Siempre en el entonces

Written by Libre Online

17 de enero de 2023

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

PARÉNTESIS

Ves,

hoy hace brisa.

La tarde está tranquila.

El sol me habla de ti a boca llena

y sonriente.

Roberto Jiménez Rodríguez.

Del poemario Si yo te hablara…

Por descabellada que parezca, no es del todo mala idea eso de dormir veinte años continuos. Sobre todo cuando, como dices en tu carta, se evitan situaciones desagradables.  Estando cumpliendo prisión política, años más tarde de nuestro alejamiento físico, un compañero de celda; poeta él. Si la memoria no me falla Ángel Cuadra, me prestó un manoseado libro de cuentos, con relatos escogidos de varios autores norteamericanos. Uno de los cuentos era Rip Van Winkle. Qué casualidad, desconocía que lo habías leído. Yo lo tenía aletargado en la memoria y tú lo has despertado, luego de muchos más años  de los veinte que en el bosque durmió el personaje.

No creo que nuestra caoba se haya movido de sitio, ni que en la actualidad sea un mueble lustroso; quizá arrinconado y lleno de polvo. No, en verdad no lo creo. Ella  aguarda. Su tronco es referente para, sin titubeos de olvido, ir directos a la lágrima vegetal que encapsula y preserva la fantasía juvenil que, para que no envejeciera y  fuese realidad continua, cargamos con el pedacito de espiga verde que en el interior maleable,  antes de cristalizar, de la resina introducimos para reforzar el conjuro.  

¿Me repito…? Estoy seguro que lo hago y tú sabrás comprender. El reencuentro; la ilusión inevitable e inminencia del mismo revitalizan las creencias maltrechas y los abusos del tiempo. 

Hace algunas horas, aclarando el día, falleció el señor que por dos días ocupó la cama contigua. Una cortina corrediza, de tela gruesa, nos separaba. Se quejaba a ratos. Entonces una enfermera venía y lo sedaba. Presumo que padecía de  fuertes dolores; se debatía en la inconsciencia  y posiblemente era muy mayor. Nunca lo vi pero sus lamentos no se desprenden de mis oídos. Y me pregunto; ¿por qué asistir al fin de  un extraño que en su agonía empecé imaginar con todos los atributos de la existencia? Te dije que falleció aclarando. Lo supe antes que el personal médico se percatara porque los gemidos desaparecieron; yo respiré una quietud alarmante y el canto de los gallos fue más intenso y repetitivo, como si la vida se librase de un peso incómodo. Esa fue la sensación que tuve. Y me dio temor; un miedo que enredaba los sentidos y me hacía cómplice de la idea que en camino a nuestra cita, yo podría retrasarme o equivocar la senda. No me perdonaría llegar tarde  y que tú, cansada de aguardar, te hubieses marchado. No tomes en cuenta lo que acabo de decir. Fue una debilidad momentánea, pero con alguien, quién mejor que tú, tenía que compartirla. Nuestro encuentro y futuro, pase lo que pase, está asegurado por el amor. El mal sabor dejado por la muerte del señor desconocido ya va alejándose. Te amo.

El doctor lo reconoce. Con ayuda de la enfermera lo vira del lado derecho y señala.

—Llevas una semana más acostado que sentado. La piel de tu espalda esta rojiza y temo que salgan escaras. Ordenaré que a partir de hoy pases parte del día en silla de ruedas o en un sillón reclinable. 

El viejo mira para la ventana y una expresión de angustia le crispa el rostro. El médico se hace cargo del malestar y lo consuela.

—Despreocúpate. Estarás cerca de esta u otra ventana. También, indicaré que, siempre que sea posible, te saquen a la terraza. Tu contacto con el exterior no se alterará. Aunque en palabras no puedas decirlo, sé lo importante que para ti es contemplar el jardín. No en balde llevo algún tiempo  cuidando de tu salud. —Enfrenta a la enfermera y le ordena. —Traiga una crema apropiada que yo mismo se la aplicaré.

La mujer sale a cumplir el requerimiento. El médico sonriente contempla al anciano y confiesa.

—Temprano, antes del pase de visita diario, estuve repasando las historias clínicas de algunos de mis pacientes. La tuya no deja de sorprenderme. El último ataque que te dio fue muy intenso. Fue como para haber fulminado a un toro. Y mírate, sigues en la batalla.

El anciano le dedica una ojeada triste y el doctor se apresura.

—Sé que carecer de habla y buena parte de la movilidad corporal es duro. Pero estás vivo y eso da esperanzas de recuperación. En unos días más comenzaremos las terapias —calla y su rostro delata afecto. —Pienso que observar los colores del  jardín; el pedazo de cielo y sol que a tu ventana le toca, contribuirán al mejoramiento. De la forma en que miras al mundo exterior, que te es cercano, me convence de la fuerte voluntad de vida que tienes. ¿Alguien espera o necesita  de ti…? —el médico inquiere y obtiene una firme respuesta visual. —Las palabras a veces no son necesarias —sentencia.

La enfermera regresa con el medicamento. Entre los dos colocan al anciano boca abajo y le descubren la espalda. Despacio el médico esparce la crema sobre las lesiones posibles.

—Esto ayudará. Pronto sentirás el frescor de la pomada —asegura con entonación profesional.

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