“Se fue en paz, murió tranquilamente”

Written by Germán Acero

19 de septiembre de 2023

Su hija amada, Lina Botero, aseguró que tuvo la fortuna de estar con él hasta el último momento en su lujosa mansión de Mónaco en Italia. 

“Se fue en paz y murió tranquilamente”. 

Su hijo Juan Carlos, quien vive en Miami, exteriorizó “no había nada más que hacer, mi papá estuvo los últimos seis días muy delicado de salud porque había desarrollado una pulmonía y a los 91 años eras muy difícil que se pudiera recuperar”.

Lina, igualmente, declaró: “Estábamos mi hija y yo con él, agarrados de la mano, y dio su último suspiro y se fue en paz. Tuvo una vida tan extraordinaria, se fue con Sofía, con el amor de su vida, quien murió también este año”.

De igual manera, la hija del maestro indicó que su papá llevaba muchos años con un párkinson difícil, “pero pudo trabajar hasta el último día y pintaba en su casa. Estoy viendo los últimos dibujos que hizo hasta hace cinco días, tuvo una suerte increíble”.

En esa misma línea, indicó que la creatividad del maestro fue su salvación, “él todos los días venía a trabajar cuatro horas, él ni se daba cuenta, era muy feliz en su estudio, haciendo una serie de acuarelas hermosísimas, increíble. La suerte más grande que tuvo mi papá fue su creatividad que lo acompañó hasta el último día de su vida”.

Por otra parte, Lina Botero aseguró que su padre estaba muy comprometido con Colombia y se preocupó por su país hasta el último momento.

“Mi papá fue un ser humano extraordinario, fue un papá entregado desde que fuimos pequeños. Hubo un Botero entregado al arte y luchando con las barreras, y ese padre aún en situaciones económicas muy precarias nos regaló una infancia llena de magia e inventos suyos, eso fue lo más maravilloso de mi papá”, añadió.

Por último, resaltó en medio de lágrimas que da gracias a la vida por el padre que le tocó.

El pintor, escultor y dibujante Fernando Botero Angulo murió en su casa en el principado de Mónaco a los 91 años este 15 de septiembre, según relató su hijo Juan Carlos.

“Sin embargo, en las últimas horas, Botero prefirió superar su enfermedad ‘en la tranquilidad de su casa’ y, por ese motivo, optó por salir del hospital”, Juan Carlos desde hacía tiempo se encontraba junto a su padre y sus hermanos Lina y Fernando.

Nacido en Medellín el 19 de abril de 1932, siendo el segundo de los tres hijos del matrimonio de David Botero Mejía y Flora Angulo Jaramillo, Botero saltó a la fama internacional en 1962 cuando realizó su primera exposición en el Milwaukee Art Center en Wisconsin, Estados Unidos, la cual recibió críticas positivas.

Posteriormente, Fernando Botero emprendió un recorrido de muestras y exposiciones entre Europa, los Estados Unidos y Colombia, comenzando a moverse por Bogotá, Nueva York y Europa para buscar inspiración.

El maestro Botero creó obras de arte a lo largo de casi 75 años de carrera artística y últimamente lo hacía desde su residencia en la localidad italiana de Pietrasanta donde se dedicó a las acuarelas, su más reciente pasión.

En su paso por las grandes capitales del arte como París, Nueva York, Milán y Colombia, sus habilidades para el dibujo lo llevaron a desarrollar una paleta cromática con sello personal y una plasticidad que es fácilmente reconocible alrededor del mundo gracias a sus figuras de proporciones exageradas.

La consolidación de un estilo propio, conocido mundialmente como “Boterismo”, fue la cúspide de su desarrollo artístico. Sin embargo, recientemente, el artista aseguraba que seguía pintando “volúmenes, pero no gordos”, una palabra que buscó ‘desterrar de su imaginario’.

Su hijo Juan Carlos vive 

en Miami

Juan Carlos Botero así recordó a su padre cuando cumplió 90 años

 Hace poco alguien me preguntó: ¿Qué es lo que más admiras de tu padre?

No es la primera vez, y siempre que me hacen esa pregunta, siento que no doy en el blanco de la respuesta. 

Admiré su vocación y tenacidad. Mi padre nació en la penuria (su propio padre murió cuando él tenía cuatro años de edad), y a los quince años él ya sabía que quería ser pintor. Pero Medellín en 1932 era un ambiente difícil para un joven artista, sin museos ni estímulos, y él sabía que su decisión lo condenaba a morirse de hambre. Aun así, jamás dio su brazo a torcer, y jamás se ha desviado un milímetro de su norte, trabajando cada día de su vida, durante horas y de pie, y sin tomarse siquiera unas vacaciones.

Admiré que mi padre ha creado un estilo propio y original. Fernando Botero es uno de los artistas más reconocibles del mundo, justamente por la originalidad de su estilo. Y la razón por la cual eso importa es porque el estilo encarna la suma de ideas del artista; el conjunto de convicciones acerca de la luz, del tema, del color, la línea, la composición, la forma, etc.; todos los elementos que conforman una obra de arte. 

Fernando Botero fue autodidacta por necesidad. Tan pronto se ganó un dinero con un concurso de pintura, viajó a Europa para estudiar los grandes maestros del arte. Ahí descubrió el Renacimiento, y en Madrid y Florencia copió los mejores cuadros para venderlos a la salida de los museos. Pero solo en 1956, en la Ciudad de México, mientras pintaba una mandolina con formas abundantes, al trazar el agujero del sonido más pequeño de lo normal, fue que él vislumbró la semilla de su estilo: la exaltación del volumen y la monumentalidad de la forma para comunicar sensualidad y deleite estético.

Mi padre opinó que los objetos en la naturaleza carecen de una dimensión excepcional, y cada artista enfatiza un elemento para comunicar esa dimensión singular. 

Admiré que mi padre celebra sus influencias, las que otros ocultan porque creen que esas deudas delatan falta de originalidad. Fernando Botero piensa lo contrario: que esas fuentes ofrecen cimientos para edificar la propia obra, y por eso él dice que nunca ha trazado una línea que no esté autorizada por la historia del arte.

Lo admiré por sus exposiciones. Admiré su coraje. Porque se necesitó mucho valor para satirizar a la Iglesia católica en Colombia en los años 50 y 60; para sobrevivir después en Nueva York mientras él rechazaba el arte dominante de la época, que era el expresionismo abstracto; para mofarse de la aristocracia criolla y de los dictadores de América Latina en los años 70 y 80; para denunciar a la guerrilla, a los paramilitares y a los narcotraficantes de Colombia en los años 90, y para fustigar.

Y eso es lo que más le admiré: que su arte celebra la vida. Lo cual es loable cuando se recuerdan las durezas que él ha padecido a lo largo del tiempo. En la obra de mi padre no predomina el dolor o la angustia, sino la celebración de aquel milagro fugaz que es la existencia. Y otro aspecto que hoy es casi revolucionario: su obra genera placer estético. Botero se mantiene fiel a la meta original, y por eso él opina que un cuadro, así busque criticar un aspecto de la sociedad, tiene que ser, ante todo, un gran cuadro. Una obra estética, autónoma y bella.

Admiré que mi padre fuera un artista prolífico, que sea uno de los grandes coloristas de nuestro tiempo, y que domine todas las técnicas del arte clásico y lo hace todo con la pericia de un maestro.

Sin embargo, lo que más admiré fue su calidad humana.

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