PUTIN TIENE OTRA GUERRA ENTRE SUS MANOS, AHORA CON ISIS

Written by Adalberto Sardiñas

2 de abril de 2024

Si la costosa y devastadora guerra de Ucrania no fuera suficiente para proyectar un futuro sombrío y desolador para la Federación Rusa, la terrible masacre perpetrada por la organización terrorista musulmana, ISIS, en la noche del viernes 22, con un saldo fatal de, hasta ahora, 145 muertes, y más de 100 heridos, pronostica el inicio de otra guerra, ésta silenciosa, irregular, de carácter religioso-político, con ávida sed de venganza, igualmente capaz de causar  potencialmente grandes estragos en la población rusa. Chechenia, y su abundante población musulmana, agredida en el 2002 por Vladimir Putin, con el asesinato de decenas de miles de ciudadanos que buscaban su independencia de Rusia, no olvidan la barbarie. Y quiere su revancha. También el mundo islámico radical, y sus distintas facciones terroristas, desde el Báltico hasta el Asia Central, se empeñan en pasarle la cuenta al dictador ruso por sus crímenes en Siria, Irak, y otros puntos distantes en la región del Cáucaso.

Por lo tanto, el condenable asalto terrorista del Crocus City Hall, en las afueras de Moscú, con su sangriento resultado, debe verse como el preludio de un largo proceso de viciosa violencia del mundo islámico radical Suni contra Rusia, en especial contra Putin, por los asesinatos ordenados por éste a principios del presente siglo. Por supuesto que esto no implica, en modo alguno, que sea Rusia el único blanco de estos ataques; pero, sin duda, ocupará un lugar prioritario en la lista de ISIS por las precedentes circunstancias de la historia reciente entre Rusia y el islam.

Cuando en agosto de 1991 se produjo en Moscú el intento de golpe de estado que sentenciaría de muerte a la Unión Soviética, la agitación nacionalista ya era patente en Chechenia. No obstante, nada hacía presagiar entonces que la pequeña república pudiera llegar a ser el principal foco conflictivo del Cáucaso. La Unión Soviética antes, y la Federación Rusa después, atacaron a la pequeña Chechenia, de un millón y medio de habitantes, el 85% musulmanes sunitas, para desplazar esa religión del área.  Fue una limpieza, esencialmente religiosa, además de política. Rusia quería mantener el control, a sangre y fuego.

La explicación de las causas del conflicto checheno es muy compleja, puesto que se funden motivaciones históricas, económicas, religiosas y de otras índoles, que no son del caso que tratemos en este artículo, primero, por su extensión, y, además, nos sacaría del contorno principal de nuestro enfoque.

Ciertamente, lo que sí resultaba evidente, es que el islam formaba parte de la tradición nacional, y que, los líderes históricos de la resistencia contra Rusia tuvieron una inspiración religiosa islámica. Desde siempre, los chechenos han profesado tradicionalmente el islam sunita, lo que ha sido parte, no pequeña, de sus problemas con los rusos.

En 1992, colapsada la Unión Soviética, Boris Yeltsin, para aplacar la rebeldía chechena concedió una independencia, no total, porque Chechenia es aún parte de la Federación, pero aceptada, a regañadientes, por los chechenos. Sin embargo, asumiendo Putin el poder, en reemplazo de Yeltsin, éste intenta reintegrar Chechenia, efectiva y definitivamente a la Federación de Rusia, como pretende hacer ahora con Ucrania, y desde entonces la situación entre ambos países ha caído en horrible deterioro con guerras y agresiones brutales par parte de Rusia.  

De esa manera, siguiendo el proceso histórico Chechenia-Rusia, nada amigable en   la mayoría de las veces, y en coherencia con la posición ideológica nacionalista y neoimperialista mantenida por el Kremlin hasta el presente, se ha extendido la consigna de los conflictos en esa pequeña nación como un intento de frenar la expansión de la religión musulmana en su acepción más radical del islamismo militante sunita, cuando, en verdad, la intención rusa ha sido la reintegración absoluta de Chechenia al redil ruso. En esta pretendida combinación, se anida el preludio de un renovado conflicto para Putin. Uno que él creía haber ganado hace veinte años, y que regresa para cobrar agravios. Una especie de guerra sin el empleo de tanques ni aviones. Una, en efecto, peor, dominada por el terror, como el detestable acto que el mundo acaba de presenciar a las puertas de Moscú. Esta es la nueva guerra que le espera a Putin. En efecto, y, como una contingencia dolorosa, ya está ahí. Se hizo presente en el Crocus City Hall con un crimen brutal contra la humanidad, y, a la vez, como un lúgubre mensaje al líder que se afianzó en el poder 25 años atrás cometiendo un crimen masivo contra la población de Chechenia.

Y aquí termina la digresión, ya de cierto muy extensa, para entrar en la discusión del tema central del artículo, que es el acto terrorista de Moscú.

