Ramiro Guerra Sánchez, un gran personaje de la República de Cuba

Written by Alvaro J. Alvarez

1 de septiembre de 2021

Pedro Ramiro Guerra y Sánchez, nació el sábado 31 de enero de 1880, fue un escritor, conferencista, historiador, economista, pedagogo, sociólogo, diplomático y político cubano. Su padre José Dolores Guerra Amaro y su madre Josefa Sánchez Piedra.

Guerra inició sus estudios de primaria en su pueblo y el bachillerato en 1893 en el Colegio de la Luz, de Batabanó, pero tuvo que interrumpirlo para colaborar con la causa independentista en labores de apoyo. Batabanó está situado a unos 47 km al sur de La Habana y a unos 3 km de Surgidero de Batabanó, el puerto de mar.

De muy joven (15 años de edad) recibió los dañinos efectos de la Guerra de Independencia de 1895, cuando fue reconcentrado, junto a su familia, en Batabanó (había nacido en una finca que fue, anteriormente, una antigua colonia de caña y ex cafetal, Jesús Nazareno, en la costa sur de La Habana) su casa y finca incendiadas, destruidas, como parte de las crueles órdenes de Valeriano Weyler para intentar detener la ofensiva del Ejército Libertador al Occidente de la Isla. En los días que estuvo reconcentrado, el joven Guerra presenció las injusticias, enfermedades, hambre y muerte de familias enteras, entre ellas las de familiares y amigos.  Al concluir el conflicto, trabajó activamente en la salida y evacuación de Cuba de los soldados y marinos españoles, pudiendo entonces terminar sus estudios de bachiller, graduarse en 1900, a sus veinte años, entonces empezó sus labores de enseñanza primaria en Surgidero de Batabanó.

Poco después en el mes de julio, fue uno de los 1,273 maestros (con el Pin #663) (1) que fueron escogidos en todo el territorio nacional para participar durante 8 semanas en un Curso Especial de Verano en la Universidad de Harvard, en Cambridge. Un suceso poco conocido pero que alcanzó hondas repercusiones para nuestra educación y cultura, logrando afianzar la simpatía de los norteamericanos hacia nuestro pueblo.

A su regreso a Cuba, Guerra continuó superándose mientras continuaba trabajando como maestro. En 1911 fue elegido presidente regional para Cuba del Buró Internacional de Documentación Educativa. Se graduó como Doctor en Pedagogía en 1912 en la Universidad de La Habana. Entre 1912 y 1913 dirigió la Escuela Práctica Anexa a ese centro de estudios.

Ganó por oposición la Cátedra de Estudios Pedagógicos, al ser creadas las Escuelas Normales para Maestros en diciembre de 1915 y fue designado director de la Escuela Normal para Maestros de La Habana.

Pero su labor pedagógica no se limitó a cumplir funciones burocráticas, pues desde esos cargos fue un entusiasta impulsor de reformas educativas al introducir nuevos planes de estudio y cursos para las escuelas. También propuso la creación de escuelas superiores y organizó las primeras 40 y la primera Escuela de Comercio de La Habana e incentivó la creación de asociaciones de padres, vecinos y maestros en todo el país.

Fue nombrado Superintendentes de Escuelas de Pinar del Río y en 1926 Superintendente

General de las escuelas de La República. Fundó y dirigió durante 11 años la revista Cuba Pedagógica en colaboración con el pedagogo Arturo Montori.

Escribió el texto de los libros, Primero, Cuarto, Quinto y Sexto de lectura, los dos últimos en coautoría con Arturo Montori.

Debido al prestigio que alcanzó en el ámbito pedagógico de esos tiempos, cuando se realizó el V Congreso Panamericano del Niño, en La Habana del 8 al 13 de diciembre de1927, fue designado Presidente de la Sección de Educación. Participaron los EE.UU y otros trece países latino-americanos, allí se aprobaron 72 resoluciones y 7 mociones.

Entre 1927 y 1930 fue profesor de Historia y Geografía de Cuba, en la Universidad de La Habana. En ese último año intervino en el Consejo Disciplinario, que con motivo de los disturbios universitarios fue convocado en ese alto centro docente y donde defendió a los estudiantes.

Fue director del Heraldo de Cuba entre 1930 y 1932. Secretario de la Presidencia de la República en 1932 durante la dictadura de Gerardo Machado, sin que ello menoscabase su integridad y su amor por Cuba y su historia.

El 16 de agosto de 1933, después de la caída de Machado, se trasladó a Nueva York y después se fue hasta Gainesville en Florida, donde culminó su obra La expansión territorial de los Estados Unidos a expensas de España y de los países hispanoamericanos.

