Señoritas Chucheras

Written by Libre Online

7 de julio de 2026

Por ELADIO SECADES (1956)

Que el chucherismo no es calamidad exclusiva del hombre lo prueba que las ciudades se llenan de chucheras. Escuchamos en cualquier parte el lenguaje de decirle a la amiga “mi hermanita”, “mi sangre” y “mi socia”. Y las vemos pasar desmaquilladas y aparatosas. Con los tacones de nylon y los escarpines de colores. 

Los escarpines son un ensayo incompleto de las medias cortas. Tienen por objeto hacer más niñas a las niñas y poner en ridículo a las viejas. Que no se puede ser pepilla por los pies. Y del “Salvation Army” por la cabeza. Es un error pensar que el chucherismo se manifiesta nada más que en la ropa. Lo de la ropa puede pasar, pero queda el chucherismo espiritual. La cosa es más grave de lo que parece. Hay que estar bien informado de las últimas frases que puso en circulación el elemento. El secreto de la chuchera estriba en la exageración sistemática de los sentimientos.

En el velorio, sufrir más que los parientes. En la fiesta, divertirse más que el festejado. Estar en el goce. Y cuando le hacen a uno esos cuentos que tienen la gracia al final, congestionarse de asombro. Cogerse toda la intención para ella. Y soltar una risotada escandalosa. En este caso es de gran efecto que la chuchera diga que se acabó. Que se la devoró el tipo. Y que se dé un manotazo en el muslo. Lo peor es cuando nos hacen un cuento que ya nos han hecho muchas veces. Y encima de esperar como si no lo conociéramos, tener que reírnos fingido.

Todavía quedan en los salones humoristas del inglés que estuvo en Andalucía. Y del ticket del elefante y la clase de problema que se buscó la hormiga. En Cuba no hay periódico que circule más que un gran chiste de sociedad. Y el último cuento del loro.

No tiene la culpa el hombre serio de que la esposa le resulte chuchera. Actualmente, se le dice hombre serio al que todavía no se ha peleado con la corbata. En la oficina no se atreve con la camisita de colores. Y en la playa no se atreve al short. El short es el único procedimiento que se conoce para andar en calzoncillos entre señoras decentes. La esposa chuchera tiene su campo de experimento cuando se reúne con las amigas.

Se entiende por reunión de amigas la confraternidad con ruido de discusión. Cuando todas las mujeres hablan y ninguna escucha. La chuchera tiene el gran valor cívico que se necesita para ser cursi. Y para exponer lo que se siente. Sin ese rompeolas de la verdadera personalidad que en algunos casos es la educación. Le llama al pan, pan. Y al amor, cerebro. Manotea como un orador. Se escucha a sí misma como un maestro de ceremonias. Confiesa que vio un vestido de modelo que parte el alma. Pero que no es carne lo que piden. Les da a las ideas un acompañamiento de carcajada limpia y cruza las piernas como si fuera a tocar la guitarra.

La chuchera en público desenvuelve el muestrario de sus exclamaciones. Chévere. Fetén. Le ronca. Se le escapó al diablo. Si se forma el bonche y hay tiroteo de tragos, después del tercer highball no cree en nadie. Pide permiso y se va. A hacer algo que nadie puede hacer por mí.

La hija de mi pobre amiga es chuchera de chá-chá-chá, melena corta, vestido con los hombros al aire y sandalia con los dedos esmaltados y por fuera. El vestido con los dos hombros al aire no es cosa nueva. Lo que pasa es que antes le llamaban refajo. La señora que conserva el idioma y el pudor de antaño se espanta cuando la niña se bota pa’l patio y le mete mano al vocabulario.
Pensaron que la chuchera iba a quedarse para vestir santos (Es curioso que a las solteronas les llamen vestir santos al no haber podido desvestirse ellas). Pero se le ha presentado un pretendiente serio que parece que la quiere. La vieja prefería esperar. La muchacha difiere de esos escrúpulos que ya no se usan. Lo que sea, pero que sea pronto. Hoy las gentes se casan con la misma prisa con que se hacen las fotografías de pasaporte. La madre de la chuchera había de aguardar tiempos mejores. Todavía es joven. Y él necesita solucionar algunos asuntos. Lo importante es que sean felices. El matrimonio es algo muy sagrado.

