PRODIGIOS DE VOLUNTAD DEPORTIVA

Written by Libre Online

16 de enero de 2024

Por Eladio Secades (1949)

Un lector piadoso considera que mi artículo sobre Octavio Rubert constituye un motivo de estímulo para los que padecen la tragedia de una imposición física. No he hecho otra cosa que retratar el mérito extraordinario del atleta criollo que se ha convertido en serpentinero extraordinario, a pesar de que en los días de infancia perdió por completo la visión de un ojo. El tema se presta a derivaciones interesantes. He hurgado en la historia de los deportes, he removido mi archivo personal y mi biblioteca de obras consagradas a las actividades del músculo y a los héroes de los campos de Juego y creo oportuno abundar en el tema. 

Para la confección de este trabajo, que quizá adolezca de la densidad de lo exacto, de lo cronológico, más claro aún, de lo enciclopédico, he acumulado fechas, datos, anécdotas que ojalá contribuyan a alentar a los que sufran el complejo terrible de cualquier defecto material. Creedme que es infinito el poder de la voluntad humana. Es de magnitud incalculable el empeño de los que tienen el valor que se necesita para olvidar un drama íntimo y saben erguirse para pelear, de cara a la vida. El caso del lanzador Octavio Rubert, siendo muy admirable, siendo muy nuestro, teniéndolo muy cerca, no es el único caso de conmovedora abnegación.

Hace poco más de quince años llegó a México, procedente de los frontones españoles, un delantero pequeño, de mucha fibra, de nervio fuera de lo corriente. Se llamaba Azumendi. Creo que ahora vive retirado en su pueblo, en el país vasco. Descubrió como pocos el secreto del remate de dos paredes y a despecho de que apenas tenía cinco pies de estatura, llegó a alternar con las estrellas de un elenco que justamente era el mejor del mundo. 

Azumendi tuvo una racha de aciertos locos, en que cada vez que se adelantaba, saltaba y recogía con el bote-corrido de derecha, le hacia la trepanación al ángulo y sin posible remedio enviaba el pellejo a la red protectora. Llegó a ganar estelares increíbles y fue en esa época de los jugadores de más simpatía y renombre en la Ciudad de los Palacios. Azumendi era epiléptico. Producto de un pelotazo que recibió en la cabeza, sufría frecuentes ataques con convulsiones que requerían auxilio inmediato, el rostro congestionado y la espuma característica en los labios. Al día siguiente de algunas crisis como la que acabo de aludir, Azumendi levantó en peso a la concurrencia que en las veladas del domingo llenaba de bote en bote el bonito frontón de la capital azteca.

Ustedes tienen que recordar a Tommy Milton. Fue nada menos que el primer corredor de automóviles que ganó dos veces las clásicas competencias de quinientas millas en Indianápolis. Tommy Milton tenía un solo ojo. Lo que al comienzo de su carrera tenía características de leyenda, o de exageración, o de motivo para la publicidad de estrépito a la manera norteamericana, al retirarse de las pistas se comprobó que era rigurosamente cierto. Milton ganó sus numerosos trofeos con un ojo de vidrio, como el inmortal Harry Greb, que boxeó los últimos ocho años de su historia singular sin que las multitudes, ni los críticos, ni aún sus amigos más íntimos supieran que estaba medio ciego.

Los deportistas viejos seguramente han tenido noticias del pitcher Hugh Dailey. En las postrimerías del siglo pasado lanzaba en los placeres. Era tal su imposición, que apareció el admirador entusiasta y espontáneo que se lo recomendó al manager del “Cleveland”. Hugh Dailey era un chiquillo y el manager pensó que se trataba de una equivocación, o de una broma. Ante la insistencia de que lo probara, porque no habría de pesarle, una tarde le entregaron el guante y el muchacho trabajó en una sesión de práctica al bate. Los toleteros más recios del “Cleveland” de 1883 no podían establecer contactos con las extrañas ofertas del desconocido. Sus curvas rompían de forma caprichosa. Sus rectas eran un enigma para los ídolos que acabaron por perder la paciencia y el paso.

El piloto de los “Indios” se decidió a contratarlo y quedó desconcertado cuando al preguntarle cuánto quería ganar, el forastero le respondió que el sueldo era lo de menos. El tenía para incluir en el contrato una cláusula muy especial. Que dejaran vestirlo en un ángulo del salón donde estuviera solo, donde ningún compañero pudiera mirarlo. No hubo inconveniente, Hugh Dailey lanzó un desafío sin hits ni carreras contra los “Atléticos” de Filadelfia, ponchó a 19 bateadores en una contienda, en la edad primitiva del pasatiempo en que para estucar necesitaban ¡cuatro strikes!… Pero hay más todavía: Hugh Daliey se mantuvo en servicio activo hasta que cumplió cincuenta años. Cuando usaba pantalones cortos en su pueblo natal había perdido medio brazo izquierdo en un accidente.

Yo creía que Pete Gray era el primer manco que lograba una posición regular en las Grandes Ligas. Lo creía hasta que hace pocas horas encontré un libro impreso hace más de treinta años el caso maravilloso de Hugh Dailey. Pero el de Pete Gray es también un alarde de fe. Al igual que Hugh Dailey, era muy niño cuando le amputaron un brazo. Amaba el baseball con delirio. Se consideraba inválido, perdido para los deportes, cuanto asistió a la Serie Mundial de 1932 entre Yankees y Chicago. El asombroso jonrón que le conectó el Bambino al pitcher Charlie Root en ese clásico, envió la pelota de línea a una zona de las graderías del right-center, precisamente donde Pete Gray estaba con su padre. 

