Su fecha de nacimiento dio origen al “Día del Médico Cubano Libre”. La obra de Carlos Finlay

Written by Libre Online

6 de diciembre de 2022

Por el Dr. Juan Govea (1948)

Sobre la vida de Finlay, a la controversia en torno a su descubrimiento sobre la Comisión de Reed, su visita a Finlay y sobre las teatrales comprobaciones de Reed y su Comisión mucho se ha escrito en los últimos tiempos. Sin embargo, sobre la obra de Finlay en sí nunca se ha publicado ningún resumen en la gran prensa y a su alcance del público profano.

El descubrimiento de Finlay, no fue, como verá el lector, labor de unos días, de unos meses, como es generalmente el esfuerzo realizado por cualquier autor científico e investigador en la colaboración de un trabajo científico. La obra de Finlay fue casi un cuarto de siglo de concienzuda y minuciosa investigación científica y si tenemos en cuenta la época en que se realizaba esta labor y los resultados prácticos, bajo el punto de vista médico e higiénico, alcanzados, puede decirse que solo dos hombres en la segunda mitad del siglo XIX, precedieron a Finlay en el mundo, en cuanto a la labor científica realizada; ellos son: Luis Pasteur Y Roberto Koch.

Carlos Finlay Nació́ en Puerto Príncipe (actual ciudad de Camagüey, en la provincia del mismo nombre), Cuba, el 3 de diciembre de 1833, y falleció en La Habana (actual provincia de Ciudad de La Habana), Cuba, el 19 de agosto de 1915. 

Médico epidemiólogo. Su nombre de pila era Juan Carlos, pero firmaba Carlos J.. Graduado del Jefferson Medical College (Filadelfia, EE.UU.), en 1855. 

Entre 1859 y 1861 realizó estudios en Francia. En 1872, fue elegido Miembro de Número de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, y, en 1895, miembro de Mérito. Se desempeñó como Secretario de Correspondencia (a cargo de las relaciones internacionales) de esa institución, por espacio de casi 14 años. 

Desde 1868 llevó a cabo importantes estudios sobre la propagación del cólera en La Habana. 

Sus estudios mostraban que la propagación del cólera se realizaba por las aguas de la llamada Zanja Real, probablemente contaminadas por los enfermos en las fuentes mismas de donde se surtía aquel primitivo acueducto descubierto. 

Esas investigaciones epidemiológicas de Finlay no fueron publicadas entonces debido a la rígida censura de tiempos de guerra establecida por las autoridades coloniales. 

Se temía que la diseminación del cólera se atribuyese a la desidia del gobierno colonial. Sin embargo, la Real Academia de Ciencias de La Habana logró publicar este importante trabajo de Finlay en 1873, cuando ya había pasado la epidemia. 

También estudió el muermo, y describió el primer caso de Filaria en sangre observado en América en1882. Incursionó ocasionalmente en cuestiones científicas de un carácter más teórico y practicó la Oftalmología, que era la especialidad de su padre. 

Paralelamente, se dedicó a investigar la etiología de la fiebre amarilla, partiendo de la considerable experiencia acumulada en Cuba en la caracterización y el diagnóstico de esta enfermedad, algunos de cuyos síntomas fueron descritos originalmente por médicos cubanos. 

En representación de la Academia de Ciencias, colaboró activamente con la primera comisión investigadora de la fiebre amarilla enviada a Cuba por el gobierno estadounidense, en 1879. 

Desde que en 1857 comienza Carlos Finlay a ejercer la medicina en La Habana, se dedicaron especial entusiasmo y energía al estudio de las causas de la difusión de la fiebre amarilla.

Los numerosos trabajos científicos de Finlay no se limitaron, sin embargo al estudio de la patología de esta enfermedad. Otros muchos capítulos de la patología médica, ocuparon la atención de nuestro sabio compatriota; pero como sería imposible resumir su obra científica completa en un artículo periodístico, vamos a limitarnos a sus trabajos científicos relacionados con la terrible enfermedad conocida por fiebre amarilla o vómito negro.

