Siempre en el entonces

Written by Libre Online

6 de diciembre de 2022

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

PARÉNTESIS

Ves,

hoy hace brisa.

La tarde está tranquila.

El sol me habla de ti a boca llena

y sonriente.

Roberto Jiménez Rodríguez.

Del poemario Si yo te hablara…

Ha recibido carta y en exaltación de amor apresurado responde ansiosa por recuperar las posibilidades que fueron y hacerlas presente en el registro de la existencia. Todas las existencias.

 “Nuestro encuentro”, dices en tú carta,  “fue y sigue siendo importante”.  Aunque en lo básico te doy la razón discrepo de ti cuando dices: “Estamos, a perpetuidad, detenidos en medio de aquel paraje que ya no es…”. Creo, estoy convencida que el paraje no está detenido o guardado en el tiempo. El paraje es activo y cada instante, cada día que transcurre, tu yo lo remozamos; lo cambiamos, como las cuatro estaciones decoran y acompañan al año. A todos los años que en definitiva siempre resultan ser la misma noria de feria.

Estoy feliz; ¡muy feliz! por saberte cerca. Por sentir, por adivinar que los rayos de este sol vespertino que alumbran la terraza y me alcanzan con frescor de brisa son los mismos que entonces y ahora iluminaron e iluminan nuestro amor. El amor no envejece; es un sentimiento perdurable que desboca la sangre y revitaliza corazones. Así lo siento cuando tus palabras me llegan y acarician con las manos de siempre. Vienen por mí… Esta noche vuelvo a escribirte.

—No se puede quejar. Hoy la he dejado afuera, a pesar del tiempo fresco, un rato más.

La anciana, con brillo de agradecimiento en los ojos, le sonríe a la enfermera.

—Me alegra que esté contenta. ¿Le gusta la naturaleza?

La anciana mueve la cabeza afirmativamente  y la melenita de cabellos ralos y blancos se agita.

—Usted puede hablar. ¿Por qué casi nunca lo hace…?

La anciana, por respuesta, hace un mohín cortés; no exento de resolución infantil.

La enfermera ríe. Empuja la silla y dice.

—Como quiera. Por lo pronto es hora de entrar. La comida está por servirse.

********** 

El primer contacto fue visual. Ambos tenían amigos comunes y antes de las presentaciones, al escuchar su risa, había volteado la cabeza. Ella rezagada conversaba con Silvio y reía. Tiene ojos de miel, pensó.

—Cenia —y extendió la mano de dedos finos y uñas cortas, con brillo discreto de esmalte natural. En el rostro, tal vez, un toque de polvo cosmético.

—Rodolfo.

Con naturalidad, al tiempo que se estrechaban las diestras, adelantaron las mejillas. Un mechón de cabellos castaños le tocó los labios. Aspiró el olor femenino y en el estómago le aleteó la ocurrencia: Huele a campo lavado.

Fue lo que llaman flechazo a primera vista. Primero la atracción se escudó en amistad que se las arreglaba para, por acompañados que estuviesen, aislarse en retazos de individualidad compartida. Él le habló de su vocación por la ingeniería y la política.  Ella mostró dudas y quiso saber más. Rodolfo le explicó que un buen ingeniero construye edificios, puentes y carreteras; que un buen político ayuda a construir sociedades donde la educación y las edificaciones, si son sólidas, disminuyen la corrupción, los abusos de poder y generan ciudadanos seguros de sus vidas y orgullosos de la tierra que pisan. 

Cenia, a su vez, le contó de los estudios en el extranjero, aún no concluidos, de arqueología. Dijo que la arqueología, de cierta manera, la condujo a tomar cursos de antropología y que el conocimiento, azuzado por pasiones y creencias, sobre el repetitivo comportamiento material y espiritual del género humano, la convertían en una suerte de escéptica social. 

—Entrar en contacto, por lecturas, excavaciones y aprendizaje visual, con civilizaciones desaparecidas o agotadas hizo que, sin suscribir las teorías filosóficas del inglés Thomas Hubbes,  me apropiara de la frase que mucho se repite, pero pocos saben quien la ideó: El hombre es un lobo para el hombre.  

— ¡Vaya!, también eres filósofa —Rodolfo exclamó.

—Por favor; no te burles. No trato de ser una sabihonda. Por lo regular no hablo mucho de estos temas. Creo eres, en tus ideas, honrado y eso me infunde confianza para expresarme sin restricciones.

—No interpretes mal. No me burlé. De hecho mis convicciones no admiten las burlas intencionadas. Disculpa si la broma te ofendió.

— ¡No, por favor! Te respondí instintiva. Quizá con un  poco de vergüenza.

—Expresar los conocimientos no es nada vergonzante. Acabo de aprender el nombre de la persona que escribió o dijo esa sentencia. Yo, como la mayoría, la conozco de oídas. En algún momento de mi vida debo haberla dicho o pensado. Pero… ¿cuál es el nombre del hombre…?

—Thomas Hubbes —ella repitió.

—Hoy, contigo, aprendí algo nuevo —repitió —y  lo agradezco. Tú estudias arqueología y conoces de antropología. Yo soy ingeniero de profesión y político por vocación. Necesariamente, preferencias y enseñanzas académicas difieren. Sin embargo, eso es bueno. ¡Imagínate! qué aburrido sería compartir todo el tiempo con alguien que tenga tus mismos gustos e intereses. La variedad hace el interés.

(Continuará la semana próxima)

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