ROOSEVELT, EL HOMBRE DEL DESTINO

Written by Libre Online

13 de febrero de 2024

Por Antonio Ortega (1945)

(A propósito del Día de los Presidentes)

INTRODUCCIÓN

Eran las tres y media de la madrugada del día primero de septiembre de 1939, cuando en la habitación en sombras de una casa de Washington sonó insistentemente el teléfono, el hombre grande de los ojos gris azulados, bordeados de oscuras pestañas, despertó. Rebulló en el lecho hostigado por el timbre y al fin encendió una lucecita a la cabecera de la cama. Tenía un rostro fatigado y macizo, cruzado de arrugas, canas y ralos cabellos despeinados y el mentón prominente y voluntarioso. Levantó el auricular, al otro extremo del hilo habló la voz familiar de Louis Hachmeister.

–Larga distancia, señor Presidente. Mister Bullit desde París.

Desde allá lejos, William Bullitt informó en breves y nerviosas palabras que las fuerzas blindadas de Hitler acababan de cruzar la frontera de Polonia. El hombre grande de los ojos azulados y grises suspiró. Suspiró como quitándose un enorme peso de encima, como quien en breves segundos se descarga de una asfixiante tensión nerviosa. Luego sonó su voz pastosa grave, convincente.

–Bueno, Bill; al fin ha llegado. Que Dios nos asista. Acababa de iniciarse la Segunda Guerra Mundial y Franklin D. Roosevelt que había hecho todo lo imaginable para evitarla, sabía ahora que ya no podría hacer nada para apartar a su gran nación de la hoguera que acababa de encenderse en Europa. Sobre sus hombros poderosos que se mantenían sobre unas piernas paralíticas, acababa de caer una de las más grandes tareas que jamás haya soportado hombre alguno. Tan grande que habría de rendir la vida antes de haber terminado. Y él lo supo desde el principio. Desde el principio comprendió que el destino le había señalado con su dedo terrible para llevar a cabo una larga, sangrienta, implacable y amorosa misión, que él no alcanzaría a ver terminada, pero que sería alcanzada por su esfuerzo y con su vida.

JUVENTUD

James Roosevelt, hombre rico, serio, ahorrativo, de remoto origen holandés, tenía más de 50 años de edad cuando se casó con Sara Delano en segundas nupcias. El 30 de enero de 1882 tuvieron un hijo, su único hijo al que llamaron Franklin. La primera ambición del niño fue la de ser marinero. A los 12 años, el joven Roosevelt soñaba con ingresar en Annapolis, pero el padre tenía pensado otro porvenir para el muchacho. Tuerce su ambición, pero no sus aficiones. Roosevelt será toda su vida un enamorado de las cosas del mar y cuando llegue a ser Secretario Auxiliar de la Marina remozará esta y sentará la futura grandeza de la flota de su país, que luego, cuando él sea Presidente de los Estados Unidos, llegará a ser la más grande armada que jamás vieron los siglos.

El padre se retira de los negocios y la familia que pasa los veranos en la isla de Campobello en Nueva Brunswick, viaja durante el invierno por Europa. Antes de ingresar en Groton, asiste a una escuela en Hanhetm, Alemania a donde había ido su padre a curarse de una enfermedad y se interesa por la geografía y la construcción de mapas. Viaja por Francia e Inglaterra y aprende a hablar francés y alemán. Vuelve a los Estados Unidos.

 A los 14 años ingresa en la escuela donde practicó toda clase de Deportes. Estando aquí, la guerra de España y Estados Unidos vuelve a atentar la capacidad de su corazón para la aventura y, en compañía de unos amigos, piensa escaparse del Colegio para trasladarse a Boston y enrolarse en la Marina y venir a pelear a Cuba. Una enfermedad imprevista, el sarampión, corta las alas de su sueño. 

En 1900 ingresa en Harvard. Sus ideas comienzan a chocar con las de sus semejantes. Su personalidad empieza a manifestarse. Hombre rico y de buena familia asombra a sus compañeros por sus ideas avanzadas que divergen con la aristocracia de la Universidad. Sin ser un estudiante brillante completó sus estudios de cuatro años en tres.

 Por esta época muere el viejo James Roosevelt y su madre va a vivir con él; ya solo la muerte los separará. Otra mujer entra en su vida, Anna Eleanor Roosevelt, su prima lejana, huérfana, hija de un viejo amigo de su padre. Ella se enamoró de Franklin, lo confesó más tarde la primera vez que lo vio en una fiesta de Navidad, tenía entonces 13 años y era una muchacha alta, desgarbada y sencilla. Tres años después se comprometieron el 17 de marzo de 1905 se casaron.

 La influencia de esta mujer sobre la vida de Roosevelt ha sido decisiva. Esposa abnegada, compañera inseparable y amiga leal ejerció una influencia dulcificadora sobre su fogoso y brillante marido. Roosevelt comienza a trabajar en un bufete– Carter, Ledyard & Milburn- después de pasar por Columbia, donde no llegó a graduarse, pero donde aprobó los exámenes de abogacía.

