Siempre en el entonces

Written by Libre Online

28 de marzo de 2023

Por J. A. Albertini, 

especial para LIBRE

PARÉNTESIS

Ves,

hoy hace brisa.

La tarde está tranquila.

El sol me habla de ti a boca llena

y sonriente.

Roberto Jiménez Rodríguez.

Del poemario Si yo te hablara…

Transcurrieron muchos años para que Rodolfo obtuviera una libertad condicional, supeditada a un destierro interno en una remota región agrícola del país. Antes de partir al territorio asignado pasó algunos días de permiso discreto, en el pueblo natal, junto a la hermana. Estando allí, pensó escalar la loma y recorrer la hilera de caobas para detenerse junto al tronco de la que, al amparo del follaje y bajo tierra, guardaba la prenda de amor que lo ligaba a Cenia. Pero al recordar que la promesa  de visita o recuperación del objeto exigía la presencia de ambos, desistió de la idea.

Ya hombre maduro, fue asignado a laborar en la siembra y recolección de hortalizas y frutos menores. Cenia no se le apartaba del pensamiento pero, razonando, gracias a la mentira que ella, de estar viva, le creía muerto y hasta posiblemente lo hubiese apartado de sus recuerdos, optó por reprimir el afán de indagar, para no ocasionar lastimaduras innecesarias.

En la pequeña comunidad de agricultores pronto se granjeó amistades y sostuvo más de una relación de pareja. Ninguna, otra mujer, aunque hubo respeto y consideración, opacó o disminuyó la presencia inmaterial de Cenia.

Rodolfo, a las puertas de la ancianidad, asistió, como testigo pasivo, al desmadre del régimen totalitario de Celso Trafid Zur a manos de la historia y el empuje de las jóvenes generaciones.

Abiertas las prisiones políticas y abolidos los destierros internos, Rodolfo regresó a su ciudad y a la vivienda pequeña, en la que moraba la hermana envejecida y solterona. La espaciosa casa familiar, después de su detención, el fallecimiento de la madre y posterior deceso del padre, por apremios económicos, la hermana había tenido que venderla.

Acogido a la jubilación con beneficios extras, por sus meritos de lucha política y democrática, pasaba las tardes en el parque central, charlando con los coterráneos sobrevivientes de los años de enfrentamiento, destierro y prisión. A medida que el tiempo transcurría la muerte hacía estragos en los asiduos a las tertulias y otros, aquejados de males físicos, propios de la  edad o del ensañamiento del otrora sistema carcelario trafidista, iban dejando de concurrir.

 En ese inmenso mundo de pasado, lejano de la realidad circundante, giraba la existencia menguada de Rodolfo. Sin embargo, una vez por semana, temprano en el mañana, auxiliado por un bastón, rehuyendo con evasivas las preguntas de la hermana se escurría de la vivienda. Alcanzaba las afueras del pueblo y no paraba hasta la base de la loma. Allí sudoroso por el esfuerzo de la caminata, afincando la punta del bastón en la tierra y los bajos del pantalón salpicados con sobras del rocío nocturno, dejaba que las pupilas volaran hasta la cumbre poblada de caobas. En ocasiones, si era verano y el sol, desde el follaje de los árboles, le deslumbraba, hacía visera con la mano izquierda y no cejaba de ensoñar a Cenia hasta que los rayos de luz, burlando los dedos, lo enceguecían de calor y sudor. 

En más de una oportunidad pensó, a pesar de sus limitaciones físicas, escalar la loma e identificar el sitio exacto, al pie de la caoba, donde Cenia y él habían ocultado, el talismán de amor. Pero la ausencia de ella le impedía profanar, aunque fuese con pisadas, el sentimiento que, para aflorar plenamente, requería la presencia de ambos.

Esos días, los del merodeo a la loma de las caobas, regresaba a la casa taciturno. Apenas se alimentaba y no asistía a las tertulias del parque. La hermana que comprendía sus variables estados de ánimo trataba de entretenerlo con conversaciones de temas diarios o desempolvando instantes gratos del ayer familiar. Y a pesar que la mentira de la que Cenia fue víctima siempre flotó entre los hermanos, nunca volvieron a mencionarla. No obstante, cuando el aleteo de la verdad los alarmaba, optaban por callar y no mirarse a los ojos.  

Y así, en el girar del tiempo, la hermana muere. La sepultó en el panteón familiar una tarde desapacible de octubre, acompañado de Luis Avilio y no más de media docena de camaradas envejecidos.

Rodolfo, al regreso del funeral se recluyó en la vivienda y se ausentó de las reuniones del parque. En varias ocasiones Luis Avilio tocó a la puerta, pero Rodolfo, de manera invariable, hizo oídos sordos. Solo le interesaba dormir; reencontrarse con Cenia bajo el árbol de caoba.

Cuando recobró el conocimiento estaba en un hospital y era incapaz de hablar. El resto del cuerpo, excluyendo  cabeza, cuello, sistemas digestivos y respiratorios, había perdido sensibilidad y movilidad.

En algún momento lo transfirieron al sanatorio especializado en atención a personas con padecimientos crónicos o malignos. Y allí, en la habitación compartida; quieto sobre la cama y la vista fija, a ratos nebulosa, en el techo de tablas machihembradas y ventilador colgante con aspas de mimbre rumoroso, reinició la relación epistolar, alma a alma, con Cenia. 

No requirió de pluma y papel; tampoco de teléfono o del novedoso correo electrónico. Solo necesitó voltear la cabeza. Mirar, a través de la ventana abierta, la claridad del día. Sentir el toque de brisa ocasional e inhalar, de vez en cuando, los olores de antaño, que seguían siendo los de siempre para que la voz de Cenia le llegase  con despertar de ímpetu. 

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