Puede afirmarse, que nuestro compatriota fue, en lo que a esta enfermedad se refiere, historiador hasta terapeuta y según opinión de todos sus contemporáneos, era él quien tenía conocimientos más profundos sobre la patología de esta enfermedad.

Como prueba del dominio que tenía sobre todo lo relacionado con las enfermedades fiebre amarilla, vemos a continuación un episodio histórico de extraordinario interés.

Una vez,  el entonces director del hospital “Las Ánimas” Dr. Ross llamó la atención de Finlay que, entre las numerosas enfermeras que estaban durante días y noches en contacto con los enfermos de fiebre amarilla hospitalizados en «Las Ánimas”, no se había dado un solo caso de contagio, a pesar de los mosquitos que existían en dicho hospital. Finlay contestó rápidamente, que la explicación era sencilla. Debía ser el hecho a que,  en dicho hospital y sus alrededores,  existían toda clase de mosquitos, menos el único capaz de transmitir la enfermedad, es decir,  el Culex mosquito. Para comprobar tal afirmación se ordenó una fumigación y un estudio de los mosquitos recogidos durante la misma, demostró, que Finlay estaba en lo cierto, ya que no se encontró un solo ejemplar entre todos ellos, del Culex mosquito.

En 1881, comienza a estudiar minuciosa y detalladamente el mosquito en el microscopio. Él observó al insecto mientras picaba lo vio llenarse de sangre y comprobó su escasa movilidad durante la digestión. Descubrió que para que se transmitiera la enfermedad era necesario que el insecto picara atacado de fiebre amarilla en cierto período de la evolución de la misma y que después durante unos días, debía efectuarse el ciclo evolutivo en el agente transmisor. Observó además que era la hembra y solamente la hembra, la que transmitía al picar, la enfermedad y jamás antes de haber sido fecundada. Pudo comprobar también como que era indispensable que el insecto se mantuviera a la temperatura de nuestro verano, para que su picadura fuera infectante.

En 1881, y ante la Academia de Ciencias de La Habana, leyó Finlay su primer trabajo afirmando de manera categórica, que era el mosquito Culex el que transmitía el virus o germen de la fiebre amarilla, trayendolo de la sangre del enfermo y depositándolo en el torrente circulatorio del hombre sano.

En 1883, leyó Finlay en la propia Academia de Ciencias otro trabajo titulado: «Nuevos datos acerca de la relación entre la fiebre amarilla y el mosquito» en esta importante comunicación, Finlay que se había iniciado en las entomología, guiado por el sabio naturalista Felipe Poey, se revela ya experto. Insiste en las relaciones existentes entre el insecto y las variaciones atmosféricas revelando que ha criado cuidadosamente los mosquitos y los ha mantenido para sus experiencias durante varias generaciones.

El 18 de febrero de 1861 y en la conferencia sanitaria e internacional de Washington, formuló nuestro sabio, la doctrina por la cual 19 años más tarde, se vio el mundo librado del terrible azote que constituía la fiebre amarilla.  Y ya ese mismo año comienza Finlay a realizar sus primeras inoculaciones.

En  1884, publica nuestro compatriota  un extenso trabajo sobre la historia de la fiebre amarilla. Tratase de un concienzudo y bien documentado estudio sobre los orígenes de esta enfermedad. Un año más tarde publica Finlay su trabajo sobre la “Experimentación de la transmisión de la fiebre amarilla”, observando que una sola picada generalmente no es suficiente para producir las formas graves de esta enfermedad. Y es así que surge en su mente privilegiada la idea de la posibilidad de la unidad por un ataque benigno.

Principales aportes 

El principal aporte de Finlay a la ciencia mundial fue su explicación del modo de trasmisión de la fiebre amarilla. Desde las primeras décadas del Siglo XIX, un buen número de médicos había descartado que la fiebre amarilla se trasmitiese por contagio directo (es decir, por contacto con un enfermo o con sus secreciones, excreciones o pertenencias). 