Su nombre le hace entrar en política. Corre el año de 1911. Los líderes democráticos de Nueva York piden a Roosevelt que presente su candidatura a la Asamblea Legislativa de dicho Estado. Éste acepta y realiza una activa campaña electoral, tras de la cual sale electo. Su nombre comienza a sonar cuando se enfrenta a los hombres reaccionarios de su partido, como Charles F. Murphy, líder del Tammany Hall. Con motivo de la elección de un senador nacional, Roosevelt y los dieciocho asambleístas se declararon en rebeldía, negándose a acatar las órdenes del partido y publicaron un manifiesto. 

Se les ofrecieron puestos y fueron amenazados para que cambiaran de actitud, pero todo fue inútil. Murphy tuvo que ponerse de acuerdo con Roosevelt y su grupo para nombrar un candidato con el que ambos estuvieran de acuerdo. Diez semanas duraron estas negociaciones en el curso de las cuales el nombre de Roosevelt se hizo popular en todo el Estado. Aquel incidente le había servido para poner de manifiesto sus dotes más características y valiosas: el coraje y la simpatía. 

Se avecinaban las elecciones presidenciales. En el otoño de 1911, Roosevelt va a Trenton para ofrecer a Woodrow Wilson su apoyo. Ese mismo año, los demócratas progresistas de Nueva York y los demócratas de la vieja escuela de Cleveland constituyen un comité para respaldar a los delegados por Wilson. Roosevelt es elegido presidente de ese Comité. Sus enemigos dentro del Partido Demócrata no le perdonan esto. Ninguno de los que se habían alzado contra las directrices de Murphy debía volver al cuerpo legislativo. 

Roosevelt en 1912 va a la reelección para complicar más las cosas, cae enfermo de fiebre tifoidea, buscando ayuda acude a un amigo que acaba de conocer y que desde entonces había de ligarse para siempre a su vida. Es un periodista, se llama: Louis McHenry Howe y es corresponsal del “Herald” y el “Telegram” de Nueva York, periódicos de Gordon Sennet. Howe elabora un programa agrícola que le capta las simpatías de los labradores republicanos. 

Roosevelt es reelecto. Adquiere reputación de buen administrador por sus críticas a la economía de los gastos del Gobierno. Su sonrisa resuelve muchas situaciones difíciles, es un hombre al que conviene no perder de vista, es audaz y osado, pero después, cuando ya se encuentra en la posición deseada, derrocha sentido común y simpatía. Para Franklin D. Roosevelt, la política es un juego fácil y encantador. Sus ideas son claras, macizas y llegan a todas las personas. Wilson va a ser elegido Presidente y Roosevelt ha trabajado desinteresada y eficazmente por él. Se traslada a Washington unos días antes de tomar posesión el nuevo Presidente William Gibbs McAdoo, que iba a ser secretario del Tesoro, ofreció a Roosevelt la subsecretaría de dicho departamento. No la acepta, comprende que no sirve para el cargo. Le ofrecen entonces otro alto puesto: Cobrador del puerto de Nueva York, tampoco le interesa. A él le interesa tan solo algo que está íntimamente relacionado con los sueños de su niñez. Por eso, cuando al día siguiente Josephus Daniels le propone ser Secretario Auxiliar de la Marina, Roosevelt no piensa nada, no se para a meditar en el ofrecimiento que le hacen, lo acepta inmediatamente. Tiene 33 años y es el subsecretario de Marina más joven que han tenido jamás los Estados Unidos, un cargo que había desempeñado también su lejano pariente Teodoro Roosevelt. Los sueños de Franklin se han vuelto realidad.

La Primera Guerra Mundial

Josephus Daniels, el que luego había de ser el beatífico y sordo, embajador de los Estados Unidos en México, que asistía indefectiblemente a todos los mítines de la izquierda, donde se atacaba al imperialismo norteamericano y aplaudía. Josephus Daniels era entonces el jefe del departamento, el Secretario de la Marina, pero el que llevaba la dirección técnica del mismo se llamaba Franklin D. Roosevelt. Su energía, su decisión y su dinamismo pronto se imponen en su nuevo cargo. Él mismo ha contado cómo antes de que el Congreso lo autorizara para disponer de un solo centavo, gastó cuarenta millones de dólares en cañones. “En efecto, afirmaba, he cometido suficientes actos ilegales para que me metieran en la cárcel durante novecientos años”.