La chuchera, más franca y más prosaica, reconoce que por ahora no pueden casarse, porque Juan se está comiendo un cable. En la casa donde trabaja no le dan chance. Lo tienen trancado. Y con lo que ha subido la vida. Mira que ella se ha puesto a sacar cuentas y a hacer cráneo con la Marcha Nupcial y la luna de miel en Miami. Pero ¡qué va, vieja! Deja escapar un suspiro terminado en sonrisa. ¿Con qué se sienta la cucaracha?

Los únicos chucheros que existen no son los que han poblado el mundo de sacos verdes. De llaveros largos. Pantalones de tubo. Y la alegría vernácula bajo el sombrero. Con alas de palangana y plumita de guinea. Hay también los chucheros fotogénicos de pipa y bufanda. Pero tampoco son los únicos. El chucherismo ha llegado a los clubs y a los colegios. Ha contagiado a los muchachos de buena familia. Que levantan pesos. El levantamiento de pesos es el curso específico para estudiar para mulo.

Un estudiante de bachiller decía con entusiasmo: “Me suspendieron en Física y Química, pero estoy hecho un animal”. Se había enrollado las mangas de la camisita hasta la altura de los molleros. Y mostraba en cada bíceps una nota de sobresaliente; los viejos no quieren comprender que estos tiempos son otros. Menos teoremas. Y más pedagogía muscular. Hay eruditos que lo son porque tienen seis pies. ¿Para qué se habla, entonces, de la cultura física? Un boxeador es un doctor en bofetadas.

Tarzán es alumno eminente de las selvas. Que se despeló para que los chucheros fuesen esclavos de la peluquería. Hay también el chuchero viejo. Que no sabe que su tiempo es el del danzón. Con la misma mujer. Y en el mismo ladrillo. Cuando había componedores de paraguas. Amoladores de tijeras. Baratilleros. Chalecos blancos. Y vecinos que al pasar saludaban con el bombín.

Gracias a las chucheras, los hombres ya no tienen que enamorar. Sino dejar que los enamoren. Las chucheras de club tienen ademanes de solar. Y alma de ruta de guagua. Son una fuerza de la época. Se expresan como amigos. Dicen como si hubieran estado la noche anterior en Zanja y Chávez. Dan ganas de pedirles que se quiten las manos de la cintura. Que enderecen las piernas. Pero ellas insisten en ser como serían los vaqueros de las películas si frecuentaran nuestros clubs con playas. Piropean al macho. Lo persiguen si está entero. Lo desnudan si es hereje.
Para estas chucheras la vejez no es una realidad cronológica. Sino un fastidio. La maldita ocamba. Que vigila y critica. Es tan picúa, que al acabarse la vida le llama inmoralidad. A los mandamientos de la ley de Dios les faltó uno. No pasmar. Para que las pobres chucheras puedan defenderse. Sin tanta rigidez. Y sin tanto cuento. Hoy la mujer puede ser un mal partido. Y es el hombre el que tiene que pensarlo. En el club hay un joven que reniega de su suerte. De veras que se puso fatal. Estaba en un tranque con la acróbata cuando la madre la llamó porque ya era tarde. A la pureta se le ocurrió espantar cuando él empezaba a vivirla.

Claro que quedan chucheras sin definir. La de la Calzada del Monte. Que se pone el pulóver a listas horizontales. Muy apretado. Como Popeye el marino si fuera ama de cría. Hunde el vientre. Saca hacia atrás la rabadilla. Lo hace para caminar sabroso. Es la chuchera de baile en todos los jardines. Se adivina que en el baile se regala. Hay bailes modernos que significan el milagro del ritmo por frotación. Masajes por pareja. Llevando el compás con la cabeza. Sacando media lengua. Y enseñando el calcio de la dentadura. Porque hay chucheras que son una cosa idiota y encantadora.

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