Siempre en el entonces

Written by Libre Online

28 de febrero de 2023

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

PARÉNTESIS

Ves,

hoy hace brisa.

La tarde está tranquila.

El sol me habla de ti a boca llena

y sonriente.

Roberto Jiménez Rodríguez.

Del poemario Si yo te hablara…

El murmullo de la conversación telefónica interrumpida vuelve a los oídos del anciano y espabila los recuerdos.

En los meses, antes de ser delatado, que estuvo en el clandestinaje no volvió a saber de Cenia. Luego vinieron los interrogatorios de la policía política; el juicio y la larga condena carcelaria que debía purgar  en un penal de máxima seguridad ubicado en un islote, al sur del país.

En una de las visitas esporádicas que a los familiares de los reclusos políticos les concedían, por la madre, supo que los padres de Cenia habían partido para el extranjero. En el tiempo que medió hasta la visita siguiente le escribió una carta escueta en la cual rompía la relación y le pedía que, por el bien de ella, lo olvidase: Tengo un presente enrejado y un futuro, si llego a él, sombrío. Olvida el verano corto y prosigue tu vida… fue algunas de las cosas que puso en el papel tras una prolongada, enrejada y angustiosa meditación.

A la madre, llegado el encuentro breve y vigilado por guardianes, de forma ingeniosa y disimulada le entregó la carta y le pidió que la enviase lo más pronto posible.

Meses después su hermana, la madre había fallecido de un viejo mal, agravado por el sufrimiento, le trajo la respuesta de Cenia. La hermana temerosa de que en la revisión personal le ocupasen la carta leyó y memorizó el texto. Y así, sin omitir ni las comas, lo recitó. Rodolfo, mirando al vacío, fingiendo ecuanimidad escuchó los argumentos de amor que Cenia repetía, basándose en las promesas mutuas: ¿Quién rescatará nuestra lágrima de resina…? ella concluía.

La hermana lo miró perpleja. Rodolfo apretó las mandíbulas y el vacío se le oscureció.

— ¿Qué piensas responder?

—Nada —dijo entre dientes.

— ¿Cómo que nada…?  —ella se turbó.

Aunque la mirada de la hermana le quemaba el rostro, de inmediato no respondió. Al fin, calibrando cada palabra, adelantó.

—Quiero pedirte un gran favor…

—Entre hermanos no hay favores —lo interrumpió.

—En este caso sí, porque voy a pedirte que mientas  —aclaró. La hermana trató de hablar, pero Rodolfo prosiguió. —Quiero; te pido que le respondas a Cenia y le cuentes que morí en el presidio. Dile que fue durante una jornada de trabajo forzado y que el cuerpo no se recuperó.

— ¡Ta has vuelto loco…! —exclamó desconcertada.  

— ¡Nada de locura! — ¿Acaso no acabas repetir lo que Cenia dice en su carta…? Te das cuenta ¡Quiere volver…! Debo evitarlo. Aquí la vida se le troncharía. 

La hermana le dedicó una mirada angustiosa y precisó

— ¿Sabes lo que estás pidiendo?

—Que mientas.

— ¿Así de sencillo…?

—Sé que pido mucho, pero no veo otra solución. Al yo no existir ella cortaría los pocos vínculos que con la Isla tiene. Los padres ya están a su lado y allá tiene un sólido porvenir profesional.

— ¿Y si algún día llega a conocer la verdad…?

—Escasas son las posibilidades. Mi condena es muy larga y aunque me liberaran, al cabo de cumplir ciertos años de sentencia o viniese un cambio social que aboliera las prisiones, por motivos políticos, el tiempo habrá pasado —ponderó un instante y dijo. —Quién sabe si para entonces ya no estemos. 

—Si ella se enterara, para entonces, como dices, yo prefiero estar una y mil veces muerta. ¡La cara se me caería de vergüenza! No sabría cómo enfrentarla.

La enfermera del turno de la noche, seguida de una auxiliar que lleva un porta sueros penetra en la habitación y con el profesionalismo y cortesía habitual le dice al anciano.

—Abuelo, no ha estado comiendo bien últimamente. El doctor le prescribió tres  sueros con vitaminas. Vamos a comenzar con el primero. Después se le harán análisis para ver si su organismo fija los nutrientes. Lucía —se dirige a la asistente —coloca el atril junto al lado derecho de la cama. El pobre tiene el brazo izquierdo muy inflamado. A ver abuelito extiende el brazo. ¡Qué fácil de coger son tus venas!

El anciano apenas escucha. Tampoco siente cuando la aguja penetra en la vena. El piensa; piensa con lucidez colorida.

**********

Cenia arrancó una flor silvestre  y repitió.

—Perecen margaritas… ¡y cómo hay…!

—Son flores de estación. Brotan a finales de la primavera y se mantienen todo el verano —Rodolfo aludió.

—Lástima que sean tan efímeras —la joven lamentó.

—No lo creas. En la tierra, no muy hondo, quedan las semillas o raíces que, sin demora, llegada la temporada de crecimiento y floración volverán a ser las mismas que hoy contemplas.

Cenia alzó la flor a la altura de los ojos. Entre los dedos pulgar e índice de la mano derecha movió el tallo breve y la florecita rotó, cual sombrilla desplegada.

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