QUEBEC: UN EJEMPLO PARA LA HABANA

Written by Libre Online

29 de septiembre de 2021

Por Jorge Mañach. (1950)

Habíamos quedado en no infligir a los lectores estampas de viajes. Suelen tener mucho -decía- de beatería ambulante, o de la ingenuidad cursi que es imaginar descubrir el Mediterráneo. En este artículo, pues, no voy a descubrir Quebec, que muchos cubanos se conocen mejor que yo. Las imágenes de mi breve visita vienen aquí menos como tributo a la ciudad canadiense que como ejemplos e incitaciones para La Habana nuestra.

Cuando uno viaja, aunque para descansar de sus rutinas se ponga en trance pasajero de olvidos, no puede evitar el llevarse siempre la patria consigo. Ve cielos sucios y se acuerda, con orgullo infantil, de esta nitidez prodigiosa del azul cubano. Contempla el ir y venir silencioso de la gente por la calles, la regularidad mecánica a que la vida parece sujeta en muchas ciudades industriales, cierta tensión casi mercenaria en el ambiente, y no puede reprimir un regodeo nostálgico al recordar la huella habanera y ese derroche de espontaneidad generosa con que los cubanos nos gastamos.

Mirada desde lejos, la vieja Habana parece concretar esa alegría gratuita y esa crónica vitalidad alocada del cubano, el ser que no acaba nunca de serenarse, de madurar; de tomar la vida en serio. (Porque no me digan ustedes que es realmente seria por ejemplo-esta ferocidad deportiva con que nos acribillamos de improperios en las polémicas para luego darnos algún día un abrazo).

Otras veces ni Cuba ni su capital salen tan bien paradas en el cotejo con los ámbitos de fuera. Esto ocurre particularmente cuando se ve lo que otros pueblos u otras ciudades han hecho con elementos y recursos parecidos a los nuestros. Hoy quisiera poner el ejemplo de Quebec.

Recordemos un poco; Quebec es como La Habana, una ciudad bastante vieja en una tierra bastante nueva. Se fundó un siglo después de nuestra villa. El nombre es de origen indio, como el nuestro, pero ya de los indígenas allá no queda nada más. Lo que la ciudad cultiva son las memorias de su origen europeo, su tradición francesa esencial, hay vestigios de la breve gesta en que fue conquistada por los ingleses. Se midieron allí dos bravos soldados, ambos murieron en la batalla.

De todo esto me informó muy al detalle el cochero de la caleza en que recorrí una noche con mi mujer, lo más vetusto de la ciudad. Íbamos despacio. Los pasos del caballo sonaban solemnes y sonoros en la noche de luna. El cochero nos hablaba desde el pescante, tenía un fuerte catarro, crónico de aquellas andanzas nocturnas y locuaces, y sus explicaciones nos venían pautadas por un carraspeo profundo que a veces parecía también épico. Pero ¡con qué amor hablaba el hombre de su cuidad y sus tradiciones!. Lo hacía en francés -ese francés deplorable de los canadienses sin mayor educación, comparable también al español de los cubanos análogos- y se le veía cierta inclinación a ponderar con mayor entusiasmo la resistencia de Montcalm, que la osada estrategia de Wolfe. Pero cuando el coche se detuvo ante la estatua del capitán británico no le regateó honores. Hasta en la provincia francesa y estóica de la cual es capital Quebec, se observa esa conciencia que diríamos de síntesis histórica, de fusión de tradiciones, en el que Canadá busca echar sus raíces de nación.

Claro está que aquella noche no vi nada. La luna solo recortaba las masas negras de las cosas; más por lo mismo nuestra atención podía concentrarse mejor en aquel breve curso de historia que nos iba dando la voz catarrosa, y al día siguiente, muy de mañana, nos fuimos a la identificación de las sombras ilustres.