En 1935 fue designado asesor de asuntos económicos y sociales de la Asociación Nacional de Hacendados de Cuba, estableciéndose en Washington. Entre 1939 y 1946 representó a Cuba en varias reuniones internacionales sobre problemas económicos. Regresó a Cuba en 1939 y se desempeñó como asesor técnico de la delegación cubana a la Primera Reunión de Consulta de Cancilleres de las Repúblicas Americanas efectuada en Panamá.

Entre 1943 y 1946 fue director del prestigioso y popular Diario de la Marina y de la Revista Trimestre entre 1947 y 1950.

Ingresó en la Academia de Historia en 1949, e intervino como uno de los autores y redactores del primer libro completo de historia de Cuba, Historia de la Nación Cubana, escrita en colaboración con Emeterio Santovenia, José M. Pérez Cabrera y Juan J. Remos, obra monumental en 10 Tomos editada en 1952, para conmemorar el cincuentenario del establecimiento de la República de Cuba, también fue traducida al inglés. Entre 1955 y 1960, supervisó la publicación de la Biblioteca Escolar Lex, colección dedicada a libros de textos primarios.

En 1956 recibió el título de Doctor Honoris Causa en Ciencias Comerciales por la Universidad Central de Las Villas.

Fue miembro de la Sociedad Geográfica, del Instituto Interamericano de Estadísticas, del Ateneo de La Habana y de la Asociación de la Prensa.

Sus libros Azúcar y población en las Antillas, Manual de Historia de Cuba y Guerra de los Diez Años son textos clásicos de la historiografía nacional. En el prólogo a este último libro, Ramiro Guerra expresó: “Un país no podrá tener jamás una historia, sino muchas historias”. “Hace muchos años quedó atrás el apotegma que sentenciaba que la historia la escriben los vencedo-res. Estos escriben la versión oficial, que es una parte de la historia, no toda la historia. Para llegar a una visión completa es necesaria la visión del otro, la revisión de todas las fuentes” algo que reconoció este valioso historiador.

Gracias a su educación humanista, a su constancia y a su proyección intelectual, Ramiro Guerra es otro gigante de nuestra cultura.

Ramiro Guerra, fue, junto con Emilio Roig de Leuchsenring y Fernando Ortiz, uno de los más importantes renovadores de los estudios históricos en Cuba, cuyas proyecciones en la investiga-ción se relacionaron con las posiciones que asumieron ante las dificultades económicas y los cambios políticos que enfrentaba América Latina en la segunda década del siglo. Las ideas de su obra Azúcar y población en las Antillas (1927) fueron asumidas como propias por los jóvenes revolucionarios de la década de los años 30.

Guerra Sánchez, un pensador profundo, más que la de un simple cronista de su tiempo; un hombre que escribió una obra inconmensurable que representa, de conjunto, una de las más vastas reflexiones sobre la historia de Cuba hechas hasta el presente.

Como reconocimiento a su labor, le fue organizado un homenaje nacional con motivo de su 75 cumpleaños, el cual se efectuó en el Teatro Auditorio (Calzada entre D y E, en el Vedado) el 17 de abril de 1955.

Ramiro Guerra Sánchez, murió en La Habana el 20 de octubre de 1970, a los 90 años.  (2)

Representó a Cuba en los siguientes eventos

• Conferencia Marítima Interamericana, Washington, EE. UU. (1940).

• V Congreso Científico Interamericano, Washington, EE. UU. (1942).

• Conferencia Sobre Alimentación y Agricultura de las Naciones Unidas y Asociadas, Virginia,  EE. UU. (1943).

• Conferencia de las Naciones Unidas y Asociadas, San Francisco, EE. UU. (1944).

• Conferencia Monetaria Internacional de las Naciones Unidas, Breton Woods, New Hampshire,    EE. UU. (1944).

• Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas (1946).

Fue autor o coautor de los siguientes textos:

• Los libros de Lectura para primero, cuarto, quinto y sexto grado.

• La Historia de la Nación Cubana (10 tomos). La Habana, 1952.

• Azúcar y población en las Antillas.

• La lección en la escuela primaria.

• Educadores cubanos: el padre Félix Varela.

• Educadores cubanos: José A. Saco.

• La lección en la Escuela Primaria. Imprenta Cuba Pedagógica, La Habana,1913.

• Historia Elemental de Cuba (Escuelas Primarias Superiores, Preparatorias y Normales).  Librería Cervantes, La Habana, 1922.

• La Defensa nacional y la escuela. Cervantes, La Habana,1923.

• Azúcar y población en las Antillas. Imprenta El Siglo XX, La Habana,1927.

• En el camino de la independencia. Cultural, La Habana, 1930.

• Introducción a la historia de la colonización española en América. Fascículo primero.  Cultural, La Habana,1930.