Cuando él llega a la subsecretaría de la Marina una gran transformación, estaban experimentando todas las flotas de guerra del mundo. El tipo de “dreadnaught” puesto en el mar por Inglaterra en 1906 obliga a revisar todos los planes de construcciones navales. Un buque como el entonces moderno “Wyoming” podía derrotar fácilmente a diez barcos de la clase del “Oregon”. El submarino comenzaba a ser considerado como arma de guerra, aunque no se conocieran todavía todas sus posibilidades. Los primeros hidroplanos probaban sus alas torpes aún sobre la inmensidad de los mares. Las condiciones aquellas no podían ser mejores para que un hombre de la imaginación y sentido común de Roosevelt diera rienda suelta a su entusiasmo.

Daniels y su joven subsecretario se complementan. Se habían conocido en la Convención de Baltimore cuando ambos trabajaban a favor de la candidatura de Wilson. Roosevelt respetaba la gran experiencia política de su jefe y su rectitud y honradez. Daniels admiraba la agilidad mental y las finas dotes de captación de voluntades de su subordinado. Lo llamaba cariñosamente “máquina de vapor con pantalones”, pero admiraba su tacto en la unificación de grupos políticos discrepantes. Se apreciaron lealmente el uno al otro y la unión de ambos fue fecunda para la nación. Años después, siendo ya justo el Presidente de los Estados Unidos, siempre se dirigió al viejo Daniels como si continuara siendo su jefe y éste siempre trató aquel como si aún estuviera bajo sus órdenes.

Daniels se empeñó en colocar en los puertos de responsabilidad a los hombres más capaces dando a todos oportunidades para ascender y trató asimismo de evitar ciertos abusos económicos de que era objeto la Marina por parte de contratistas poco escrupulosos. Hombre bueno, aunque rudo chocó con muchos intereses creados y se creó innumerables enemigos. Roosevelt, con su mano izquierda y aquel su indefinible encanto para resolver las más desagradables situaciones, libró de muchos quebraderos de cabeza a su jefe y supo manejar a los hombres con tacto y discreción. 

Daniels y Roosevelt se habían encontrado con una Marina en bastantes malas condiciones. Una de las primeras tareas de Roosevelt fue la de construir una Marina más grande y poderosa. En 1914, Roosevelt declaró públicamente “La Marina no está preparada para la guerra. Tenemos hoy solo 15 barcos que podremos enviar eficazmente contra la primera línea del enemigo”. Y en otra ocasión, afirmó: “Tenemos una línea de costa de dos mil millas y de esas solo doscientas están protegidas por cañones de defensa de costas. Si yo fuera japonés y no pudiera desembarcar en alguna parte de esas mil ochocientas millas indefensas me haría el harakiri.”

Cuando al fin, en 1915, el Congreso oyó al fin las palabras de Daniels y Roosevelt les facilitó los medios necesarios para construir una gran Marina. Roosevelt se lanzó de lleno a la tarea. 

“Esa flota, dijo, debe ser mantenida junta toda pues la dispersión es fatal, debe estar bien entrenada y hacer muchas maniobras, debe gastar buen dinero en prácticas, debe contener el mejor material y más modernos instrumentos”. Roosevelt, 24 años más tarde sabe ahora que la guerra es inevitable y trata de crear apresuradamente una reserva naval. Esa reserva estaba compuesta de 305 hombres y él quería que fueran 10.000. Para ello se apoderó de un gran número de yates particulares que al declararse la guerra envió a Europa como escuadrón de patrulla. Como cuando gastó 40 millones de dólares antes de haber conseguido la autorización del Congreso, ahora tenía una serie de medidas por su cuenta, esperando para después la autorización. Nada hay que Roosevelt odie más que las demoras burocráticas.

Se termina la guerra y Roosevelt recibe un duro golpe en sus aspiraciones políticas. 1920 se postula para Vicepresidente de la República en la candidatura que lleva como Presidente a James M. Cox, siendo un enérgico defensor de la participación de los Estados Unidos en la Liga de las Naciones. La pareja Harding-Coolige les inflige una seria derrota. Su carrera política parece haberse destrozado para siempre. Franklin D. Roosevelt había querido auparse demasiado alto. Pero no se desanima, tiene fe en sí mismo y sabe esperar. Y mientras espera el destino, otra vez el destino lo somete a una nueva terrible prueba. Una prueba para conocer la dureza de sus nervios, lo inflexible de su coraje, la paciencia de su corazón, la inmarcesible sonrisa.

La parálisis

Él lo contó. En cierta ocasión, él explicó cómo fue aquello: cómo se desgajó del cielo aquel rayo imprevisto que hendió su vida de un solo hachazo, pero nunca más volvió a hablar de aquello, como si le diera vergüenza que supieran cómo tenía que arrastrar su cuerpo: él, el del torso hercúleo y el cerebro claro y terco. 

Tenía 39 años. Derrotado como candidato a la Vicepresidencia de la República, volvió de nuevo a ejercer la abogacía. En su bufete trabajaba unas dos o tres horas diarias. El resto de sus jornadas las rendía en un alto puesto financiero que le había conseguido su amigo Van Lear Black, propietario del “Sun” de Baltimore, quien le había nombrado vicepresidente de una compañía de seguros de la que él formaba parte, la “Fidelity and Deposit Co”. En agosto de 1921, ambos amigos se tomaron unas vacaciones que, por indicación de Roosevelt, fueron a pasar en la Quinta de éste en la isla de Campobello, en la Bahía de Fundy.

