Siempre en el entonces

Written by Libre Online

7 de marzo de 2023

Por J. A. Albertini, Especial para LIBRE

—Es cierto. Ellas volverán cuando nosotros ya no estemos —musitó y dejó, en palabras, fugar un pensamiento. —Algo parecido sucede con las ruinas ocultas de civilizaciones desaparecidas. Siempre, tarde o temprano, por efecto de la naturaleza o la intervención humana, vuelven a la superficie. Bueno, ya tenemos la resina. ¿Ahora qué sigue? Devela el misterio… —se animó.

—Buscaba un pedacito de tallo o espiga verde para introducirlo dentro de la resina. Pero mejor lo hacemos con algo de la flor que has tomado. Ya verás, ya verás…—repitió y de de la mano de ella tomó la flor.

— ¡Me agrada lo qué estoy imaginando! —ella exclamó con ojos de brillo.

Rodolfo a filo de uñas cercenó una partícula, del tallo de la flor.

 —Se convertirá en espiga —profetizó. Con cuidado, observado por Cenia, la insertó en la gota, aun maleable, de resina. Luego, precavido, evitando que la sustancia perdiese la forma de pendiente cilíndrico la alisó con la yema del dedo cordial de la mano derecha. Entonces le pidió. —Sostenla en la palma de tu mano.

Excitada y evitando adelantar el fin de la sorpresa, siguió el curso de los movimientos. Rodolfo, de uno de los bolsillos del pantalón extrajo un pequeño cofre metálico y un pedazo de lona impermeable. A la vez que actuaba, en tono íntimo, reveló.

—Colocamos en su interior la lágrima de resina con el pedacito verde y en el futuro próximo, cuando ya no exista separación posible, regresaremos por este talismán; símbolo de nuestra unión.

La emotividad aceleró el pulso de Cenia. Respiró fuerte; la sangre coloreó sus mejillas y adelantó.

—Imagino que vamos a enterrarlo.

—Lo haremos bajo la caoba que nos dio la resina. ¡Ven!, hagamos un hoyo; cuando terminemos la lágrima habrá cristalizado — y enardecido la asió de un brazo. 

Rodolfo, auxiliado por una navaja de bolsillo y sus propias manos inició la excavación. Cenia, acuclillada frente al joven, con uñas y dedos contribuyó. El cabello de ella rozaba el rostro húmedo del joven y las respiraciones de ambos, por momentos, se confundían. Cenia, sin dejar de horadar, lo interpeló.

— ¿De dónde has sacado la cajita de hierro…?

—Es un cofrecito antiguo que por generaciones ha estado con mi familia. No es  hierro; es de bronce y tiene un buen cierre manual.

— ¿Lo pediste?

—No fue necesario. Lo tomé del cuarto de desahogo. Era como un cachivache al que nadie le prestaba interés —respondió y la hoja acerada profundizó.

— ¡Ay…! —Cenia se lamentó e instintiva se llevó la mano derecha al pecho.

— ¿Te lastimé con la cuchilla…? —Rodolfo se alteró.

—No es nada. Me he partido una uña —lo tranquilizó. —Duele un poco, pero ya pasará.

— ¿Déjame ver…? —Rodolfo soltó la navaja y afianzó la mano de Cenia. Con cuidado limpió la tierra. —Se partió a ras del dedo —observó. Llevó la mano a los labios y succionó la yema del dedo.

— ¿Qué haces…?

—Sangrabas un poquito.

Ella lo arropó con ojos de amor y dijo con gusto femenino.

—Tragar sangre y tierra no te hará bien.

Él correspondió a la mirada. Sin hablar, levantó la diestra manchada de tierra y le acarició las mejillas.

—Eres amable —Cenia musitó y perfiló una sonrisa tibia.

—Te quiero —Rodolfo declaró. Recompuso la calidez del instante y con ahínco cavó un poco más. Soltó la navaja y reconoció. —La hondura ya es suficiente para que el lazo de amor, hasta nuestro regreso, permanezca a salvo. Espero que sea pronto.

—Lo mismo espero y así será —Cenia afirmó.

—Toma, protégelo tú —Rodolfo dijo y le extendió el pedazo de lona.

Cenia comprobó la dureza ámbar de la resina e imaginó el sueño profético de la pizca vegetal. Cerró el cofre pequeño y cuidadosamente lo envolvió. Acto seguido, lo depositó en el fondo del hueco y a cuatro manos lo cubrieron.

—Hay que aplanar bien la tierra y para despistar, posibles intromisiones, vamos a colocar piedrecitas, y restos de vegetación. ¡Listo! —exclamó.

— ¡Listo! —repitió Cenia y restregó contra la falda holgada, de colores veraniegos, la tierra de sus manos.

Rodolfo en un arranque de pasión trató de besarla en los labios.

— ¡No! Aún no he roto el compromiso —le recordó.

Entonces, se conformó con besarle los cabellos.

Una brisa cordial cimbreaba el follaje de las caobas.

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