¿QUÉ VI?

17 de marzo de 2026

A un Díaz-Canel cansado, abrumado, derrotado, soñoliento, vencido y obligado a darle el frente al desastre imperante.

Para eso fue puesto ahí, como señuelo para cargar la culpa de la destrucción de Cuba.

Asustado, intuyendo (o quizás a sabiendas) el futuro que inminentemente le espera.

Sólo sabe que todo diálogo anterior ha sido de “León a Mono amarrado”. Los leones  siempre fueron ellos. Por primera vez imagina (o sabe) que los monos ahora son ellos, los castristas. 

Aterrorizado, no sólo por lo acontecido a Nicolás Maduro, (pensando las 24 horas del día el verse a él y a la “Machi” vestidos de naranja en una ergástula norteamericana)  sino ante la presencia burlona y sarcástica del energúmeno “Cangrejo”…

¿Qué pintaba ahí el inefable crustáceo? Sostener -e imponer- los hilos de la demacrada marioneta, influirle miedo, asegurarse que no se apartara  ni en una solitaria línea del parte oficial. 

Mientras tanto, la isla a oscuras, en llamas, y los cubanos -en Morón- pasan de los inútiles cacerolazos a utilizar la tea incendiaria del generalísimo Máximo Gómez.

Y con satisfacción vislumbro que mis compatriotas tras la cobardona y mediocre comparecencia del títere están a un solo paso de descubrir la realidad, la verdad que desde hace años vengo informando: Que él no es el hombre clave, que no es el tirano, que él es un “corre ve y dile”, un simple canchanchán. 

Hasta “el bobo de la yuca” pudo darse cuenta que es un mediocre, un puesto a dedo, un mequetrefe.

Y ojalá, mis estimados amigos, que Trump y Marco Rubio estén al tanto que los tres monstruos que inicialmente tienen que seguir el ejemplo de Maduro y del Ayatollah son: Raúl, su hijo el tuerto Alejandro, y su nieto Raúl el Cangrejo. He dicho.

¡Menos de eso es inaceptable!  inaceptable.

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