Él explicó así cómo bajó aquel rayo.

“Tomamos la escampavía del “Sábalo” para pescar a cordel. Yo cebé los anzuelos, alternando entre la cámara de proa y la de popa de la escampavía de motor, cruzando junto a la caliente máquina sobre un tablón barnizado de tres pulgadas, resbalé y me caí por sobre la borda. ¡Jamás había sentido nada tan frío como aquella agua! Apenas me sumergí, apenas me mojé la cabeza porque todavía sujetaba el borde del escampavía, pero el agua era tan fría que resultaba paralizante. Este debe haber sido el choque del agua helada en contraste con el sol de agosto y el motor de la lancha. Al otro día desembarcamos en la isla. Había una bruma azul sobre ella con el picor de los abetos ardiendo. Durante todo aquel día combatimos un incendio en el bosque. Al final de la tarde conseguimos dominarlo. Teníamos los ojos ofuscados por el humo, estábamos tiznados, llenos de quemaduras de chispas, exhaustos. Nos zambullimos en una piscina de agua fresca en la isla para reanimarnos. Corrimos en nuestros trajes de baño a lo largo de caminos calientes y polvorientos hasta la casa. No sentí la reacción usual, la animación que esperaba. Caminando y corriendo no podía vencer el frío. Cuando llegué a la casa, allí estaba el correo con varios periódicos que no había visto. Me senté a leer durante un rato demasiado cansado para vestirme siquiera. Jamás me había sentido así. Al otro día por la mañana, cuando me tiré de la cama, mi pierna izquierda se quedó rezagada. Pero conseguí moverme y afeitarme. Traté de persuadirme de que el mal de mi pierna era muscular, que desaparecería al ejercitarla, pero de pronto se negó a moverse y luego la otra…

Y jamás dijo otra cosa sobre este terrible acontecimiento que tanto había de influir en su vida. Un mes después fue trasladado al Presbyterian Hospital. Un año más tarde podía nadar en la pequeña piscina de Hyde Park, pero no le era posible caminar ni un paso. La lucha de este hombre con su destino es impresionante. No se rinde, está dispuesto a sanar. No se sabe a costa de qué sacrificios. Cuando desmaya, allí a su lado, tiene a la fiel compañera de su vida, la fea y noble Eleanor, que le presta su callada lección de energía. O los ojos de su madre que le empujan a no darse por vencido. No, él no se da por vencido. Su terquedad de holandés de que hablan sus amigos le ayuda decisivamente en esta empresa. Han pasado dos años, sigue arrastrando sus piernas inútiles. 

El hombre flaco y alto que él era tiene ahora un torso hercúleo y unos brazos de cargador de muelle. No en vano la fuerza de brazos tiene que arrastrar su dolorida humanidad. Han pasado tres años. Un banquero de Nueva York, George Foster le ofrece en venta una posición que tiene en Warm Spring en Georgia donde existe una fuente termal que emana de unas rocas que parece actuar con resultados satisfactorios sobre los enfermos de parálisis infantil. Roosevelt, va allá y en seis semanas comprueba que ha experimentado una gran mejoría e inicia entonces la gran lucha contra su dolencia. 

En 1927 establece la Fundación Warm Springs, en donde invierte las dos terceras partes de su fortuna. Comienzan a llegar paralíticos de otros lugares de la Unión. Dos años antes había llegado a Warm Springs, un hombre que había de ejercer una gran influencia en el establecimiento de la Fundación. Se llamaba Fred Botts y estaba también paralítico. Russell y él comenzaron a tratarse mutuamente. Improvisaron una especie de tarima bajo el agua donde se colocaba el enfermo para recibir los masajes. Roosevelt trata a su nuevo amigo. Se interesa más por él que por su propia dolencia. La mejoría del otro le alienta y le llena de confianza en su curación y en efecto, Roosevelt mejora con la ayuda de unas abrazaderas y un bastón. Puede mantenerse erguido e incluso caminar. A veces, estando con un amigo, aprovecha el instante que éste se pone de espaldas para darle la broma de trasladarse de una a otra silla y ver el asombro que esto produce a su compañero. Le gusta quitarse aquellas abrazaderas que le torturan las piernas siempre que puede. 

En cierta ocasión se presenta sin dichas abrazaderas en una merienda que celebra un grupo de amigos en Albany. Es entonces Gobernador de Nueva York, sus amigos les riñen por haber ido de aquella forma hasta donde ellos estaban. Roosevelt se ríe y toma parte de la merienda, pero durante ésta grupos de curiosos que han visto al gobernador merendando rodean a Roosevelt y al grupo de amigos. A la hora de marchar, es necesario cargar al Gobernador para llevarlo hasta la máquina, pero éste se niega.

