RAFAEL MONTORO EL AUTONOMISTA

Written by Libre Online

28 de julio de 2021

Carta Autonómica de Cuba (1897)

Carlos Márquez Sterling (†), 1950

La Carta Autonómica de Cuba (1897) fue, junto con la Carta Autonómica de Puerto Rico (1897), el primer Estatuto de Autonomía concedido en España a uno de sus territorios ultramarinos, concretamente a la Capitanía General de la Siempre Fiel Isla de Cuba. Autorizaba la formación de un gobierno de carácter autonómico.

Fue otorgada, siendo presidente del Consejo de Ministros el liberal Práxedes Mateo Sagasta (1897-99), mediante real decreto suscrito el 25 de noviembre de 1897 por la reina regente María Cristina de Habsburgo en nombre de su hijo, Alfonso XIII. Fue hecho público en la Gaceta de Madrid el 28 de noviembre de aquel año, y en la Gaceta de La Habana el 19 de diciembre. Su principal instigador y redactor fue el político liberal Segismundo Moret.Su promulgación vino acompañada de establecimiento el sufragio universal masculino en todas las provincias de Ultramar.

LA CARTA AUTONÓMICA

La Carta constaba de 70 artículos divididos en 9 títulos, más 4 artículos adicionales y 2 transitorios.

Se establecía un Parlamento Insular, dividido en una Cámara de Representantes (65 miembros electos cada 5 años; 1 por cada 25 000 habitantes) y un Consejo de Administración (18 electos por mitades cada 5 años y 17 de designación vitalicia) con competencia para regular su presupuestos de ingresos y gastos y todos los asuntos locales de la Isla, así como potestad en materia de Gracia y Justicia, Gobernación, Hacienda y Fomento.

Mientras, las Cortes y el ejecutivo españoles se reservaban los relativos a Estado, Marina y Guerra. Su representante sería un gobernador general, elegido por el rey a propuesta de las Cortes, que ejercerá en nombre de la Metrópoli la Autoridad Suprema. La facultad de legislar correspondería a las Cámaras insulares con el gobernador general. El gobierno isleño o Despacho estaría presidido por un secretario designado por el gobernador, y conformado por cinco secretarías, responsables ante el Parlamento, las de Gracia y Justicia; de Hacienda; de Instrucción Pública; de Obras Públicas y Comunicaciones; y de Agricultura, Industria y Comercio.

Además, se mantendrían las diputaciones provinciales de Cuba (Pinar del Río, La Habana, Matanzas, Santa Clara, Puerto Príncipe y Santiago de Cuba) y los municipios, y la isla seguiría eligiendo 30 diputados y 16 senadores en las Cortes Españolas.

Las cartas de Cuba y Puerto Rico eran los documentos de autogobierno más avanzado de todas las colonias europeas del Caribe, superando las demandas del Partido Autonomista, pudiendo equipararse por completo a la autonomía establecida por el Reino Unido en Canadá en 1867.1​

DESARROLLO Y FINAL

DEL AUTOGOBIERNO

El régimen autonómico entró en vigor el 1 de enero de 1898, jurando el nuevo gobierno insular ante el gobernador, Ramón Blanco. Su presidente era José María Gálvez Alonso, líder de los autonomistas cubanos; el abogado Antonio Govín se encargaba de Gracia y Justicia; el marqués de Montoro, Rafael Montoro, de Hacienda; el doctor Patricio Zayas, de Instrucción Pública; el doctor Eduardo Dolz, de Obras Públicas y Comunicaciones; y el comerciante Laureano Rodríguez, de Agricultura, Comercio e Industria.

La autonomía cubana provocó un amplio debate en la prensa española, siendo celebrada por los liberales progubernamentales y aceptada por los conservadores, si favorecía el fin de la violencia en la isla.2​ En la isla fue recibido con hostilidad tanto por los independentistas como por los más intransigentes, que añoraban el gobierno de Valeriano Weyler, cuyas algaradas fueron manipuladas por la prensa amarilla estadounidense para menospreciar el nuevo régimen autonómico. Dos meses después del turbio incidente del hundimiento del USS Maine (15 de febrero), entre el 24 y el 28 de abril de 1898 tuvieron lugar los comicios para constituir el Parlamento Insular, ganados por el autonomismo moderado, con un 80 % de los votos, y una participación del 48 % del censo.4​

Sin embargo, la Guerra hispano-estadounidense impidió el pleno desarrollo del autogobierno. El 3 de agosto se suspendieron las cámaras insulares, disueltas definitivamente el 28 de octubre. Por el Tratado de París del 10 de diciembre de 1898, el gobierno de España renunció a su soberanía sobre Cuba, cediéndosela a los Estados Unidos, sin que las instituciones isleñas fueran consultadas.

El próximo 12 agosto se cumplen 88 años de la muerte de Rafael Montoro. Era un orador formidable, acaso el más completo que haya producido Cuba, tierra pródiga en grandes de la tribuna. En Montoro todo concurría a hacer de él un soberbio dominador del arte del hablar en público. Su organización mental, su gran figura, sus ideas y el conjunto de facultades, le permitían demostrar un vuelo emocionante que muy pocos americanos han logrado alcanzar.

