la patria.
UN NUEVO NEOYORQUINO
Corría el año del Señor de 1858. Ya los rascacielos neoyorquinos, como apuntó el filósofo europeo-norteamericano Jorge Santayana, demostraban el predominio de la voluntad de un pueblo nuevo en contraposición con lo tradicional que representaban las antiguas residencias coloniales. En la antimetafísica y puritana ciudad que los holandeses habían inaugurado sobre la isla de Manhattan comenzaban a sentirse los aires fríos del nuevo invierno, que, como todos, iba a ser brutal y prolongado.
Las verdes hojas de los árboles se manifestaban temerosas de la cruel sacudida que las echaría tierra. Los carruajes tejían su hilo invisible en toda la urbe, llamada a desempeñar papel de gran metrópoli. En plena tarea de trabajo, cada habitante atendía al fomento de su negocio en una zona donde solo se pensaba en la riqueza y la seguridad para el futuro. Y el 27 de septiembre, en la casa número 28 de la calle 20, muy próxima al Río del Este, nació un nuevo neoyorquino. Era hijo del matrimonio formado por Teodoro Roosevelt y Martha Bulloch.
Con las aguas bautismales, recibió también el nombre del padre: Teodoro. Roosevelt, el padre, era de procedencia holandesa. El primer Roosevelt que llegó a Nueva York, hacia cerca de doscientos años, fue, Klaes Martensen van Roosevelt. La madre procedía de escoceses e irlandeses. En la familia se tenía como grande honor que todos los descendientes del primer Roosevelt hubieran nacido en la isla de Manhattan. Para ellos, Nueva York era el centro del mundo.
El padre pertenecía al grupo de los promotores de negocios comerciales y de finanzas. El abuelo vivía aún. Todos tenían buena posición económica. Sabían alternar el trabajo con sus vacaciones veraniegas en el retiro de Oyster Bay, Long Island, adonde podía trasladarse fácilmente la familia. El padre era amigo de la equitación, la vida del campo y de los deportes. Se concretaba a los negocios y a su familia, a la que trataba de conducir sobre los raíles de una vida práctica y de reserva de energías, bases de la filosofía norteamericana, influida por el positivismo y por la formación cultural materna.
Durante su niñez, que coincidió con la guerra civil, el niño no gozó de buena salud. Padeció de constantes ataques de asma. Fueron muchas las noches que los padres tuvieron que mantenerlo en brazos para aliviarlo de intensos ahogos. No pudo frecuentar los colegios cuando llegó la oportunidad. Una de sus tías se encargó de cuidarlo y de enseñarle las primeras letras. Desde muy temprano se advirtió que su visión era defectuosa. Muy pronto sus ojos de color azul claro se vieron provistos de espejuelos que lo acompañarían en toda su existencia. Sus frecuentes estancias en Oyster Bay y el contacto con el sol y el campo comenzaron a disipar los efectos del enojoso mal. Mucho contribuyó a ello también el viaje que toda la familia hizo a Europa cuando él tenía diez años.
Cuatro años después, el padre, partidario de las aventuras y de los viajes peligrosos, llevó al hijo de compañero a Egipto. Con él remontó el Nilo hasta Luxor. Teodoro se preocupó por coleccionar pájaros. Después visitó Grecia, Constantinopla y Alemania. En ningún lugar le interesaron las obras de arte. Solo los museos de Historia Natural le atraían.
EL ESTUDIANTE
A su regreso, el padre decidió que Teodoro se hiciera de una carrera. Pensó que la abogacía sería lo apropiado. Más cuando el hijo no necesitaba de su trabajo personal para vivir. Harvard lo contó entre sus asistentes. Pero los rumbos del estudiante se orientaron por otros campos que no fueron los de las leyes. Su demostrada afición por las cosas de la naturaleza lo llevó inconscientemente al estudio de la Historia Natural. También le agradaban la Historia y la Economía. En su misma casa tenía para su entretenimiento una gran tortuga y varias culebras. En sus correrías por Oyster Bay, el Hudson y los montes Adirondacks había anotado noventa y siete especies nuevas de pájaros. Sin embargo aprendió alemán y francés, pero las lenguas muertas y las matemáticas no entraron en sus cálculos.
Participó intensamente en la vida atlética de la Universidad. Tenía una afición desmedida por el boxeo, y en una ocasión alcanzó el campeonato entre sus compañeros. Mucho sufrió por su incapacidad para ejercitarse en el beisbol, debido a su vista defectuosa. Hacía constantes prácticas de tiro. Le encantaban la música y el baile.
Fue uno de los directores del “Harvard Advocate”. Desde aquella época dejó constancia de sus facultades de escritor. En sus primeros ensayos, tuvo dificultades para expresarse en público. Su voluntad intensa hizo que con el tiempo dominara la palabra y se desenvolviera en la tribuna con desenfado aún en tiempos que ignoraba lo que le tenía reservada su suerte.