–Tengo que volver a la máquina por mí mismo, no puedo consentir que me vean llevar.

Y entonces ordena a dos amigos que se pongan a sacudir uno de los manteles, mientras que él se arrastra detrás de esta cortina y así lo hace, a fuerza de brazos por sus propios medios, gateando por el césped del parque, llega hasta la máquina y todo antes que los vecinos de Nueva York vean cómo tienen que cargar a su Gobernador para llevarlo a la máquina.

Sorprende la cantidad de energía que tuvo que desarrollar este hombre para resolver pequeños episodios de la vida diaria como este que acabamos de contar. Cómo tuvo que luchar para sobreponerse al complejo de inferioridad que forzosamente tenía que experimentar debido a su lamentable situación física. Es tal vez la necesidad de vencer este complejo lo que le impele a viajar y viajar. El paralítico ha de recorrer todo el mundo. Es como si quisiera decirnos: “Yo que apenas puedo caminar unos pasos, he recorrido toda la tierra de punta a punta. La cuestión es desear algo con la suficiente intensidad para poder llevarlo a cabo. Lo importante es que con voluntad se hace todo por imposible que parezca, lo único que tenemos que temer es el miedo”. 

Uno de sus biógrafos, el profesor de Historia de América de la Universidad de Columbia, el doctor Allan Nevins señala como las principales características de Roosevelt, las siguientes: “Versatilidad de aficiones; capacidad para ver las cosas en perspectiva y aplicar la imaginación a su solución; infatigable energía; audacia que a veces se hace temeridad; disposición a tomar decisiones rápidas; conscientes de que algunas resultarán errores; optimismo y elevación de ánimo bajo las más graves responsabilidades.

Solo disponiendo de estas dotes morales, pudo Franklin Delano Roosevelt llegar a ser lo que fue, solo un carácter como el suyo pudo hacer vencer a la parálisis y al nazismo. Para sus compatriotas Roosevelt era “el hombre que regresó” pero el no se había ido nunca.

El gobernador de Nueva York

“La prueba de fuego”, como llamó Mrs. Roosevelt en su autobiografía a aquella terrible experiencia por la que pasó su esposo no fue un sufrimiento inútil –“que él soportó sin la menor queja”–, sino que sirvió para hacer de él otro hombre. En ciertos aspectos, se hizo realmente más fuerte que antes de la enfermedad. La natación, el único deporte que podía realizar, amplió su pecho y desarrolló sus brazos. Asimismo, dio resonancia a su voz, dice Mark Sullivan, aumentó la profundidad y el alcance de sus tonos, que habían tendido a ser ligeramente agudos. Esto le sirvió de mucho después cuando la radio vino a ser un medio de difusión de propagandas y doctrinas. Roosevelt tenía una hermosa voz radiofónica, la más bella voz de todos los políticos norteamericanos, y él supo aprovechar maravillosamente este nuevo don con que le había obsequiado el destino conseguido a costa de su inmovilidad y de su lucha contra la parálisis.

Desde el punto de vista moral, su enfermedad había servido para aumentar su confianza en sí mismo. Apenas remontada la fase aguda de su dolencia, –una espantosa dolencia que condena a quietud al que la padece– él había sido elegido gobernador de Nueva York y reelegido después por más de 700.000 votos de mayoría. Cuatro años después, el paralítico Roosevelt es elevado a uno de los más altos cargos del mundo contemporáneo: a la Presidencia de los Estados Unidos, el poderoso país, el más poderoso país de la tierra. Roosevelt, por humilde y sencillo que fuera y lo era, tenía que sentir una gran confianza en sí mismo, en el hombre que con aquella enorme desventaja física y con el solo esfuerzo de sus brazos poderosos arrastrando las piernas inútiles, había logrado llegar hasta aquella alta posición. Esta acerada confianza en sí mismo, no por creerse un mesías inspirado, sino por sentirse un hombre capaz de remontar todas las adversidades, es la tónica de los últimos años de su vida y de su paso por la Presidencia de los Estados Unidos. Roosevelt no duda de sí, ni un solo minuto, tiene plena confianza en sus facultades y sabe que posee el difícil don de persuadir y convencer.

Después de tres años de lucha contra la parálisis, Roosevelt hace su primera aparición en público. Este hecho es definitivo en su vida por su intervención en la Convención Nacional Democrática en 1924. Él consigue de nuevo llamar la atención sobre su persona y gracias a este hecho logra más tarde que se le denomine el candidato para el puesto de Gobernador de Nueva York, que es la antesala de la nómina para la Presidencia de la República. Una vez en el puesto de Gobernador alcanzando por una exigua mayoría de 29.000 votos, él conseguirá todo lo demás. Roosevelt es de los hombres que solo precisan que se les dé una oportunidad en un determinado instante, del resto se encargarán ellos mismos.

