¿Quiso morir Martí en Dos Ríos?

Written by Libre Online

19 de mayo de 2021

Por Pedro Baeza Flores (†) – Situación Polémica

En torno a la vida de los hombres, raíces de la historia, siempre re producen situaciones polémicas. En la vida de Martí e| debate crece alrededor de su caída en los campos de Dios Ríos.

Hemos vuelto a oír estos días la tesis de la muerte de Martí como una especie de inmolación voluntaria, como un suicidio necesario para ser levantado como llamarada de combate por la revolución libertadora. Es éste el caso más sublime del sacrificio de una vida.

Frente a las muy numerosas preguntas, de jóvenes y personas maduras, de muy diversa condición y oficios, hemos ofrecido la respuesta a que conducen numerosos testimonios, siendo uno de los principales las propias palabras de Martí. El tema es tan candente, cada vez que se conmemora un nuevo aniversario de la caída del Apóstol en la tierra ardiente de Dos Ríos.

ANTECEDENTES
ESTELARES

¿De dónde parte la creencia que Martí fue a morir, voluntariamente, por la independencia, encuentro de Dos Ríos? De un incidente sucedido tres años antes. De una carta pública inspirada por otro combatiente de la revolución: Enrique Collazo. Y de la enérgica respuesta que dio Martí a esa carta.

Es necesario situar ciertos hechos y circunstancias; 1891 estaba tocando a su fin, Martí vivía en Nueva York, angustiado ante la tierra prisionera; incansable en el quehacer de unir voluntades, de sostener la esperanza de los cubanos de la emigración, de coordinar las simpatías dispersas y hacia la causa de la libertad de Cuba.

Esperaba una Invitación, anhelaba que las agrupaciones patrióticas lo llamaran desde Tampa. Y su presencia fue solicitada, al fin. Era, sin duda, la hora suprema de la estrella fundadora. Era el pie en el estribo para conjuntar el sueño de la patria libre. Martí partió, desde Nueva York, muy emocionado. El corazón de Tampa, forjado por la laboriosidad de los cubanos emigrados, que habían levantado industrias de tabaco latió fraterno y vibrante de fe.

El 25 de noviembre recibió a Martí el Club «Ignacio Agramonte». El día 28, el local del «Liceo Cubano» se hizo estrecho para contener tanta emoción de Cuba. Martí comprendió que era un momento estelar en la vida de la independencia de la patria prisionera. Tenía que ganarse el apoyo, la confianza, de aquel valeroso corazón de la emigración del Sur.

Su palabras fueron, por eso, estelares, de tanta raíz de Cuba, de amor a la libertad de que estaban henchidas: “Cubanos: Para Cuba que sufre, la primera palabra. De altar se ha de tomar a Cuba, para ofrendarle nuestra vida y no de pedestal, para levantadnos sobre ella”.

Del ayer había que extraer una experiencia para afrontar el presente. Sabía bien que el pasado es instrumento de métodos y durante muchos años había estado estudiando, paso a paso, la revolución del 68, analizando sus tropiezos, sus debilidades y meditando sobre las causas de aquel final de los años epopéyicos.

Su discurso fue, no obstante esta revisión del ayer, una oración de esperanza. “Para verdades trabajamos, y no para sueños”, advirtió. Y agregó, en otro momento: “Las palmas son novias que esperan: y hemos de poner la justicia tan alto como las palmas”.

“A PIE Y DESCALZO”

El discurso fue el punto de partida para toda la acción coordinadora de la revolución. Manos, entusiastas lo imprimieron y lo hicieron circular. Querían que todos los cubanos se enteraran de las palabras de Martí. Llegaron, también, ejemplares, a los cubanos que adentro de Cuba.

Estos cubanos, entre ellos Ramón Roa y Enrique Collazo, se sintieron sacudidos por alusiones que estimaron se referían con desdén a una estampa que Ramón Roa había acuñado con el título de un libro suyo sobre la guerra del 68: «A pie y descalzo». Era un relato crudo y vivo de las penalidades de la guerra pasada. Roa y Collazo reaccionaron con pasión, porque así había que reaccionar sobre un tema apasionante de amor cubano.