• La expansión territorial de los Estados Unidos a expensas de España y de los países hispanoamericanos. Cultural, La Habana, 1935.

• Manual de Historia de Cuba. Cultural, La Habana, 1938.

• Mudos Testigos; crónica del ex-cafetal Jesús Nazareno. Editorial Lex, La Habana, 1948.

• La Industria Azucarera de Cuba; su importancia nacional, su organización, sus mercados,  su situación actual. Cultural, La Habana,1940.

• Filosofía de la producción cubana (agrícola e industrial). Cultural, La Habana,1944.

• Guerra de los Diez Años, 1868-1878 (2 Tomos). Cultural, La Habana,1950-1952.

• Fundación del sistema de Escuelas Públicas de Cuba:1900-1901. Lex, La Habana,1954.

• Rehabilitación de la escuela pública; un problema vital de Cuba en 1954. Imprenta P.  Fernández, La Habana,1954.

• La Educación primaria en el siglo XX: proceso histórico de la misma en Estados Unidos  de América, Gran Bretaña y Cuba. Talleres de la Sección de Artes Gráficas del Centro  Superior Tecnológico del Instituto Cívico Militar, La Habana,1955.

• Universidad de Santo Tomás de Villanueva. Contribución a la historia de sus diez  primeros años. s/e, La Habana,1956.

• Por las veredas del pasado, 1880-1902. Lex, La Habana,1957.

• Teodoro Roosevelt; 27 de Octubre,1858 al 6 de enero,1919.

• Un Rough Rider que luchó por Cuba Libre. Lex, La Habana, 1958.

• Discurso conmemorativo de la muerte del lugarteniente del Ejército Libertador Mayor  General Antonio Maceo y Grajales y de su ayudante Francisco Gómez Toro. Editorial Lex,  La Habana, 1960.

Recibió las

distinciones:

• Condecoración Nacional de la Orden de Vasco Núñez de Balboa, en el grado de Comendador,  otorgada por el Presidente de la República de Panamá, el 27 de noviembre de 1939.

• Gran Oficial de la Orden de Mérito Carlos Manuel de Céspedes, concedida por el Consejo  Nacional de dicha Orden, el 10 de octubre de 1949.

• Orden de Mérito Lanuza, en el grado de Gran Cruz, entregada por el Consejo Nacional de la   referida Orden, el 19 de febrero de 1955.

• Doctor Honoris Causa en Ciencias Comerciales, conferido por la Universidad Marta Abreu de   Las Villas, el 23 de febrero de 1956.

  (1)A cada maestro le asignaron un # que estaba impreso en un botón de cobre que se colocaban en la camisa o blusa. 

(2) Vicente Echerri, el escritor nacido en Trinidad, Las Villas cuenta este interesante relato: En octubre de 1965, Vivía yo, con una veintena de estudiantes, en el número 1506 de la Calle 204, del reparto Siboney, antiguo Biltmore.

Casi frente por frente a nuestro albergue se destacaba la excepción: una vivienda pintada y cuidada de una sola planta, con un césped frontal pulcramente podado, en medio del cual un discreto cartel sujeto al suelo, decía sencillamente “Guerra”, sin que uno dejara de pensar, a primera vista, que se trataba de una declaración de hostilidades. 

En enero de 1966, necesitaba hacer una llamada por el teléfono público que quedaba a dos cuadras. Como tantas veces en Cuba, el teléfono estaba roto. Regresaba de mi fallida expedición cuando, al pasar frente a la casa de estos enigmáticos Guerra, tomé la determinación —con la audacia típica de los adolescentes— de tocar a la puerta y, explicándoles mis razones, pedirles que me permitiesen usar el teléfono. Al timbre respondió una señora de mediana edad y porte distinguido que, receptiva a mi argumento, me invitó a pasar y de inmediato me hizo sentir acogido.

Cerca de la puerta, sentado en una butaca leía ensimismado un anciano algo rollizo que ni siquiera levantó la vista del libro para enterarse de quien llegaba. La señora me condujo hasta donde estaba el teléfono. Después de la llamada y a instancias de mi anfitriona, me senté a conversar un ratito. Se llamaba Graciela, —Guerra, desde luego— y vivía sola en aquella casa con su padre, de quien empezaban a preocuparle algunos olvidos y distracciones. Me dijo que todas las veces que quisiera podía venir a llamar por teléfono y a conversar con ella, si así me placía. Yo le tomé la palabra y me fui a dormir esa noche contento de haber hallado un oasis de delicadeza en medio de la barbarie que me circundaba.