Antes de graduarse, tenía escrito varios capítulos de una obra, que terminó poco después y la crítica admitió como importante, la Historia de la Guerra Naval de 1812. Con ella demostró sus excelsas cualidades de escritor y de historiador medular. En términos generales, defendió la tesis de que la historia debe escribirse diciendo siempre la verdad, aunque ésta sea favorable a la parte contraria. Planteó tal cuestión porque estimaba que al pueblo se le hacía daño diciéndole que las guerras en las que interviene, todo son triunfos para las armas nacionales, cuando era lo cierto que se sufren muchas derrotas. Se vio que su conglomerado social se hallaba en presencia de un miembro digno de atención. Su padre había muerto hacía poco. Los bienes que heredó le permitían disfrutar de una situación económica desahogada.
EL POLÍTICO
Cuando Roosevelt abandonó el Harvard College, ya con su diploma gozaba de perfecta salud. De estatura regular, su bigote castaño claro comenzaba a ocultar la comisura de sus finos labios. A su tez blanca se unía la luminosidad de sus ojos, no obstante las inseparables gafas sujetas de una cinta atada al ojal de la camisa que los cubría.
De pulcro vestir, resultaba un hombre franco y simpático, amigo de prodigar el saludo y de atraer en el acto a cuantos tratara. Según muchas opiniones le gustaba exhibir sus cualidades y sus pensamientos si la situación lo demandaba. Mas no a realizar los estudios de abogado que intentó reanudar, la inquietud de su espíritu juvenil demandaba de él un quehacer que se adecuara a sus querencias. Indeciso ante el cambio a tomar se adentró en los estudios históricos, sobreponiéndolos a los científicos. Pero fue la política, una ciega prometedora de gloria y de nombres, la que tocó a su puerta en forma ostensible en el instante decisivo de su existencia, ganándolo para siempre.
Después de un viaje de placer comenzó el ejercicio de su nueva actividad. En primer término, se inscribió en el comité del Partido Republicano de su barrio. Hombre templado, encaminó sus pasos hacia una meta que siempre había resultado riesgosa: combatir la política de control que ejercían los bosses del Tammany Hall, usando la fuerza y el dinero en caso necesario, en el gobierno de la creciente ciudad. Muchos caciques vieron con recelos la conducta del joven neoyorquino, cuya negativa a cejar en su empeño se patentizó tan pronto quisieron sumarlo al bando contrario. Escribió que no sabía exactamente cómo, pero que iba a ayudar la causa de un buen gobierno en su ciudad natal. Seguro ya de su futuro, contrajo matrimonio con la bostoniana Alicia Hathaway. A los tres años falleció la joven esposa, dejándole una hija, que llevó el nombre de la infortunada madre. Elegido miembro de la legislatura del Estado de Nueva York como republicano independiente, desempeñó ese cargo desde 1882 hasta 1884.
En los debates y asuntos que se plantearon entonces se señaló como hombre de carácter y decisión. Fue propulsor de todo adelantamiento colectivo o que entrañara una causa justa. Se apreció en él un reformador de hechos e instituciones que no se cohonestaban con un régimen que se llamaba de libertad y de justicia. Su mayor ahínco estuvo en modificar el sistema llamado del Servicio Civil. Él sabía que en la provisión de cargos públicos estaba la llave que los gobernantes sin escrúpulo utilizaban para abrirse la puerta del mando continuado. En el mismo año 84 ocupó la presidencia de la Delegación neoyorquina a la Convención Nacional Republicana.
Los eminentes servicios que prestó al Partido hicieron que los republicanos lo presentaran como candidato a la Alcaldía de Nueva York. Los tiempos no eran aún propicios y fue derrotado por el candidato demócrata. Por lo pronto, obtuvo una votación considerable, signo inequívoco de que el futuro iba a ser pronto de los republicanos. Mientras tanto, los bosses celebraban en las cervecerías el triunfo obtenido contra un enemigo común. Ese mismo año se casó con Edith K. Carow, de Nueva York. Con ella tuvo cuatro hijos y una hija. Amó intensamente a su esposa, y fue amado. Los frutos de ese amor fueron igualmente amados por él. Quien lea la colección de cartas a sus hijos quedará impresionado por la ternura que en ellas puso.
Su capacidad demostrada en la materia hizo que el presidente Harrison lo escogiera para desempeñar el cargo de presidente de la Comisión del Servicio Civil. Después de varios años de servicios, durante los cuales se acreditó como un verdadero organizador en la rama administrativa, pasó a desempeñar el cargo de Jefe de Policía de la ciudad de Nueva York. Allí demostró su valor a toda prueba. Al trasponer los límites de la juventud, cuando la temida cuarentena iba a insertarlo en los predios de la edad madura, fue llamado por el presidente McKinley para ofrecerle un cargo de carácter nacional. En el 97 lo designó para el de Subsecretario de Marina. En ese momento fue cuando el nombre del eminente neoyorquino, desconocedor quizás hasta entonces de los dolores de la Grande Antilla, ligó su nombre indeleblemente al jirón de tierra americana que aún reclamaba inútilmente su libertad.
