STÉPHANE COURTOIS DESCIFRA A PUTIN

21 de noviembre de 2022

Entre la media docena de conocedores del mundo ruso que cuentan en Francia, y me refiero al período que corre de mediados del Siglo XIX hasta la fecha, los historiadores Françoise Thom y Stéphane Courtois acaparan dos puestos cimeros que a mi juicio nadie puede discutirles. Ambos corrieron literalmente hacia Moscú cuando el gobierno Eltsine abrió en 1991 los archivos de la Unión Soviética a investigadores extranjeros no rusos. El segundo calificó el acontecimiento como «revolución documental», solo que duró muy poco. Lo suficiente no obstante para que unos cuantos pudieran explotar el inesperado filón durante los meses durante los cuales fue posible. Copiaron documentos y se escribieron decenas de artículos y resúmenes cuyo mejor exponente quedado para la posteridad es el monumental Libro Negro del Comunismo de casi 900 páginas, prontamente traducido del francés a 26 idiomas cuyas ediciones totalizan ya una tirada de un millón y medio de ejemplares, referencia imperecedera de los crímenes comunistas. 

Courtois no ha cesado de trabajar el asunto y durante los últimos veinte años ha seguido publicando. Cuando el centenario de la revolución rusa publicó una biografía de Lenin con la que prácticamente agotó para siempre el tema. También es el editor de la revista trimestral «Communismes» en la cual colaboran muchos universitarios del patio y extranjeros. Como viene de una militancia de izquierda en su juventud conoce el sistema desde adentro en su variante francesa motivo por el cual es objeto de todas las inquinas imaginables provenientes del bando contrario. Ahora acaba de salir a la venta su última colaboración centrada en la actualidad que ha creado la guerra rusa de agresión a Ucrania y su ejecutor impío. Lo tituló Le Livre noir de Vladimir Potine co-firmado por Galia Ackerman, una especialista del mundo post-soviético nacida en Moscú en 1948 que se estableció permanentemente en Francia a fines de 1984. La página digital Desk Russie ( https://desk-russie.eu) que ella dirige y que es accesible tanto en francés como en inglés, tiene actualmente en libre acceso la Introducción in extenso de este importante libro. Es un texto que recomendamos a nuestros lectores. Courtois y Ackerman fueron secundados en el empeño por otros especialistas – Cécile Vassié, Yves Hamant, Andreï Kozovoï, Mykola Riabtchouk, Iryna Dmytrychyn y la antes citada Françoise Thom – que han colaborado en este indispensable documento de 464 páginas recién publicado en París por las Éditions Laffont/Perrin.

Los autores declararon en una presentación ante la prensa la semana pasada que aspiran a que el libro sea «el último clavo que cierre el sarcófago de Putin y la primera piedra del tribunal internacional que en su momento enjuiciará a las élites rusas que han propiciado esta tenebrosa intentona hegemónica».  Bien documentado, implacable por así decirlo, la obra resume mucho de lo que se ha escrito acerca del ruso en los últimos años. Hacen énfasis en sus orígenes y en su formación en las academias de los servicios especiales de la URSS. La línea de razonamiento define a un hombre hoy totalmente girado hacia el pasado, retrógrado por así decirlo: la revancha de lo soviético contra el presente. No les falta razón porque en 1998 cuando Putin fue nombrado jefe del FSB, el temido servicio de inteligencia y seguridad interior ruso, nadie sabía quién era. Estaban creándose entonces muchos partidos políticos y sus actores pensaban que el país iba hacia una era de normalización política en el marco de una democracia a la europea. Eltsine lo designó sorpresivamente sucesor y heredero, a pesar de que disponía de otros hombres más competentes para la tarea, por ejemplo, Boris Nemtsov. La única explicación a aquello parece ser que a través del elegido casi a dedo, los antiguos patrones de la KGB reconvertidos en pseudo-civiles pusieron a uno de la casa al frente del país. La criadita salió respondona y hay que apuntar aquí cuán peligroso es tener al frente de cualquier país a un enfermo incompetente como al Eltsine de entonces. Nuestros lectores tal vez pensarán en los Estados Unidos de hoy, gobernados por el aparente pelele que parece ser Joe Biden.

El libro escarba en los orígenes de Putin, un tipo criado casi en las calles, a la dura en un barrio de los suburbios de la ciudad de San Petersburgo. Se hizo adulto entre gamberros de su barrio en un mundo callejero regido por la ley del más fuerte bajo códigos de honor y de fidelidad que indujeron al futuro agente de los servicios especiales a crecer en condiciones análogas a las que se labran los jefecillos y traficantes abriéndose espacios vitales en cualquier ciudad del planeta. Al final esos códigos son los mismos entre las categorías superiores del bandidismo y de la policía.  Y desde luego se trata de un medio en el cual la traición es impensable. Los autores remiten en esto directamente a las ejecutorias de Lenin y de Stalin quienes hicieron de los servicios especiales su principal instrumento activo para perpetuarse en el poder. Un mundo sin piedad: en los sótanos de la Loubianka de los años 1930 un trásfuga desenmascarado antes poder huir fue eliminado metiéndolo vivo en un horno. El horrible acto fue filmado y exhibido a todos los cuadros del aparato como advertencia ejemplar y disuasiva. 