A partir de entonces, cada vez que tenía una oportunidad o un rato libre, cruzaba la calle y tocaba el timbre de los Guerra, Así fue creciendo una amistad en la que a mí me tocaba la parte de escuchar anécdotas personales, opiniones acerca de figuras políticas —nacionales y extranjeras—, comentarios de obras literarias, de teatro, de ópera…. En la mesa de la sala de Graciela se mezclaban The Economist, Time, Paris Match, entre otras publicaciones extranjeras que, según me decía, algunos amigos le facilitaban.

La casa de los Guerra se convirtió, de súbito, en un taller de ilustración donde suplían los saberes que me faltaban en mi colegio comunista. En casi todas esas visitas, el anciano solía leer en su butacón sin intervenir en nuestra plática. 

Por esos días, en la escuela nos pusieron como obligada lectura de equipo Azúcar y población en las Antillas, el ensayo en que Ramiro Guerra hacía un enérgico alegato contra el latifundismo y la injerencia de los capitales norteamericanos en la riqueza agrícola de Cuba. Casi 40 años después, la realidad era bastante otra, pero el texto servía a la propaganda oficial que presumía de fidelidad a esas antiguas reivindicaciones. Mientras discutía el libro con cuatro o cinco compañeros en la sala de la casa que me servía de albergue, me vino de pronto una duda que era, al mismo tiempo, como una suerte de revelación: ¿sería Ramiro Guerra el viejito de enfrente? 

Estuve un par de días dándole vueltas a esa duda, hasta que, por otra serie de pequeños detalles tomados al vuelo en aquellas conversaciones, llegué a estar casi seguro de que mi vecino era, ni más ni menos, el más importante e ilustre de los historiadores cubanos del siglo XX. En la próxima visita, le pregunté, con fingida inocencia a Graciela: 

— ¿Son ustedes familia de Ramiro Guerra, el historiador? 

Ella hizo una pausa, al tiempo que se le iluminaba la mirada y me respondió con sólo dos palabras mientras me señalaba al anciano que, impertérrito, seguía leyendo, ajeno por completo a nuestra conversación: —Es él. 

Cuando yo le di testimonio de mi admiración —genuina, por demás—, ella creyó pertinente sacar a su padre de su ensimismamiento para que me conociera. Él fue muy afable. Ella insistió en que se levantara y fuera hasta el estudio y me firmara un ejemplar de su último discurso (un panegírico a Maceo pronunciado en el Cacahual el 7 de diciembre de 1960). Hasta mi salida de Cuba conservé el folleto con la dedicatoria convencional y alentadora al joven estudiante que era yo entonces. Su letra ya era un poco insegura. 

A partir de ahí, y por el resto del tiempo que viví en La Habana en esa temporada, mi amistad con Graciela Guerra se convirtió en un acto de complicidad, en el que muchas veces terminé comiendo en su casa y otras, compartiendo con ella artículos que yo adquiría en el mercado negro y que a veces faltaban en su despensa. Ahora, en mis visitas, su padre se animaba a veces a intervenir y el maestro que nunca dejó de haber en él lo motivaba a indagar sobre los métodos de aprendizaje a que me sometían en ese engendro de instituto en el que yo estudiaba. Cuando, para escandalizarlo, le repetía los rudimentos de marxismo con que se empeñaban en explicarnos la historia, él solía mover la cabeza con un gesto que transitaba de la incredulidad a la sorna. 

La historia de Cuba, a la que había hecho contribuciones tan decisivas, era una constante referencia en su conversación. Le apasionaba la guerra de los Diez Años, a cuyo estudio había dedicado una obra entera. La veía como un episodio seminal y de alguna manera insuperable de nuestra identidad nacional. Admiraba sinceramente a aquellos patricios que habían expuesto la fortuna y la vida en pro de una nación que entonces sólo parecía estar en sus cabezas. (Muchos años después, Leví Marrero me diría que no se había animado a abordar la guerra de los Diez Años como parte de su monumental Cuba, economía y sociedad por creer que el aporte de Ramiro Guerra al tema era definitivo). 

Meses más tarde yo dejaba la beca para huir de aquel barrio que se había transformado en una especie de “solar” gigantesco y mis contactos con los Guerra se fueron espaciando. Hablaba por teléfono con Graciela y alguna vez le enviaba paquetes con vituallas hasta que nuestra comunicación cesó casi del todo con mi ingreso en la cárcel a fines de 1968; para entonces, su padre se había hundido en la senilidad. Cuando murió, casi a los 91 años, en octubre de 1970, yo estaba aún en prisión y me enteré por los periódicos.

A poco de que me liberaran, en mayo de 1971, fui a visitar a Graciela, cuando ya ella estaba en los preparativos de su salida del país. Me contó entonces como había sido el fin terrible de uno de los primeros intelectuales de Cuba: Ramiro Guerra había vuelto completamente a la primera infancia y gateaba desnudo por la casa, reducido todo su discurso a las tres palabras elementales de “mamá, papá  y nené”.

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