La Convención democrática de 1924 se ha enredado en uno de esos incidentes, aparentemente sin importancia, pero que sin embargo poseen una fundamental trascendencia. Tres palabras provocan el cisma entre los asistentes a la Convención. Unos de ellos quieren excluirlas de la plataforma electoral de Smith. Este y sus amigos insisten en incluirlas en dicha plataforma. Las tres palabras que motivan tan rabiosas controversias y tan duros debates son éstas: Ku Klux Klan. Smith y los suyos quieren condenar tajantemente la discriminación racial y religiosa que esas palabras representan.  Sus oponentes no quieren ser tan concluyentes en la condenación. No hubo ni mayoría ni minoría, solo dos bandas de opositores encarnizados que se atacan con las peores palabras, haciendo imposible toda avenencia.

En este ambiente de violencia se levantó a hablar Franklin D. Roosevelt para pronunciar uno de los mejores discursos de su vida. Anclado sobre sus muletas, levantando el pesado mentón sobre la muchedumbre enfebrecida Roosevelt hizo un llamamiento a la cordura de sus compañeros y a la cortesía hacia todos los candidatos. Sus palabras fueron oídas. Mejor aún, escuchadas. Smith no lo olvidó y cuando fue nominado candidato para la Presidencia, su primera preocupación fue la de pensar a quién llevaría para el cargo de Gobernador de Nueva York, porque él precisaba ganar aquel Estado y aunque había conquistado dicha posición en cuatro ocasiones, él sabía que una cosa era apoyar al católico Smith para el puesto y otra muy distinta llevar al católico Smith a la Presidencia de la República. Y para el puesto de Gobernador, Smith precisaba un hombre como Roosevelt, solo Roosevelt llenaba todas las condiciones que él quería.

Franklin Delano Roosevelt se encontraba en aquella oportunidad en Warm Springs, siguiendo su plan de curación y preocupado por los planes de curación de otros paralíticos que allí se encontraban. Smith le llamó por teléfono para hacerle su ofrecimiento. Roosevelt no aceptó. Es más, al día siguiente envía a Smith un telegrama ratificándose en lo que le dijo por teléfono y justificando su decisión en la necesidad de tomar ejercicios aquí en Warm Springs durante los fríos meses de invierno. Roosevelt se aleja incluso de su casa al siguiente día para evitar una nueva negativa. Pero así todo Smith logra localizarlo y otra vez le hace el mismo ofrecimiento. Roosevelt vuelve a negarse, Smith acusa:

–Si le postulan mañana, ¿se negará a usted a presentarse?

Los sentimientos democráticos de Roosevelt son muy entrañables. Ante aquella pregunta vacila. Smith se agarra a ese clavo ardiente.

–Está bien; no le haré más preguntas.

Al día siguiente, Roosevelt resulta postulado. Poco después resulta elegido Gobernador. Smith perdió la Presidencia, el triunfo de Roosevelt fue bastante pobre, ganó por 25.000 votos. Otra vez el destino influye de manera decisiva en la vida de este. Solo la mitad del uno por ciento de los votantes ha dado el triunfo a Roosevelt. Para él es suficiente, ha ganado y esto va a darle la oportunidad de demostrar quién es él y de todo lo que es capaz. Dos años después va a la reelección. Durante la administración de Smith, éste había ahorrado unos quince millones de pesos al Estado. Roosevelt, en el mismo tiempo, consigue endeudarlo en 90 millones. Pero ha hecho cosas. Y triunfó. No registra el Estado de Nueva York un triunfo tan aplastante como aquel. Roosevelt alcanzó sobre su contrincante, una mayoría de 725.001 votos. Es ya el candidato seguro de los demócratas para la Presidencia de la República.

El Presidente de los Estados Unidos

El 4 de marzo de 1933, Franklin D. Roosevelt toma posesión de la Presidencia de los Estados Unidos. Herbert Hoover, aspirante a la reelección y que ha llevado a la nación al borde del desastre, sufre una aplastante derrota. De los 531 votos de compromisarios, Roosevelt recibe 472. La nación entera se debate en una grave crisis. Crisis económica y crisis moral, pero sobre todo crisis de confianza. Muchedumbres jubilosas, conmemoran la ascensión de Roosevelt a la más alta magistratura de la nación. 

Creen en él, tienen necesidad de creer en alguien y Roosevelt con su sonrisa y sus palabras aplomadas, diáfanas y optimistas inspira confianza. La gente alborozada canta en las calles: “Happy days are here again”. En tanto se escucha la voz de Roosevelt pastosa, grave, convincente, llena de esperanza en el porvenir. 

–Lo único que tenemos que temer es el miedo.