EL ROUGH RIDER
Conforme ocurrió después con su ilustre pariente, el gran Franklin D. Roosevelt, Teodoro poseyó la facultad no común de prever, indispensable en el verdadero estadista. A despecho de cuantos no lo comprendían, trató de incrementar la marina de guerra de su país y ordenó hacer prácticas de tiro. Él participaba del criterio de que había que prepararse para la guerra para conservar la paz. Era lo natural en un hombre de su temperamento. Está bien determinado que él, como subsecretario de Marina alentó la guerra que dio a los cubanos la oportunidad de ser libres. Ferviente defensor de la doctrina de América para los americanos fue partidario declarado de hacer la guerra a España. Hizo ver al presidente remiso que la guerra era inevitable, y que él también iría a ella.
Hubo un momento en la guerra hispano-cubana-norteamericana en que la poderosa vecina de Cuba podía haber decretado la anexión sin que alguien pudiera criticarla. Pero, su presidente era verdaderamente el gran amigo de Cuba y quiso que la bandera de la estrella solitaria permaneciera en los mástiles cubanos. Para darles una verdadera lección sin palabras, ordenó que una Comisión Consultativa, presidida por un abogado norteamericano, se ocupara previamente de hacer aquellas leyes fundamentales que los cubanos no habían sabido promulgar. ¿Qué harían después los cubanos con la Ley del Servicio Civil que el gran amigo de Cuba ordenó que se implantara por encima de todas?
El 14 de noviembre de 1908 se celebraron elecciones para elegir al presidente de la República. Conocido el resultado de estas, sobre las que no se planteó ninguna reclamación, un fundador insigne, Enrique Loynaz del Castillo, se dirigió al presidente Roosevelt con el propósito de que se anticipase la toma de posesión de nuevo mandatario para el 28 de enero. De esta manera se rendía homenaje a la memoria de Martí y le era permitido a Roosevelt, que cesaba el próximo mes de marzo, el placer de que su gobierno devolviera a los cubanos la dirección política del país. El presidente accedió gustoso, y el día del natalicio de Martí de 1909 quedó restaurada la República.
Cuando Roosevelt abandonó la Casa Blanca siguió gozando del respeto y la simpatía de su pueblo. Habiendo anunciado su propósito de hacer un viaje a las selvas africanas a cazar leones, los magnates de Wall Street, deseosos de deshacerse de quien había tomado medidas que en algunos casos lesionaron sus intereses económicos, dieron la noticia en un pasquín fijado en la bolsa de Nueva York con el siguiente pie: “Wall Street espera que cada león cumpla con su deber”.
EL CIUDADANO
Diez años vivió el expresidente Roosevelt con el título bien ganado de ciudadano eminente de su país. En el viaje que inmediatamente hizo al Viejo Mundo, principalmente, como él dijo, para que no apareciera que ejercía influencia sobre su íntimo amigo y sucesor el presidente Taft, se hizo palpable la popularidad que en el extranjero gozaba. Nadie ignoraba que en 1906 se le había concedido el Premio Nobel de la Paz por su intervención amistosa en la guerra ruso-japonesa. Todos sabían que era hombre jovial y amigo de presentarse en público con el más insignificante motivo.
Después de haber hecho su anunciada excursión por África, su paso por los distintos países europeos fue una jornada triunfal. En cada lugar se le recibió con los honores a que era acreedor. Pronunció distintas conferencias, pero en la universidad de El Cairo no agradó el discurso en que atacó al movimiento nacionalista. Lo mismo le ocurrió en Inglaterra. En Roma no visitó al Papa porque se le exigió que no pronunciara un discurso en una iglesia metodista, que era la secta a que perteneció toda su familia.
A su regreso a los Estados Unidos no estuvo conforme en parte con la política de su protegido Taft y a la larga influyó en él. Con su filosofía del derecho del más fuerte fue admirador de Alemania hasta que los Estados Unidos le declararon la guerra. Al ser hundido el “Lusitania”, se mostró antipacifista una vez más. En 1914 viajó por Sudamérica y dio conferencias en distintas universidades. Con el estoicismo propio de su raza, supo de la muerte en los campos de batalla durante la Primera Guerra Mundial de su hijo Quintín. El 6 de enero de 1919 emprendió el tránsito desde la tierra hacia lo desconocido.
A su muerte, eminente hijo de Nueva York tenía títulos bien ganados para que su nombre perdure con derecho propio en la galería de los que hicieron algo en beneficio procomún. Ningún vicio tuvo ni ningún daño causó voluntariamente a un semejante. En el orden intelectual, la veintena de libros que dejó publicados lo colocan entre los primeros escritores de América. Además de sus libros sobre cacerías, alcanzaron relieve los titulados “La vida intensa”, “El ideal americano”, “La ciudad de Nueva York” y otros que le dan el rango de historiador, pensador y filósofo. Y nosotros, como cubanos agradecidos, hacemos votos porque eternamente vivan en paz los manes espirituales del gran amigo de Cuba.







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