El consenso casi generalizado es que Vladimir Putin ha salido de esta tragedia seriamente dañado. Su imagen de líder fuerte, garante de la seguridad del pueblo ruso, ha rodado por el suelo. No cumplió con esa obligación suprema. Mostró su ineptitud, y la de su gobierno, cuando, a tres días de su “elección”, haciendo gala y despliegue de las virtudes de la seguridad nacional, un pequeño grupo de terroristas le deja un baño de sangre a las puertas de la capital. 

Previamente, el 7 y el 18 de marzo, la embajada americana en Moscú advirtió sobre la posibilidad de un acto de terror en un concierto público, y Vladimir Putin decidió, irresponsablemente, ignorarlo por completo, confiado, ciega y desatinadamente, en la eficacia de su sistema de seguridad, que le falló de forma lamentable.

Como era totalmente predecible, Putin, después del desastre, trató de descargar la culpa sobre Ucrania, a pesar de que ISIS había reclamado la responsabilidad del asalto como un reto a él y a su gobierno. Dos días después, la mentira se le deshizo, como una humillación más, cuando su aliado, Alexander Lukashenko, dictador de Bielorrusia, declaró, públicamente, que los cuatro detenidos, trataron de escapar de Rusia a través de la frontera con su país.  

Una de las teorías circulantes buscando una explicación lógica al asalto de Crocus City Hall, precisamente en Moscú, es la pobre e ineficiente seguridad existente en la nación, que sólo es efectiva en el ámbito político nacional en lo que se refiere a opositores al régimen. Y es basado en este percibido punto débil de Rusia, por el cual ISIS ha fijado su blanco sobre ella para la mayoría de sus probables actos terroristas futuros. 

Evidentemente, un ISIS revitalizado, fortalecido, y con más extenso apoyo en su base de Afganistán, representa una formidable amenaza para Occidente y para todas las naciones que abracen dogmas religiosos ajenos al islam, sin importar su posición geográfica.

Putin, por su parte, estrena su quinto mandato como “presidente” bajo la amenaza de ISIS de hacer sus funciones mucho más difíciles esta vez. 

El brutal atentado, barbárico y sorpresivo, ha dejado al dictador ruso disminuido.

Su imagen de infalibilidad lo ha abandonado. El pueblo ruso ya no le puede confiar su seguridad. Le ha fallado. Y, tarde, o temprano, habrá consecuencias…

BALCÓN AL MUNDO

El presidente de Colombia, Gustavo Petro tiene problemas, no externos, sino internos, con su propio pueblo. Se empeña en convocar a una asamblea constituyente con el propósito de cambiar la constitución. Antes, como candidato, se había declarado opuesto a esta gestión. Pero la presidencia, y el apego al poder, cambian. Ahora quiere una constitución moldeable a sus principios ideológicos de corte marxista, a lo que los colombianos, en gran mayoría, se oponen.

Se teme que Petro retorne al manual guerrillero del ELN, a cuya organización guerrillera-terrorista perteneció, y lance a la calle a la turba canallesca para enturbiar las aguas y lograr imponer su voluntad contra el sentir mayoritario de la nación.

Le va a resultar difícil, porque los colombianos son muy celosos en cuanto a mantener el proceso democrático que ya lleva muchas décadas de forma inalterable. 

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Nicolás Maduro se ha quitado la careta. No le importa la opinión de los venezolanos, y al parecer, mucho menos la de la comunidad internacional. Para las elecciones del 28 de julio, que ofrecen ser otro nuevo fraude, inhabilita a María Corina Machado, rechaza a Corina Yolis, a la que ella nombró como su sucesora, y quiere nombrar, como candidato de la oposición, a Manuel Rosales, que es mirado con recelo por el electorado. Es decir, Maduro quiere ser el candidato oficialista y nombrar al de la oposición. Es un absurdo tan ridículo, que sólo puede provenir de una mente como la de Maduro.

A ver qué dicen los gobernantes latinoamericanos, y el resto de la sociedad de países de América, es decir, Canadá y USA, ante semejante barrabasada. Por lo pronto Brasil, Colombia y Argentina, se le han opuesto firmemente. ¿Y qué ha hecho Maduro? Insultarlos.

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La escuálida mayoría republicana en la Cámara Baja está a punto de desaparecer entre renuncias y apatía de candidatos serios para las próximas elecciones. El Partido está a la desbandada. Es una vergüenza para el liderazgo que ha fracasado en mantener la decencia y la disciplina, y haber contribuido al caos que hoy prevalece en lo que fuera un partido vigoroso.

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 Otra frontera que arde es la de Haití-República Dominicana. Ante el inminente peligro de que miles de desesperados haitianos traten de cruzar el borde, escapando de la violencia y el crimen, el gobierno dominicano ha enviado 10,000 soldados como medida de precaución para impedir tal eventualidad.

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