En la época de las luchas por la Autonomía, Manuel Sanguily que admiraba sinceramente a Montoro, afirmaba que “Govin, por sus profundos conocimientos en materia colonial, era el Atlas del Partido Liberal; Montoro por su palabra extraordinaria, resultaba irresistible sirena, la magia de su seductora elocuencia”.

Sin muchas noticias sobre Montoro allá por el año 1870 se sabe que fue llevado a la Península de dónde regresó después de haber vivido en constante comunicación con los más grandes oradores de la época. En aquella Holanda de España, cómo le llamaba Montoro al Ateneo de Madrid, se formó el tribuno. Eran los tiempos en que Amador de los Ríos explicaba la cultura literaria y artística de España durante la dominación; Cañete daba sus conferencias poéticas y Montoro, en la flor de su juventud hablaba entusiasmadamente de la revolución francesa y de sus historiadores.

Después del Zanjón y de la protesta y inmortal de Maceo  en Baraguá, se constituyeron en la Colonia los partidos políticos. En el Liberal, que traía en sus entrañas la paternidad un tanto programática del  reformismo de Pozos Dulces, formó pilas un joven alto, de barba robusta, elegante figura, que muy pronto habría de ser el vocero más autorizado. El partido Liberal no pudo llamarse enseguida autonomista. Advertidos, dice Ricardo del Monte, de que el gobierno central no estaba dispuesto a consentir que se proclamase la autonomía, convinieron que renunciar al nombre. Pero a despecho de persecuciones, de extravíos militares y de estupideces dominantes, se extendió por toda la isla defendiendo en esencia el Régimen Autonómico.

En realidad era lógico, después de una lucha de 10 años por conquistar la independencia, enrejados en manos de Céspedes y Agramonte, abrumado el país por la miseria y la desesperación, la Autonomía resultaba una fórmula de transacción entre  las aspiraciones del pueblo cubano y los derechos de los gobernantes de la Metrópoli.

En el centro de aquella atracción política, que no fue improvisasción, ni una idea importada de afuera, aparecía Rafael Montoro, atento a conciliar las libertades políticas con el régimen centralista, ofreciéndole al país después de una aterradora tempestad, la paz y la tranquilidad.

De todos los grandes discursos de Montoro ninguno es más valiente y talentoso que el que pronunció en Cienfuegos el 22 de septiembre de 1878, al constituirse el Partido Liberal. Para Montoro no había posibilidades políticas sin libertad. Nada podía esperarse sin el signo del libre albedrío. Recordando a Heredia exclamaba “un gran patriota nacido en Cuba, decía con inmensa amargura en inmortales versos, que en esta tierra tan favorecida por la naturaleza ofrécense al observador, en triste contradicción, las bellezas del físico mundo y los horrores del mundo moral. Y algo de esto –agregaba Don Rafael– es verdad. Es imposible desconocer que muchas veces, al atravesar nuestros campos tan bellos, en que la naturaleza llena de exuberante vida parece prorrumpir en himnos gozosos al Creador, se oprime el corazón bajo el pecho de las lágrimas, y el impuro hálito de muchas imperfecciones y de dolorosísima fatalidades sociales”.

Campeón de las libertades políticas, liberal de cuerpo entero en estilo de los estadistas ingleses, en el que el corte parlamentario traza sus mejores perfiles, y aún los supera, Montoro es un ejemplo extraordinario de carácter y de fidelidad a un credo público. Fue desde entonces que se hizo necesario deslindar el hombre de gabinete del hombre de acción. Montoro a juicio de sus más admirables panegiristas, era un combatiente. El orador, el ideológico, el periodista, el filósofo; demostraba una voluntad doblegable orientada hacia la médula doctrinal de un programa serenamente meditado en la gran soledad de la inspiración política. Su palabra era su espada; su verbo su arma favorita; su cultura y su talento realmente asombrosos, la firmeza y el seguro de sus futuras gestiones en pro de la isla encadenada. A esta fidelidad le rindieron el mejor tributo sus contrarios de época. Era imprescindible reconocerlo. Esa unidad de conducta, hoy tan rara, le parecía a Manuel de la Cruz, una consecuencia serena, perfecta, en la que la utopía de la idea dejaba a las generaciones venideras el análisis desapasionado del esfuerzo creador de nuestra verdadera conciencia democrática.

El equilibrio de aquel cerebro privilegiado según De la Cruz hacía de Don Rafael, el último abanderado de un ideal político que había nacido con los con los albores de nuestra cultura y se fijaba, limpio, esplendoroso, monumental en las páginas de la historia de Cuba. Maceo brazo poderoso de una idea opuesta exclamó en alguna oportunidad “si Montoro estuviera con nosotros lograríamos mucho más pronto la independencia de la patria”; no pudo sustraerse el lugarteniente a la férvida admiración que movía en su alma, la palabra genial del más absoluto de nuestros tribunos.

