RUSIA, COMO RÉGIMEN FASCISTA IMPERIALISTA DEBE SER DERROTADO

Written by Adalberto Sardiñas

28 de mayo de 2024

La guerra que se libra en Ucrania por la perversa, injusta y absurda invasión rusa, a un enorme costo en vidas y destrucción material, en ambos bandos, ha entrado en un periodo de estancamiento desgastador. Pero, para todo propósito práctico, desde el punto de vista moral y sicológico, Rusia es un paria entre la comunidad internacional de países.  

Lo que Vladimir Putin estimó como “un paseo de weekend” en febrero del 2022, cuando se lanzó en una invasión a larga escala contra su vecino, el consenso inmediato fue, de que, Ucrania, caería en unos pocos días, dos semanas, a más tardar. No podría resistir el embate masivo de un enemigo diez veces más poderoso. Pero, en desafío a todas las conjeturas, no ha sido así. Han pasado 27 meses, y Rusia no sólo no ha ganado, sino que, a los ojos del mundo, como despiadado agresor, y por la heroica resistencia de los ucranianos, moral y sicológicamente, ha perdido la guerra, y sólo falta la fase final en el campo de batalla para su conclusión.

En esta aventura, Putin se equivocó. Pensó que el mundo occidental, especialmente la OTAN, mostraría la misma bochornosa actitud de sumisa aceptación cuando la anexión de Crimea en el 2014. Sin embargo, la reacción de Occidente ha sido ejemplar. Ucrania ha recibido el respaldo y la ayuda material necesaria para resistir y contraatacar a las fuerzas invasoras con evidente efectividad. Incluso ya se habla en capitales de Europa, y entre algunos legisladores en el Congreso americano, sobre la posibilidad de que Rusia pudiera perder la guerra. Claro, este discurso se refiere al campo de batalla. En la otra parte de la ecuación, ya la han perdido.

Los rusos, quiero decir, parte de su población, y el gobierno, se alimentan de una noción que emana de un enorme sistema de propaganda, que trata de resaltar, con desbordado exceso, la invencibilidad del Ejército Rojo que dista mucho de la presente realidad. Es cierto que ese ejército fue formidable, pero también vencible. Fue derrotado en 1920 por Polonia. Derrotó a Alemania en 1945 con la asistencia de una poderosa coalición y la ayuda económica americana, para tener que retirarse, después de 10 años y con grandes pérdidas, de Afganistán.

No obstante, y a pesar de la propaganda del momento, el ejército ruso de hoy no es el Ejército Rojo de ayer. Ni Rusia es la Unión Soviética del siglo XX. Hoy Rusia está peleando una guerra de agresión en el territorio de otro estado libre e independiente, con la imprescindible asistencia de China y Corea del Norte. En este horizonte no existe ninguna razón particular que permita esperar un triunfo de Rusia en el campo de batalla. Su esperanza es que Occidente, digamos, Estados Unidos, y la OTAN, limiten la ayuda a Ucrania a un nivel precario, cosa que, razonablemente, es improbable de acontecer. Si es cierto que las tropas rusas han tenido reducidos avances en las últimas semanas, se debe, esencialmente, en la demora del Congreso americano en aprobar la esperada ayuda. Pero, afortunadamente, ese obstáculo ya ha sido superado.

Putin, y su maquinaria propagandística, pueden proclamar, todas las victorias imaginarias que le surjan a la mente, pero la realidad, es la realidad. El ejército ruso está estancado y sus bajas, entre muertes y heridos, se acerca al medio millón. La pérdida de toda clase de vehículos, aéreos, terrestres y marítimos, suman miles; y su economía, por el enorme costo de la guerra, y las sanciones impuestas por la agresión a Ucrania, se resiente en todos los aspectos.

La Rusia de hoy es un nuevo estado. Nació en 1991 con el desplome de la Unión Soviética. Vladimir Putin está gobernando por vías de la nostalgia. Sigue inmerso en los sueños soviéticos y en el pasado ruso imperial. Pero el Imperio Ruso no fue siempre triunfante. Perdió muchas guerras, como la de Crimea en 1856, con Japón en 1905, y perdió la Primera Guerra Mundial en 1917. Entonces, ¿dónde queda la presumible invencibilidad del Ejército Rojo? En los enfebrecidos sueños imperiales de Vladimir Putin, de Medvedev, y de la cuadrilla siniestra de nostálgicos revanchistas dentro del Kremlin.

Rusia está, en estos momentos, peleando una guerra imperialista, negando la existencia de la nación y estado ucraniano, cometiendo atrocidades que retroceden, en el recuerdo, a los peores tiempos del imperialismo europeo.