Roa y Collazo habían continuado siendo amigos en los años que habían seguido al Zanjón. Vivían angustiados y rumiaban sus ansias de libertad patria, heridos en sus decoros de hombres amantes de la libertad. Cuando leyeron el discurso de Martí en Tampa resolvieron responder. Collazo asumió la respuesta. Roa no debía contestar directamente para que no se viera que era simple reacción ante las alusiones en su tesis sobre la guerra del ayer.

La carta de Enrique Collazo llegó a Nueva York cuando Martí había completado ya, con ejemplar laboriosidad abnegada, la tarea de conjuntar los clubs para la tarea revolucionaria y de la acción unida.

La carta pública hería mucho más a un hombre que se levantaba como símbolo y figura máxima de la agrupación de los núcleos revolucionarios. Por eso la respuesta de Marti no podía ser tibia Por eso su respuesta a Collazo fue ardiente, elevada, aleccionadora.

Martí le escribió: «Señor: Amargo es el deber de censurar públicamente a quien desalienta a su pueblo en la hora en que parece que van a serle muy necesarios los alientos». La respuesta de Martí surgió animada de encendimiento y de cubana pasión, esa salvadora pasión que siempre ha escrito las páginas mejores y las acciones fundadoras.

“Echemos atrás, señor Collazo, las guerras de personas, o de corrillo imperial desdeñoso, o de casta cegata y empedernida; y echemos, señor Collazo, adelante las guerras públicas y generosas”. La carta era como un puñal en aquellos momentos y había que colocarlo junto a la cruz de conchas finas que le habían regalado, con amor, los cubanos de la emigración floridana.

Por eso, en el final Martí escribió: «Creo. Sr. Collazo, que he dado a mi tierra, desde que conocí la dulzura de su amor, cuanto hombre puede dar. Creo que he puesto a sus pies muchas veces fortuna y honores. Creo que ya no me falta, el valor necesario para morir en su defensa”.

De ahí, de esa carta fechada a comienzos de 1892, se ha hecho partir el argumento del «suicidio» de Martí, tres años más tarde en Dos Ríos.

La verdad histórica indispensable ante la carta escrita tres años antes al desastre de Fernandina. Allí, junto a Marti, habia confortando al conjuntador de las expediciones libertadoras, que habían caído en los lazos tendidos por la traición, estaba precisamente Enrique Collazo, con Loynas del Castillo, Rodrigues, Rubén y Queralta; ese mismo Collazo que había dudado un dia del valor de Martí y que ahora, ante lo, hechos, hacía tiempo que no solamente ya no dudaba sino que era uno de los colaboradores más resueltos y uno de los defensores más firmes de Martí.

Habia escrito Collazo la carta desde La Habana pero en el exilio había aprendido bien el valor extraordinario de ese hombre conjuntador de la revolución. Sabia que Martí era tan valeroso en la tribuna como enfrentándose a las mayores dificultades y peligros materiales, y tanto, que había organizado tres expediciones a barbas mismas de los espías españoles.

LA MEJORANA

Los lectores recuerdan bien las circunstancias del desembarco en Playitas, las incidencias, la arriesgada travesía. Cuando desembarco Martí en tierra cubana no habia en su alma la menor sombra de rencor hacia la carta de Collazo, escrita tres años antes, puesto que Collazo era un convencido del valor personal de Martí y ya, ante los hechos mismos, habia rogado a Marti que volviera hacia territorio norteamericano para preparar las nuevas expediciones. Era, también, criterio de Máximo Gómez. También Marti sabia que hacia falta afuera, la organización de la asistencia humana y material a la lucha entablada ya desde el 24 de febrero. Parece ser que, en la conversación final de Montecristí, aseguró Marti a Máximo Gómez que él saldría del territorio de la lucha, una vez enfrentados los primeros combates y asegurado, en el centro, el gobierno civil de la República.

Todo eso volvió a plantearse en la célebre reunión de La Meiorana. ante Antonio Maceo y Máximo Gómez. Observemos los hechos: Maceo propone: «Una junta de Generales con mando, por sus representantes, y una Secretaria General». Martí pregunta si en esa Secretaría General catará representada la patria y todos los oficios de ella.

En esa reunión surge la proposición de Martí. “Me depondré ante los representantes que se reúnan para elegir Gobierno». No hay rencor después de la Mejorana. No hay resentimiento, desencanto, de parte de Marti, que pudiera ser otro argumento de los que piensan en su “suicidio”.