Constituida su vida en las lides intelectuales, Montoro fue el más optimista de nuestros políticos. Era la época en que las ideas, cualquiera de ellas, exigían un sistema filosófico en que apoyarse. El temperamento, está orientación espiritual que hiere en lo vivo, requiere a su vez un sentido apostólico, indeclinable. Subía a la tribuna convencido a convencer. Asaltaba las columnas de los periódicos poseído de una fe que captaba los espíritus serenos y razonadores. No había más allá de esa fe que un propósito político de poder. Estaba invadido de la esperanza y el decoro de la idea misma y creía sacrificar un porvenir individual al porvenir colectivo de la colonia, la que no concebía entonces desentrañada de sus hondas raíces, que la ligaban por el nacimiento y por la historia a la nación española.

Después del 78 y antes del 84 en el siglo pasado, Montoro estaba en lo cierto, si nos colocamos en la idea pacífica de la emancipación. Para él autonomía no era un “régimen desconocido y nuevo” que España tuviera que estudiar desde el punto de vista social, económico y político. “La piedra filial, –decía en alguno de sus maravillosos discursos– no consiste en imitar servil y torpemente a nuestros mayores, sino en hacernos dignos de su representación, y en corresponder a sus esfuerzos por la elevación de nuestros sentimientos”.

Don Rafael sabía en el fondo, que esta ejemplaridad era imposible. La tomaba de premisa para fundamentar en ella el silogismo inevitable de la libertad. Pegaba duro y fuerte e imponente en la tribuna, maestro de la palabra y del cuerpo, “barba venerable” que le llamara Martí. Llenaba los teatros, las plazas, las calles y los ámbitos todos de la época. Si Govin era impresionante, bien; Figueroa incendiario; Saladrigas razonador y Cortinas emocionante; Montoro resumía en sus discursos todas sustancia política del momento.

Montoro a quién suele compararse con Saco, fue muy superior al vacilante y muchas veces contradictorio sostenedor de la doctrina de Cuba para los cubanos. El análisis de nuestras necesidades al surgir de la vida estremecida de la Colonia, la posibilidad imposible de un régimen de sufragio corresponde, en primer término, a Don Rafael, José María Gálvez era el presidente del partido Liberal, Montoro era más a su masa y su verbo. Detrás de él estaba la cubanía evolutiva y pacífica. Las reformas civiles que España jamás habría de enviarnos por correo; las libertades públicas, las llamadas por Montoro, “libertades necesarias”; nacidas en Francia, y que en Cuba abarcaban cuestiones tan importantes como el pensamiento, la comunicación y la reunión, le parecían en ocasiones al tribuno de la autonomía, “pasajes áridos tristes y sombríos”, que nos rodeaban en su defecto, por lo por todas partes, extendiendo ante Cuba un horizonte y un aire gélido y tempestuoso que azotaba la isla con profundos presagios de Revolución y de exterminio.

Pero Montoro ilusionaba aún. Si hay una coincidencia exacta en lo que a la patria se refiere, que a la democracia afecta, entre autonomistas y separatistas está el concepto público de la democracia por la que Don Rafael luchaba ardorosa e incansablemente. La obra civil e intelectual le pertenece. Habría de completarse en el camino de la redención final. Hacia una meta invenible aún en el 86, los autonomistas y los revolucionarios corrían paralelamente. De un lado marchaba Martí, todo nervios; y del otro, pausadamente caminaba Don Rafael argumentos y razones. El uno es el silogismo vivo de una verdad ineluctable; el otro la paradoja de una verdad verdadera que no satisface y convence, característica de un sino fatal extemporáneo e imperdurable. Rara fatalidad que España pudo ahorrarse con el significado de su propia tragedia interior ya palpitante y desbordada de lo oficial y lo caduco, de sus antediluvianas concepciones de las casas de Austria y Borbón, estranguladoras en Castilla de la libertad y asesinas en América de los gérmenes brotados del sable de Bolívar y de San Martín, respectivamente.

Hasta la última hora, Montoro, más por su fidelidad a su propia obra que por sus conceptos sociales y económicos creyó que se podría ser libre sin pelear. Su poderoso cerebro que durante 30 años había elaborado las más inteligentes exposiciones, en la que no se sabe que admirar más, si la fuerza extraordinaria de su talento o el candor de sus esperanzas; no se desilusionaba. Pero hallaba que iba siendo “hora de que se pensara que en este infortunado país cualquiera podía mostrarse ardentísimo patriota sin dejar por ello de ser español. Esos alardes de “españolismo” un tanto ofensivo para el mismo “españolismo”— exclamaba—nos hacen más daño en el verdadero amor a la madre patria, imposible divorciarse de su propia historia”. Pero todo fue inútil, el gran visionario de Dos Ríos, en aquella carrera frenética sin descanso, sin lógica, sin posibilidades, sin argumentos reales aparentes, llegó a la meta de sus delirios y levantó el puño triunfante, con sus propias entrañas, la libertad y la democracia en las que soñaran los autonomistas. El sable de Gómez y de Maceo hizo la obra y comenzó una nueva etapa en la que Montoro ya no sería una figura de atracción política sino una figura de solidez intelectual.

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