Roosevelt inicia su tarea enfrentándose a la grave situación que padece el país. No se anda con paños calientes, va a la médula de las cosas, no buscan remedios anodinos, sino que, allí donde es necesario, usa el bisturí sin contemplaciones. Se ha rodeado de una porción de hombres ilustres en diversas especialidades a los que el vulgo llama irónicamente: “el trust de los cerebros” y con ellos acomete una nueva organización del país. No solo renueva la vida interior de su patria, sino que reconsidera la situación internacional de la misma y adopta la política del Buen Vecino que tan magníficos resultados ha dado para la instauración de un verdadero entendimiento panamericano. Crea diversos organismos como el de la Administración de Rehabilitación Nacional y otros con los que hizo frente a la depresión económica. Estructura un grandioso plan de obras públicas con el que hace frente al desempleo instituyendo un plan de Auxilio Agrícola, en tanto pasa un subsidio a los obreros que se hallan en paro forzoso. Deroga la prohibición y acaba con los “gangsters”.

Las medidas tomadas responden a una sana política y el gigante del norte va recuperándose lentamente. La nación ha rescatado su confianza sin la cual ni la vida de los pueblos ni la de los hombres conduce a ningún sitio. Y un solo hombre es el que ha realizado el milagro; un hombre combativo a sangre y fuego por sus enemigos insultado vilmente, por los poderosos de los “trusts” y los Bancos, a los que lesionó ligeramente en sus intereses para salvarlos y con ellos a la nación de la bancarrota; un hombre a quien hasta se le echa en cara su defecto físico como si este paralítico no hubiera demostrado, sobradamente, que tiene modos y maneras de titán. Se le odia, pero también se le ama. Se presenta a la reelección y respaldado por una enorme mayoría derrota a Landon que solo ganó en dos estados: Vermont y Maine, e inicia un segundo período de gobierno. A partir de ahora, su nombre rebasa las largas fronteras de su patria para desparramarse por todo el mundo. 

Roosevelt ve venir la guerra y se dispone a preparar a su pueblo contra esta contingencia inédita. Su pueblo no quiere la guerra, pero la guerra nadie la quiere, la guerra viene sola, se incuba lejos de nuestros mejores propósitos y cuando llega, no respeta nada, ni mujeres ni niños y entonces vale más estar preparado para recibirla que hallarse cómoda y bobamente con los ojos cerrados para ignorar el peligro. 

Apaciguadores, estúpidos o cínicos, hablan en voz alta y con suficiencia de las dos fronteras de agua que protegían a los Estados Unidos. Pero Roosevelt sabe que no hay trincheras capaces de detener lo que se está incubando en Europa. Y Roosevelt dice a sus conciudadanos: “El pueblo de Estados Unidos, el pueblo de todas las Américas rechaza las doctrinas del apaciguamiento pues se dan cuenta de que es el arma principal que esgrimen las naciones agresoras”. Y señala el peligro, una vez más, con palabras inequívocas y concluyentes: “La experiencia de los dos años pasados prueba que ninguna nación puede apaciguar a los nazis. Nadie ha logrado domar a un tigre y convertirlo en gatito, pasándole la mano suavemente por la espada. No es posible el apaciguamiento con la brutalidad despiadada. No pueden aducirse razonamientos a una bomba incendiaria”. 

Y en otro discurso posterior recalca. “No debemos precaver siempre contra aquellos que a son de bomba y platillo, predican la doctrina del apaciguamiento”.

Roosevelt, siendo neutral, no vacila en ayudar a las naciones agredidas, en tanto prepara su pueblo para lo inevitable pese a que éste no quiere hacerse a la idea de que la guerra es inevitable. “Desde el primer día de la guerra europea, –dice Pierre Van– Roosevelt fue asediado por el doble problema de preparar a los Estados Unidos para el conflicto inevitable y al mismo tiempo hacer comprender al pueblo que esta guerra, aunque a miles de millas de distancia, era nada menos que una guerra por la supervivencia y Roosevelt adopta la “Política de neutralidad con armas vendidas y entregadas en puertos de los Estados Unidos”, cambia cincuenta destructores norteamericanos por bases británicas. Dicta la Ley de Préstamo y Arriendo, firma la Carta del Atlántico, propicia las reuniones de Cancilleres americanos. Para cada problema, tiene Roosevelt una solución atinada.

Se postula para un tercer período. Ni George Washington, se había atrevido a tanto. Roosevelt con su complejo de autoconfianza, se atreve a romper este precedente porque sabe que no hay nadie que sea capaz de sustituirlo. Esto no es orgullo, es comprensión. Y es elegido para un tercer periodo. Es entonces cuando surge la guerra para los Estados Unidos en una remota isla del Pacífico. Fue el 7 de diciembre de 1941 y esa fecha se llamó Pearl Harbor.

