SIR WINSTON CHURCHILL

Written by Libre Online

8 de diciembre de 2021

En espléndidas condiciones físicas, lúcido, humorista, alerta, medular, la personificación exacta de John Bull; lleno de vida, de entusiasmos, de optimismo, dispuesto a luchar y convencido de que la alianza angloamericana impedirá el triunfo de los enemigos de la libertad y la democracia, Sir Winston festejó su octogésimo cumpleaños.

Por Robert E. Sherwood (1954)

Winston Churchill, fue uno de los más grandes estadistas del mundo. Hombre de estado, hombre de ciencia, hombre de letras y hombre de guerra: todo en una pieza, y todo también en una de las más lúcidas inteligencias que una nación haya tenido al frente de su gobierno. Añádase a eso la más grande suma de energía serena que pueda uno imaginarse en un hombre.

En espléndidas condiciones físicas, lúcido, humorista, alerta, medular, la personificación exacta de John Bull; lleno de vida, de entusiasmos, de optimismo, dispuesto a luchar y convencido de que la alianza angloamericana impedirá el triunfo de los enemigos de la libertad y la democracia, Sir Winston festejó su octogésimo cumpleaños.

El último día de noviembre, Winston Leonard Spencer Churchill celebraba su onomástico con una recepción a la que acudieron para congratularlo sus compañeros de la Cámara de los Comunes, del cuerpo legislativo a cuyo servicio dio su sangre, su esfuerzo, lágrimas y sudores por espacio de cincuenta y cuatro años, casi las tres cuartas partes de su vida.

A rendirle honores con motivo de un acontecimiento tan singular, acudieron a la mansión de Churchill, lo mismo los socialistas que los “tories” y, todos, con la misma sinceridad le deseaban muchos días felices al ilustre Primer Ministro. Pero al mismo tiempo, más de un miembro del Parlamento, expresaba privadamente, confidencialmente sus esperanzas de que los días que aún restaban  a Sir Winston «de su larga y no enteramente descolorida existencia» (como el mismo solía decir) los pase en alguna otra dirección que no sea la de Downing Street número diez.

Porque nunca ha sido un secreto que armado con los poderes de Primer Ministro de la reina, Sir Winston a veces no sólo era difícil para sus adversarios políticos, sino también para los que militaban en su partido. Los socialistas sabían de sobra que el enorme prestigio así como su habilidad en los debates, capacidad que los años no debilitaron, y que se manifestaba aún en momentos tan embarazosos como los de la  crisis del canal de Suez, hacen que invariablemente Sir Winston les lleve gran ventaja. No faltan tampoco conservadores, especialmente entre el elemento joven, que se inclina a desear que el partido tenga un «líder» menos dominante. (Me sospecho que nadie está más al tanto de estos sentimientos que el propio Primer Ministro).

Sir Winston era hombre de indomable energía. Su actitud frente a los desastres fue única. Todavía se recuerda una de sus digresiones más interesantes en el Parlamento del Canadá. Describía en esa ocasión la caída de Francia en 1940 y contaba que los derrotistas, sobresaliendo Petain entre estos, le habían dicho a los franceses: en tres meses Hitler le habrá retorcido el cuello a la Gran Bretaña como si fuera un pollo. Churchill dejó caer pesadamente esta frase a los legisladores canadienses muchos de los cuales eran de origen francés y, al punto agregó:

«Veremos a qué pollo le tuercen el pescuezo.»

 No hay dudas acerca del lugar eminente que Churchill ocupó por siempre en la historia del mundo, pero temo que las generaciones futuras no puedan apreciar en toda su extensión el afecto sin precedentes que le profesó el pueblo de los Estados Unidos. Sería un exageración decir que lo adoraban, pero es innegable que lo admiraban extraordinariamente y, lo que todavía es más importante, se sentían a gusto en su compañía y en su trato.

A los americanos les gustan los peleadores, los que pueden asimilar la contrariedad, una derrota  y continuar luchando. Churchill probó incontables veces que era un hombre de este temple, y, al mismo tiempo, que poseía maravilloso talento para montar los espectáculos que más gustaban a los americanos. Churchill era un gran actor.