Predominaba la versión anticontagionista de este mal, la cual lo atribuía a ciertas condiciones del medio natural o a la presencia de un miasma (algo así como efluvio contaminante). 

El 18 de febrero de 1881, en una conferencia sanitaria internacional celebrada en la capital de los Estados Unidos, (a la cual asistió como miembro de la delegación española, en representación de Cuba y Puerto Rico), explicó que, al no ajustarse el modo de propagación de la fiebre amarilla a los esquemas del contagionismo y del anticontagionismo, era preciso postular «un agente cuya existencia sea completamente independiente de la enfermedad y del enfermo», capaz de trasmitir el germen de la enfermedad, del individuo enfermo al sano. 

Esta fue, en esencia, la Teoría del modo de trasmisión de la fiebre amarilla expuesta por Finlay. 

El 14 de agosto de 1881, presentó ante la Real Academia habanera su trabajo “El mosquito hipotéticamente considerado como agente de transmisión de la fiebre amarilla”. Gracias a una serie de precisas deducciones, a partir de los hábitos de las diferentes especies de mosquitos existentes en La Habana, Finlay indicó correctamente -en la mencionada memoria- que el agente trasmisor de la fiebre amarilla era la hembra de la especie de mosquito que hoy conocemos como Aedes aegypti. Dicho trabajo se publicó en ese mismo año en los Anales de la referida Academia. Aunque, con anterioridad, médicos de diferentes países habían sospechado del mosquito como ente propagador de la enfermedad, ninguno había supuesto, hasta entonces, que trasmitiera enfermedad alguna de persona a persona, y nadie había propuesto una identificación taxonómica precisa de especie alguna considerada trasmisora. La identificación precisa del posible agente trasmisor abrió la posibilidad de comprobar experimentalmente la teoría de Finlay. 

Aunque dicha teoría era bien conocida por epidemiólogos extranjeros (sobre todo franceses y norteamericanos), además de sus colegas cubanos, no fue sometida a comprobación independiente por otros científicos durante veinte años. 

A ello contribuyó no sólo la absoluta novedad de esta concepción, sino el auge de los estudios (en los cuales también participó Finlay) encaminados a la búsqueda del microorganismo causante de la enfermedad, que en alguna medida opacaban las investigaciones epidemiológicas. 

Casi una docena de especies de bacterias fueron propuestas, en las dos últimas décadas del siglo XIX, como posibles agentes patógenos de la fiebre amarilla, aunque la que mayor atención recibió fue un bacilo descubierto en Uruguay, en 1897, por el médico italiano Giusseppe Sanarelli. 

Sólo en 1927-1929 se comprobó que el agente causante de la enfermedad no era una bacteria, sino un virus. 

Finlay, y su único colaborador, el médico español Claudio Delgado y Amestoy, realizaron, entre 1881 y 1900, una serie de experimentos para tratar de verificar la trasmisión por mosquitos. 

Llevaron a cabo un total de 104 inoculaciones experimentales, provocando al menos 16 casos de fiebre amarilla benigna o moderada (entre ellos uno muy «típico») y otros estados febriles, algunos no descartables como de fiebre amarilla, pero de diagnóstico impreciso.

En 1893, 1894 y 1898, Finlay formuló y divulgó, incluso internacionalmente, las principales medidas a tomar para evitar las epidemias de fiebre amarilla, las cuales tenían que ver con la destrucción de las larvas de los mosquitos trasmisores en sus propios criaderos, y fueron, en esencia, las mismas medidas que, desde 1901, se aplicaron con éxito en Cuba, y luego en Panamá, así como en otros países donde la enfermedad era considerada endémica. 

La segunda y tercera comisiones investigadoras del estado de la fiebre amarilla en Cuba, enviadas por las autoridades sanitarias de los Estados Unidos a La Habana, en 1889 y 1899, no prestaron atención a la teoría de Finlay. 

