Siempre en el entonces

Written by Libre Online

27 de diciembre de 2022

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

PARÉNTESIS

Ves,

hoy hace brisa.

La tarde está tranquila.

El sol me habla de ti a boca llena

y sonriente.

Roberto Jiménez Rodríguez.

Del poemario Si yo te hablara…

¡Qué casualidad! También estoy desvelado, pero no es por inquietud alguna. Lo estoy, creo al igual que tú, porque en la madrugada se piensa mejor y lo vivido se remoza y confunde con los anhelos presentes que invariablemente terminan siendo planes de futuro. Además, te confieso que en el sonido de la madrugada me dedico a  pescar, al azar, la energía de un canto de gallo lejano. Sabes, un gallo que canta en madrugada; otro u otros que responden son heraldos del fragor de la existencia diaria, a la lumbre de un amanecer que nace y muere en instantes de eternidad.

Si en tu madrugada hay quietud y piensas mucho, la mía también se llena de calma e ideas. De hecho, estoy en el camino definitivo que nos unirá. En tu carta reconoces el valor de compromiso que la lágrima de resina fraguó entre nosotros. Al principio, cuando, aquel día mágico, te propuse preservar el sentimiento en sangre vegetal tu primera reacción fue, según mi apreciación de entonces, una  mezcla de pudor y timidez. Quizá pensaste que yo era dominado por un espejismo   que deseaba prolongar. Pero no; estaba lejos de la fantasía. Permanecía  consciente que en horas partirías y que, a pesar de deseos y planes, el reencuentro se arriesgaba a chapotear en aguas de distancia fortuita, impropias del amor que gritaba cercanía.  Y aguijoneado por la incapacidad de despejar y, en carrera de tiempo, acortar la línea del futuro difuso, recurrí a preservar en una pequeña emanación de savia transparente el embrión de la emoción e ilusión que, aguardando por nuestro regreso conservaría, sin envejecer, la frescura juvenil de lo prometido.

¿Recuerdas…? Habíamos escalado la loma de laderas suaves y cúspide larga y ancha en la que se afianzaba una hilera de caobas robustas. ¿Recuerdas…? Soplaba  un viento caliente de verano. Observé los árboles hasta dar con una caoba cuyo tronco, de cáscara rugosa, ostentaba un colgante de resina tierna y maleable; acabada de segregar. ¿Recuerdas…? ¡Caramba…! Tengo que interrumpir. En la cama de al lado van a colocar otro paciente. En otra oportunidad continúo. Fingiré que duermo. El gallo ha vuelto a cantar.

Una camilla conducida por dos empleados entra a la habitación.

—Enciendan la lámpara pequeña y no hagan ruido. El viejito de la otra cama duerme. Faltan algunas horas para que aclare — dice la enfermera que supervisa.  —Cuidado, el paciente está débil —recomienda.

El anciano simula que duerme y escucha los pormenores que rodean el acomodo del recién llegado. Se escucha un quejido débil y la enfermera insiste.

— ¡Cuidado, con mucho cuidado!

—Lo estamos haciendo bien —dice uno de los camilleros. —Además, está inconsciente. Nada puede sentir.

—No sabemos si siente o no, pero nuestra responsabilidad es tratarlo con dignidad —la enfermera sermonea.

— ¡Lo estamos haciendo bien! —repite el otro camillero.

—Lo sé. Ustedes son muy profesionales —la enfermera suaviza.

En su lecho el anciano escucha. Dos lágrimas no deseadas violan los párpados cerrados; humedecen las pestañas y se deslizan por el cauce de las arrugas del rostro.

Las aspas del ventilador de techo violan el silencio de la madrugada.

(Continuará la semana próxima)

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