Quebec es dos ciudades más bien que una: la alta y la baja. Se gana la de arriba por cuestas de callecillas estrechas o por algún extraviado vuelo de mohosos peldaños -a no ser que uno vulgarmente prefiera la mecánica de un funicular. La parte baja de la ciudad recuerda mucho los barrios viejos de ciertas ciudades francesas, como Saint Malo que visité en el año 1945, cuando todavía estaban bajo el polvo trágico de la guerra. Esa parte de la ciudad, con sus calles angostas e irregulares casi todas, en la zona comercial; la alta más que nada, es zona de monumentos y turistas, gran mirador panorámico. Buena parte de ella lo ocupan los históricos Llanos de Abraham, donde Wolfe y Montcalm libraron su pelea. Es hoy un parque inmenso, por un lado con árboles y edificios públicos, por el otro con terrazas sobre la perspectiva espaciosa del San Lorenzo.

De esta ciudad alta, lo más bello es la Terraza Dufferin, un paseo magnífico que domina también el río. Allí me senté a pintar uno de esos apuntes a pluma o acuarelillas que yo me hago secretamente. Quería captar algo de la mole inmensa del Castillo de Frontenac, que es lo más eminente de la ciudad. Se tiene la tentación de describirlo como un vasto pastiche, por lo que tiene de inauténtico. Porque en realidad no “data”, aunque lo simule de maravilla: fue construido, creo que a fines del siglo pasado, en el lugar donde estuvo el viejo Chateau Saint Louis destruido por un incendio en 1834. Lo construyó la compañía ferrocaril del Canadian Pacific, tomando como modelo un viejo castillo francés. Pero la imitación es tan leal en todos los detalles, responde tan cabalmente al espíritu arquitectónico de la ciudad, se resistió tan honradamente a toda la falsificación moderna que nadie diria que el Castillo de Frontenac sea cosa artificial o sobrepuesta.

He ahí un extremo cuya ejemplaridad quisiera subrayar. El Castillo de Frontenac es hoy un hotel: no se si se le construyó para ese fin, pero si que, a pesar de la función que desempeña, no traiciona mercenariamente la ciudad a la cual da cima. Hasta en su interior, con sus bajos artesonados y sus espaciosas estancias de severa guarnición es todo él un tributo a la fisonomía tradicional de la ciudad. ¡Qué diferencia de ese Hotel Nacional nuestro, que nos ocupó el lugar más eminente de La Habana con unas masas desabridas de ladrillo a guisa de Miami Beach!.

Quebec cuida su tradición esencial. No le queda ya nada de sus fortalezas construidas por los franceses. Las murallas de las que hoy quedan generosos vestigios y la ciudadela, que es el cogollo de la ciudad, se construyeron a fines del primer cuarto del siglo pasado. Quebec mima esas priedras viejas, que son como un blasón de armas. Aquí y allá,  por entre las frondas de qué está llena -porque esta es una ciudad con árboles y, por consiguiente con intimidad-, asoman los arcos de las gruesas puertas, con sus torrecillas de cónica caperuza. En  La Habana, en cambio, a penas se hizo esfuerzo para convertir tramo alguno de las viejas murallas.

Quebec venera la memoria de sus héroes y es de notar con que equidad distribuye su devoción entre franceses e ingleses. No se concebiría allí indiferencia semejante a las que mostramos nosotros nada menos que a la calle de Paula, en la que nació Martí. Cuando nosotros, por ventura de algún esfuerzo de gentes románticas, conservamos un pedazo ilustre de nuestra Habana vieja, el noble vestigio queda aprisionado.

Quebec crece, pero a expensas de su propia raíz. Y en lo nuevo hay también un evidente despliegue de cívico orgullo. Los parques son bellísimos. Las calles más modernas acatan una disciplina arquitectónica y reservan siempre espacio para el arbolado. Los contrastes de lo moderno y lo viejo no resultan nunca ofensivos.

No es más vetusta que La Habana, sin embargo Quebec cultiva su tradición, su gracia íntima, y su dignidad.

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