La cuarta comisión, presidida por Walter Reed, e integrada por James Carroll, Arístides Agramonte (cubano que residía en los Estados Unidos) y Jesse Lazear, fue creada en 1899 por el cirujano general del Ejército de los Estados Unidos, George Sternberg, a solicitud del gobernador militar de Cuba, Leonard Wood, cuyas medidas de higienización habían fracasado frente a las epidemias de fiebre amarilla. 

Sternberg, por cierto, era miembro corresponsal de la Academia de Ciencias de La Habana, había estado varias veces en Cuba (formó parte de la primera comisión de fiebre amarilla, en 1879), y conocía bien, pero no compartía, las ideas de Finlay sobre la etiología de la fiebre amarilla. 

Aunque el programa de trabajo de la comisión presidida por Walter Reed incluía varias cuestiones, la «teoría del mosquito» no se hallaba entre ellas. A Sternberg le interesaba sobre todo comprobar si el bacilo de sanarelli era el agente causante de la fiebre amarilla.

Cuando la comisión llegó a Cuba, en junio de 1900, la enfermedad afectaba ya a un buen número de soldados del ejército de ocupación estadounidense, instalado en la Isla desde 1898, después de finalizada la guerra con España. 

Al no poder hallar indicios de la presencia del agente patógeno, la Comisión se encontró sin pista alguna que seguir ante la crítica situación epidemiológica existente. 

En estas circunstancias, pasaron por La Habana, a mediados de julio de 1900, dos médicos británicos, Walter Myers y Herbert E. Durham, quienes conocían trabajos recientes, realizados por el médico inglés Ronald Ross, sobre la trasmisión del paludismo por mosquitos del género anopheles (identificados como tales por el investigador italiano Giovanni Grassi). 

Los médicos británicos se familiarizaron en La Habana con el descubrimiento, realizado en Estados Unidos por el médico estadounidense Henry R Carter (presente entonces en Cuba), de que entre un caso y otro de fiebre amarilla, en un lugar dado, mediaban unas dos semanas. 

Myers y Durham indicaron a los miembros de la comisión que este intervalo parecía sugerir la existencia de un agente intermedio en la trasmisión de la enfermedad y les sugirieron verbalmente (y luego publicaron esta sugerencia en Inglaterra, en septiembre) que prestaran más atención a las ideas de Finlay. 

A ello parece haberse debido la visita que los miembros de la comisión le realizaron, en su casa, en agosto de 1900, donde Finlay les entregó varias de sus publicaciones, hizo algunas recomendaciones y les donó huevos del mosquito Aëdes aegypti, obtenidos por él en su laboratorio doméstico. 

Jesse Lazear, el único miembro de la comisión familiarizado, durante una estancia en Europa, con trabajos sobre posibles vectores biológicos, parece haber convencido a otros de sus miembros de que no podía desecharse la posibilidad de que la fiebre amarilla fuese trasmitida de un modo análogo al paludismo. Lazear tuvo en cuenta que el intervalo descubierto por Carter podía corresponder a un «período de incubación» del germen en el mosquito. 

La serie de inoculaciones experimentales que Lazear llevó a cabo en septiembre de 1900, se realizaron sin el conocimiento o, al menos, sin la aprobación formal de Reed. 

En estos experimentos Lazear hizo que algunos voluntarios y él mismo fueran picados por mosquitos (obtenidos de los huevos suministrados por Finlay), que habían ingerido sangre de pacientes de fiebre amarilla unas dos semanas antes. 

Carroll, un soldado de apellido Dean, y el propio Lazear contrajeron la enfermedad. Lazear llevó un detallado cuaderno de apuntes de la evolución de ésta durante los 13 días que transcurrieron entre su autoinoculación y su fallecimiento, ocurrido el 25 de septiembre de 1900. 