La omnipresencia en toda la estructura rusa de los llamados silovikis es objeto en el libro de un capítulo ilustrativo de como los herederos del comunismo soviético, sus cuadros que pasaron brevemente a un segundo plano en 1991 se reconstituyeron de varias formas poco después. Es ese el origen de los dos cuerpos actuales del espionaje ruso, el FSB para operar en el interior y el SVR concebido para operar en el extranjero. Señalan estos especialistas como precedente lo hecho por Andropov en 1982 al ocupar el puesto de Brejnev al morir este último. Era un hombre hecho en las filas del KGB que había dirigido durante 15 años, desde 1967. Por eso mismo Putin lo primero que hizo llegando al sitial de primer ministro fue traer hacia el Kremlin, que seguía siendo el centro del poder, a numerosos de sus incondicionales de San Petersburgo formados como él en los servicios especiales soviéticos. Y todos han seguido siendo lo que eran antes, kagebetistas (sic).

Y así van desfilando ante el lector, capítulo tras capítulo todos los hechos que han metamorfoseado a Putin y a la parte de las élites rusas que le son incondicionales en los últimos 25 años. Todo comenzó con los sangrientos atentados de 1999 que causaron más de 300 muertos en el país.  Han quedado registrados para la posteridad pese a que no hay pruebas factuales de ello, como obra de terroristas chechenos. Hay una línea directa, afirman estos historiadores franceses, entre aquello y la actual agresión a los ucranianos, pasando por las anexiones en Crimea y más recientemente en las regiones del Este (oblasts). Trayendo al análisis del hombre Putin y de la situación actual vienen a analizar la actitud del presidente francés Emmanuel Macron frente al grave conflicto en curso y su proyección hacia el futuro. Courtois pone en paralelo la personalidad del actual huésped del Elíseo con la de dirigentes galos anteriores que habían conocido y vivido en carne propia guerras pasadas. Al sugerir que tales experiencias proponen el análisis de lo que significa el balance de las fuerzas implicadas, afirma que la actual generación no está preparada para hacer frente a lo que está sucediendo en especial ante un Putin que no es otra cosa que un desalmado vestido de estadista. En cuanto a pensar en negociaciones de paz, una onda a la que se suman muchos dirigentes occidentales mientras que Turquía, India y China miran para otra parte, tanto Courtois como Ackerman se muestran escépticos. Ambos coinciden en emitir un juicio muy elogioso en cuanto al papel preponderante que están desempeñando los Estados Unidos en el conflicto: «si los americanos no estuvieran al timón, Putin ya habría atravesado la frontera este de Polonia y estaría pensando en aplastar a los Países Bálticos para llegar hasta el Mar del Norte».

Se planteó también en la presentación ante los periodistas, el análisis del apoyo de la población rusa a Putin.  Algunos analistas cifran hasta en un 70% esa aprobación gracias a encuestas cuya fiabilidad está sujeta a análisis.  Si por una parte la maquinaria gubernamental ha estado operando desde febrero un lavado de cerebro muy eficaz, unido a una campaña de odio contra Ucrania y todo el Occidente, las cosas están cambiando según Galia. Todo dependerá de cómo y cuándo van a pesar en la Rusia profunda, los miles de muertos caídos en el frente, algo que mostrará al ciudadano común las debilidades reales del país. Y desde luego que contrariamente a lo dicho por Macron, que pronunció aquella frase mal traída de hace cuatro meses en la televisión, consideran que lo que hay que hacer es humillar lo más seriamente que se pueda a Rusia y a su líder supremo, insistiendo que es él y las élites que lo apoyan quienes traen muerte, desgracia y traumatismo al pueblo. El resentimiento que todo esto pueda causar en las mentalidades podrá ayudar a que surja en el interior de la sociedad rusa una alternativa. No hay que olvidar que gran parte de la oligarquía, la que se ha enriquecido durante un cuarto de siglo gracias a Putin, ha sufrido grandes pérdidas.  Está maltrecha, quiere salir del hoyo y apuntan no tanto al patriotismo como a un nuevo despegue que requeriría otra figura al frente de la gran nación rusa.

El análisis que este magnífico libro propone tiene en su conclusión un asomo de claridad, de blancura incipiente, que contrasta con la negrura de su magnífico título.

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