El brillante escritor americano  Robert E. Sherwood escribió sobre Churchill lo siguiente:

Durante el pasado verano, las simpatías del pueblo americano hacia la Gran Bretaña, se entibiaron considerablemente. A consecuencia de los acontecimientos de lndochina y de la actitud que asumió en otros problemas. Inglaterra fue acusada de estarse preparando para tomar nuevamente el largo y humillante camino que conducen a Munich, al apaciguamiento y al desastre. El Primer Ministro voló enseguida desde Londres a Washington para hablar con el presidente Eisenhower, y en el curso de su breve visita se sometió a una conferencia de prensa verdaderamente “masiva” a la que concurrieron aproximadamente más de mil reporteros seleccionados entre los más astutos y más avezados a lograr revelaciones sensacionales. En su mayoría estos periodistas consideraban a Churchill como un campeón en decadencia; esperaban verlo vacilante y dando tropezones, pero el gran estadista estuvo a la altura de las circunstancias, salió airoso de la prueba y, como dijera en términos de teatro un testigo presencial: “El viejo estadista ofreció una espléndida actuación. Se mostró lúcido en grado sumo, humorista, alerta y enjundioso”.

No fue esta la primera vez en que Churchill se ha enfrentado y vencido a un auditorio americano que en cierto modo le era hostil.

Recuerdo un día sombrío en la Casa Blanca, el día siguiente al de la Navidad de 1941, cuando todavía el pueblo americano se hallaba bajo la terrible impresión de los luctuosos acontecimientos que habían seguido al ataque de Pearl Harbor. Yo estaba con Harry Hopkins asomado a uno de los balcones cuando salió de la Casa Blanca una caravana de automóviles, en uno de los cuales viajaba mister Churchill, que por primera vez era huésped del Presidente de la República. Los coches tomaron la dirección del Capitolio, donde el Primer Ministro británico iba a pronunciar un discurso en una sesión conjunta del Congreso.

“Pobre Winston”, murmuró Hopkins. En los circuitos íntimos del presidente Roosevelt no disimulaban su preocupación por la clase de acogida que los legisladores ofrecerían al Primer Ministro de Inglaterra. En el Congreso, como se recordará, había muchos partidarios del aislamiento, muchos que mantenían el criterio de que el apoyo dado por Roosevelt a la Gran Bretaña era una especie de traición a los Estados Unidos. Muchos consideraban a Churchill como la verdadera personificación del estadista británico pérfido y cínico.

Nos fuimos a la habitación de Hopkins y a través de la radio no tuvimos que esperar gran cosa para quedar convencidos de que el “pobre Winston” sabía cuidarse así mismo aún entre los leones que lo aguardaban en la sala del Congreso. Después de dar las gracias a ambas cámaras por haberlo invitado a hablar, y luego de una emotiva referencia a su madre americana «cuya memoria acarició a través de los años», Winston Churchill, dijo:

-Entre paréntesis. No puedo dejar de pensar que si mi padre hubiera sido americano y mi madre inglesa, en vez de ser él británico y ella americana, yo podría estar aquí por derecho propio.

Luego dijo que si el destino lo hubiese enviado al Congreso de los Estados Unidos, en lugar de mandarlo al Parlamento británico, los legisladores que lo habían invitado en esa ocasión, estarían acostumbrados a escuchar su voz. Aunque la invitación para que hablase no habría sido unánime como en esos momentos. Debo confesar —agregó— que no me siento como el pez en el agua en una asamblea legislativa, donde se habla Inglés.

Antes de que hubiese concluído el primer párrafo de su discurso, ya había provocado risas y aplausos. ¡Conquistó plenamente a su auditorio!

Año y medio más tarde, cuando la marea de la guerra comenzó a cambiar favorablemente en Midway, El Alamein, Stelingrado y Túnez, Churchill volvió a la Casa Blanca para conferenciar con el presidente Roosevelt. De nuevo lo invitaron para que hablase en el Congreso, donde repitió su primer triunfo.

Subsecuentemente, varios congresistas que se quejaban de la escasa información que recibían del presidente Roosevelt, comentaron que “la única vez que en realidad habían sabido  lo que estaba sucediendo en el frente de batalla, había sido a través del Primer Ministro británico, durante su visita a Washington”. Por supuesto que Churchill tuvo buen cuidado de no decir cosa alguna que no se conociera a través de los periódicos, pero dejó la impresión de haber dicho muchísimo más.

Creo que ningún otro estadista británico ha hecho más para fortalecer los lazos de amistad angloamericanos que Churchill y, lo que todavía es más extraordinario esta obra ha sido realizada precisamente en los momentos críticos cuando más lo necesitaban ambos países. Es posible que los éxitos de Churchill en este aspecto se deban parcialmente a la sangre anglo-americana que corría por sus venas, pero creo que más bien debe atribuirse a su sentido del destino, a su claro sentido de la realidad y de lo conveniente desde el punto de vista histórico.

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