No es un hombre que desea morir sino vivir. Marti y Maceo se abrazan fraternales en aquella revista donde Maceo grita ante sus hombres un «Viva el General Marti!», y todos los soldados corean el viva. En La Mejorana le ha dicho Maceo: «Lo quiero menos de lo que lo quería» y eso no significa resentimiento sino lucha por un mismo ideal con argumentos distintos: la vieja pugna de la reunión de 1884 entre el mando civil y el mando militar. Pero les hombres se han puesto de acuerdo y se abrazan, tan amigos como siempre, en aquella revista de las tropas, después de «La Mejorana».

«¡Qué lleno de triunfo y de esperanza Antonio Maceo..!”, escribe José Marti emocionado.

Marti deseaba, ardientemente, llegar hasta el Centro, donde seria oiganizada civilmente la República en armas. Lo deseaba, porque él era el organizador civil y parece que habia sido ese el acuerdo de La Mejorana. Era una cita imperiosa a la que deseaba, anhelaba, llegar con vida.

Hay en esa misma carta de Marti una observación: «Hoy salimos con escasa escolta del campamento de Quintín Banderas». Es como el temor de no llegar con vida hasta el centro, donde su presencia es necesaria. Pero no es desear morir, sino al contrario: burlar a la muerte, para llegar a la importante reunión.

LA ENFERMEDAD

Los males físicos los ha superado Marti en esas marchas agotadoras, que a él no lo agotan. Máximo Gómez ha dejado constancia en su diario de campaña de esa voluntad ve luchar de Marti, que asombra los soldados experimentados. Su voluntad es de vida y no de muerte. No hay razones físicas para querer morir, porque este hombre es espíritu indomable. Ha derrotado sus muchos achaques físicos, con la fuerza de su voluntad de servir a la revolución. No siente sus males. Se multiplica: cuida heridos, atiende a corresponsales extranjeros, ordena, vigila, alienta a las tropas, redacta circulares, está en todo.

OTRO ARGUMENTO

Un argumento más ha sido esgrimido. Marti, sabedor de que iba a morir redactó su testamento literario, encomendándoselo a su discípulo Gonzalo de Quesada y Aróstegui. Todo hombre sensato redacta, en la madurez, su testamento y el hecho no prueba que desea morir sino que es previsor. Con mayor razón debía serlo Marti que tenia una obra dispersa. Uno de las preocupaciones y desvelos de todo escritor, aun sin partir a ninguna empresa ríe riesgosa, es ordenar su obra. El escritor lo hace a menudo. Con mayor razón debía hacerlo Marti que era capitán de una empresa revoluciora- ria.

LAS PALABRAS
DILUCIDADORAS

Pero son las propias palabras de Martí el mejor argumento. En las cartas de Marti o sus intimos, a sus amigos y compañeros, a Carmen Miyares y a María y Carmen Mantilla, hay suficientes testimonios de su amor profundo a la vida. Confiesa, en ellas, que nunca ha sido tan feliz. Llega a decir que solamente la luz es comparable su felicidad de sentirse útil, querido, seguido en la empresa magna.

Su último documento, aquella carta inconclusa a su amigo de México, a su hermano del alma, Don Manuel Mercado, es un testimonio final y definitivo de su voluntad de querer vivir. Le confiesa los peligros, pero le dice sus planes grandes y le advierte que se siente con ánimo para realizarlos: quiere impedir, con la independencia de Cuba, la expansión del vecino poderoso, y quiere estar vivo para poder lograrlo. Y le anuncio; «Seguimos camino, al centro de la Isla, a deponer yo, ante la revolución que he hecho alzar, la autoridad que la emigración me dio, y se acató adentro, y debe renovar conforme a su estado nuevo, una asamblea de delegados del pueblo cubano visible, de los revolucionarios en armas». Estas son sus palabras.

Hacia allá iba cuando la acción de Dos Ríos tronchó su vida material en arrebol de sangre. No quería morir, pero murió peleando, de cara al sol, y cayó junto a los otros soldados que cayeron en Dos Ríos, no como un suicida voluntario sino como un combatientes valeroso de la revolución.

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