Rusia puede perder esta guerra en el campo de batalla, y debería, por su propio bien, (además de los otros aspectos ya mencionados) más el alivio que traería a toda Europa, a Ucrania en particular, y a la paz mundial como enorme beneficio común. La Rusia de hoy es un régimen imperialista fascista, que puede, y debe, ser derrotado. La última vez que confrontamos el fascismo este fue vencido por la decisiva acción de una coalición que se mantuvo firme, y aplicó su superior poder económico hasta prevalecer. Estamos, en el presente, bajo el mismo predicamento que reclama una respuesta similar sin debilitantes titubeos.

Si Rusia llegara a ganar esta guerra por falta de un apoyo determinado y decisivo hasta el final, por los poderes occidentales, las consecuencias serían fatales. Entre ellas: el riesgo de una guerra de grandes proporciones en Europa, la probabilidad de nuevas aventuras de China en el Pacífico, el debilitamiento del orden legal establecido, la muy posible proliferación de armamentos nucleares, y, como desastroso colofón, la pérdida de fe en la democracia.

La tranquila y pacífica Europa de nuestros días, con la excepción de Ucrania, consiste, en extinguidos poderes del ayer, que perdieron sus guerras imperiales, y escogieron la democracia como sistema de gobierno. Por eso resulta indispensable que Ucrania prevalezca en esta guerra con Rusia.

Lo de Ucrania no es sólo problema de Ucrania. Lo es también nuestro. Y del mundo libre.

BALCÓN AL MUNDO

En México, secretamente, se están reuniendo funcionarios del gobierno de Biden con emisarios del círculo íntimo de Maduro, para, según rumores, llegar a acuerdos sobre las sanciones, su posible levantamiento, y las elecciones previstas para el 28 de julio. El lenco de Maduro quiere garantías. Todos, están seguros que perderán las elecciones. Se respira en el ambiente. Pero hay uno, Diosdado Cabello, que teme que lo dejen fuera y adopta la postura del rebelde sin causa. Sin embargo, casi todos, presienten que el final les está llegando y quiere algún tipo de garantía con la participación de Estados Unidos.

Pero, como es común con el trato de estos sujetos, malandros políticos, nunca nada se tiene por seguro.

¿Quién podría garantizar que, al final, no se bajen con una estúpida barrabasada como la de atacar el Esequibo, u otra cualquier idiotez, con el propósito de suspender los comicios? 

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En viaje no anunciado se fue a Moscú Miguel Díaz-Canel. Fue con la mano extendida, como los pordioseros, a implorar de Vladimir Putin el envío de Petróleo. Cuba sufre la última y más ominosa penuria, alimentaria y energética, de las muchísimas que ha sufrido en sus 65 años de miserable existencia.  

Regresó con las manos vacías y ni siquiera con una promesa alentadora. Rusia no está en posición de enviar más petróleo a Cuba. Su producción, por los ataques de Ucrania a las refinerías y depósitos, han mermado la disponibilidad en el 14%. Primero tiene que pagarle a China con petróleo por las provisiones de armas para mantener su guerra contra Ucrania, y después, vender el resto a India, y a otros países, que sí les pagan. 

Al comunismo cubano la mecha se le acerca al petardo.

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La muerte del presidente Ebrahím Raisi, junto con el ministro de Relaciones Exteriores y otros seis funcionarios del gobierno iraní, en un supuesto accidente del helicóptero en que viajaban, tendrá poco cambio en la política de ese régimen, pero algún impacto, aunque de poca trascendencia, tendrá efecto en el Medio Oriente. Por lo pronto, es de esperarse, que el gobierno, por algún tiempo, estará preocupado con debates internos sobre la substitución del presidente Raisi. También, la salud de su máximo líder, el ayatola Ali Khamenei, en estado delicado, a sus 85 años, es motivo de preocupación para la teocracia iraní, sin que exista un plan de sucesión en este momento.

Irán no cambiará su política agresiva, provocadora y revoltosa en el área, pero tampoco la incrementará. Tiene suficientes problemas internos con su propia población y no le faltan los exteriores. Israel, por su parte, tendrá un respiro por los problemas que envuelven a su enemigo, y, probablemente, la administración Biden afloje un tanto la presión que ha venido ejerciendo sobre el estado judío con los nuevos acontecimientos que afectan a Therán por el descalabro del helicóptero y sus prominentes víctimas.

Los próximos 12 meses serán interesantes para el volcán, siempre rugiente, del Oriente Medio.

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