En breves meses, Roosevelt pone a la nación en pie de guerra, moviliza todos los Recursos Humanos e industriales de su patria y crea el más poderoso Ejército y la más poderosa Marina que jamás conoció historia. Roosevelt se agiganta a las cosas del mundo. Su nombre se pronuncia con respeto y veneración en todos los lugares de la Tierra. Él representa las aspiraciones de todos los hombres libres de la humanidad, sin distinción de frontera como su glorioso antecesor Lincoln, en él pone sus esperanzas el hombre de la calle, el hombre medio, el hombre honrado y olvidado que quiere tener donde trabajar para ganarse honradamente la vida y poder rezar a su Dios sin tener miedo a nadie. La voz de Roosevelt se oye en todo el mundo: “Los que entregarían las libertades esenciales para comprar un poco de seguridad temporal no merecen ni libertad ni seguridad”.

Roosevelt, el paralítico Roosevelt recorre su enorme patria de punta a punta inspeccionándolo todo y va a Casablanca, a Quebec, a Teherán, a El Cairo, a Yalta. Arde alto como una hermosa llama que todo lo ilumina. Está abriendo su tumba, cavando su fosa, pero nada lo detiene. El destino sigue señalándolo con su índice terrible y Roosevelt obedece a su hermoso y amargo destino. 

Ya Alemania está vencida y las fuerzas del mal tascan el freno, propinando las últimas coces en su agonía. Va a amanecer la paz y es necesario prepararse para un cuarto período.

Y Franklin Delano Roosevelt es elegido presidente de los Estados Unidos por cuarta vez.

La muerte

La guerra ha entrado en sus últimos estertores. Los ejércitos anglosajones y franceses por el Oeste y el Ejército Rojo por el Este avanzan sobre las ruinas de Berlín. La guerra está a punto de terminar. Se acerca la hora difícil de la paz –va a estallar la paz. Los ojos del mundo convergen en Roosevelt. Es él el hombre en quien mayor confianza tienen sus semejantes. Las pequeñas naciones, los hombres olvidados y sencillos de todas las latitudes, los que confían en los derechos indeclinables del individuo todo lo esperan de este noble anciano a cuyo rostro se asoman ya, apremiantes, las penalidades sufridas, todos los dolores pasados que esconde púdicamente bajo su sonrisa. 

Cuando en los noticiarios cinematográficos apareció Roosevelt en la Reunión de Yalta, una grande, vasta poderosa exclamación de asombro y pena se escapó de los espectadores que presenciaban la película. ¡Roosevelt está muerto! Aún sonríe en el film, pero los ojos le rebosan tristezas y los pálidos labios se rizan en un mohín de angustia. Las facciones penden de su rostro extáticas independientes unas de otras, como vistas a través del cristalito de la caja… Cuando se ve a Roosevelt en la película, un ambiente de opresión se extiende por la sala y los extractores de aire parecen volar más despacio. ¿Y si se muriera este hombre? Ese es el temor de todos porque todos confiamos en él, todos sabemos que lo que haya de ser la paz depende en gran parte de este hombre. Nadie con más autoridad que él, nadie con más desinterés por la causa de todos, nadie con más amplia y generosa visión del mundo, de todo el mundo. ¿Y si se muriera este hombre, cuando se está acabando la guerra? Y una vaharada de angustia salta de la pantalla a las sombras.

Luego el noticiario rueda otro suceso cualquiera y el hombre de la calle olvida lo que acaba de ver. Pero en su corazón ha quedado archivada la imagen de aquel anciano derrumbado, deshecho, irreparablemente enfermo que desde muy lejos de sí mismo sonríe suave, débilmente, como si se apagara.

Otra vez el destino vuelve a hendir de un solo hachazo el ahora viejo y débil roble. La muerte llega rápida y pisando suave. Nadie la sintió llegar. Ni él mismo que siempre supo anticiparse a los acontecimientos, calar en las sombras, asomarse al porvenir. Y la muerte llegó a Warm Springs, a donde Roosevelt acudiera tantas veces en busca de reposo y salud: en busca de fe. 

En el modesto y pequeño estudio de su casa está posando para que un dibujante le haga un apunte. La hermosa cabeza cruzada de arrugas luce cansada. Un fino tinte oliváceo cubre su rostro, donde se entreabren los labios morados en un gesto de fatiga. Los ojos parecen mirar más allá del horizonte indiferentes y lejanos. Es la una y quince minutos de la tarde del día 12 de abril de 1945. De pronto, el Presidente de los Estados Unidos se lleva las manos a la parte posterior del cráneo y exclama:

–¡Oh, qué horrible dolor de cabeza!

Y perdió el conocimiento. Los que estaban en la casa –un farmacéutico, dos sobrinas, una secretaria–, llevaron el cuerpo desmayado a la habitación. Dos horas y veinte minutos después – a las 3:35 p.m, –sin haber vuelto en sí, falleció Franklin Delano Roosevelt, el hombre a quien el destino había confiado una alta, hermosa y difícil misión que él llevó a cabo sin un titubeo, con sereno pulso.

Más allá de las sombras, George Washington y Abraham Lincoln le esperaban.

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