Carroll y Dean sobrevivieron. Fue Jesse azear, por lo tanto, quien dirigió la primera comprobación experimental de la «teoría del mosquito», independientemente de los experimentos llevados a cabo por el propio Finlay. 

Walter Reed se había mostrado escéptico, hasta entonces, respecto a la teoría de Finlay, y se hallaba en Estados Unidos al producirse el fallecimiento de Lazear; pero regresó rápidamente a Cuba y, se supone que a partir del cuaderno de notas de Lazear, preparó apresuradamente una comunicación, que presentó el 22 de octubre de 1900 ante un evento científico que se celebró en Estados Unidos. Este informe fue publicado como «Nota Preliminar» acerca de los resultados obtenidos por la comisión que Reed presidía. 

En dicha «Nota», basándose sobre todo en el caso de Lazear, de diagnóstico indudable y documentado, pero producido en condiciones distantes del rigor experimental que Reed luego exigiría, admitió como cierta la teoría de Finlay, pero afirmó que éste no había logrado demostrarla (aun cuando había reportado, ya en 1881, un caso no fatal, pero casi tan típico como el que la «Nota» mencionaba). 

Argumentó posteriormente que Finlay había utilizado mosquitos que todavía no habían incubado el germen de la enfermedad, por lo que los resultados experimentales de éste debían ser desechados. 

De esta manera, los 20 años de trabajo de Finlay y la importancia decisiva que tuvo la identificación por él del agente trasmisor fueron relegados a un segundo plano. Años más tarde, en 1932, quedó demostrado que la velocidad de la incubación del virus por el mosquito depende de la temperatura ambiente, por lo que algunos de los mosquitos empleados por Finlay en sus experimentos sí podían haber incubado el virus de la fiebre amarilla. 

En 1901, Reed dirigió una serie de meticulosos experimentos que reafirmaban la función del mosquito Aëdes aegypti como agente trasmisor. Reed trabajó dentro del paradigma (como se diría en términos modernos) formulado por Finlay, y con la especie de mosquito identificada por éste. 

En realidad, se limitó a comprobar de manera rigurosa la teoría del científico cubano. Sin embargo, de algunas cartas escritas por Reed se deduce que llegó incluso a convencerse de que era no ya el (segundo) verificador, sino el autor de la teoría claramente formulada por Finlay veinte años antes, y se refería a ella como «mi teoría». 

En los Estados Unidos se elevó a Reed, injustificadamente, al rango de «descubridor de la causa de la fiebre amarilla»; sobre todo después de su fallecimiento en 1902. 

En realidad, ni siquiera después de los experimentos de Reed se dio universal crédito a la «teoría del mosquito», por cuanto no se había logrado probar que Aëdes aegypti era el único portador posible. 

La función de este mosquito quedó demostrada convincentemente, no por los experimentos de Reed, sino con la virtual eliminación de la fiebre amarilla en La Habana en 1901, como resultado de una campaña dirigida por el médico militar estadounidense William Gorgas. 

Las medidas aplicadas se basaban en las recomendaciones formuladas anteriormente por Finlay, por lo que su éxito resultó ser, a fin de cuentas, la demostración más palpable de que su autor había tenido razón. 

Así lo reconoció el propio Gorgas en carta que dirigió a Finlay años más tarde, desde Panamá, donde también puso en práctica las medidas propuestas por el médico cubano. 

En 1902, al proclamarse la independencia de Cuba, Carlos J. Finlay fue nombrado Jefe Superior de Sanidad, y estructuró el sistema de sanidad del país sobre bases nuevas. Desde este cargo le tocó encarar la última epidemia de fiebre amarilla que se registró en La Habana, en 1905, y que fue eliminada en tres meses. Desde 1909, no se han producido nuevos brotes de fiebre amarilla en Cuba. 

Por eso, no podemos nunca perdonar al famoso médico norteamericano  Paul de Kruif  de haber llamado a Carlos Finlay el investigador chapucero. La obra científica de Carlos Finlay fue extraordinaria y fecunda.

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