El niño sin brazos tenía quince años. Sintió en lo más hondo de su alma los aplausos del público y se propuso luchar por convertirse en héroe del pasatiempo. Como algo de novedad, como un suceso insólito empezó en un equipo semiprofesional en Pennsylvania. Le dieron una oportunidad en el club “Three Rivers” de la “Canadian American League”. De aquí pasó al “Memphis” y en la primavera de 1945 fue adquirido por los Carmelitas de la Liga Americana. Centenares de niños sin brazos, llegados de todos los rincones de la nación, de Norte a Sur y de Costa a Costa, iban a ver a Pete Gray y viéndolo se sentían más fuertes, más optimistas, más felices.

Cuando el estallido de la primera Guerra Mundial, Eugenio Criqui era el mejor de los peleadores franceses de la división pluma. Valiente, ligero, amo y señor de un punch notable, contaba sus triunfos por salidas al cuadrilátero. En los albores del gran conflicto internacional, Criqui tuvo que colgar los guantes y ponerse a la disposición de la patria. Vivió en las trincheras cuatro años. Figuró en la memorable batalla de Verdún, donde murieron miles y miles de hombres. Criqui pudo salvar la vida pero la metralla le destrozó el rostro. Cuando se firmó el armisticio y pudo reintegrarse a su hogar, tenía numerosas cicatrices y la quijada postiza; de platino.

 Para el deporte, en apariencia, era un valor perdido. No quiso darse por vencido y volvió al ring. Superando el hándicap increíble, fue proclamado campeón de Europa y determinó la invasión al continente americano. Por entonces Johnny Kilbane, de Cleveland, era el titular de las 126 libras Eugenio Criqui lo retó repetidas veces, sin que ni el aludido ni los promotores lo tomaran en serio. Después de todo, se trataba de un héroe, de un verdadero héroe de la guerra y la prensa deportiva acogió su empeño con calor y con simpatía. El día dos de junio de 1923 Kilbane le dio a Criqui la oportunidad soñada y el pugilista con la quijada de platino ganó el cinturón por knockout en seis rounds…

Son muchos los catedráticos del boxeo, conocedores del buen tiempo viejo, que consideran a Sam Langford el más grande peso completo de todos los cielos del pugilismo. Cuando lo aluden, cuando evocan sus hazañas, de él dicen que fue un auténtico campeón sin corona.

Arrinconado por los prejuicios raciales, Sam Langford tuvo un esplendor sin recompensas, ni en laureles, ni en plata. Langford tenía cuarenta y dos años de edad cuando peleó en México con Andrea Baisa, por un inexistente campeonato español de la división suprema. Ganó por decisión de los jueces en quince rounds. Sam Langford, como ya es notorio, estaba ciego, completamente ciego. Los que subieron a la esquina del cuadrilátero para auxiliarlo, además de seconds, eran lazarillos… Todavía antes de colgar los guantes para siempre y recluirse en un asilo de ancianos indigentes, se enfrentó a Jim Tracey en México, a Glem Johnson en El Paso, Texas y a Jim Flynn en la Ciudad de los Palacios…

El pitcher Mordecal Brown tenía dieciocho años cuando trabajando en una mina perdió en un accidente un dedo completo y la mitad de otros dos. Era demasiado ambicioso para considerar arruinada su carrera en el deporte. Una tarde, mientras jugaba con unos compañeros de vecindarios, descubrió algo asombroso: al tirar la pelota, sujetándola previamente con los dedos mutilados, la esferoide describía al llegar al objetivo un giro violento, extraño, nunca visto antes… Volvió a intentar. Era una curva propia. Hecha a la medida de su imposición, creada por su propia desgracia. Animado ingresó en el club “Terre Haute” de la “Central League”. Desde el comienzo fue un alboroto. Se hizo punto menos que invencible. Fue exaltado al “Chicago” de la Liga Nacional, donde ganó veintiséis juegos en 1906 y veinte en 1907. Ayudó a la conquista de dos Series Mundiales. Estableció un récord de nueve escones y todavía se habla con admiración y con respeto de la historia formidable del Mordecai Tres Dedos Brown…

Red Ruffing, uno de los pitcher más trabajadores y brillantes de la edad moderna del baseball, figura prominente del equipo de los “Yankees”, hizo la totalidad de su carrera con el hándicap adverso de un defecto notable en el pie derecho. Como Mordecai Brown, Ruffing fue víctima de un accidente mientras era obrero de unas minas. Perdió cuatro dedos. 

Los técnicos predijeron que poco podría hacer en el deporte, habida cuenta de que no dispondría del divino tesoro del balance, factor elemental en cualquier actividad atlética Ruffing ganó con el uniforme de los Mulos de Manhattan más juegos que ningún otro pitcher de ese conjunto. Llegó al límite de doscientos triunfos en las Grandes Ligas y tenía cuarenta y tres años de edad y todavía ocupaba el montículo. Lo que resulta cosa fantástica en un pelotero que sólo tiene un dedo en el pie derecho.

Luther Taylor fue un lanzador que actuó en los “Gigantes” de John Mc. Graw, al lado nada menos que de Christy Mathewson y del hombre de hierro Joe Mc. Ginnity. Se mantuvo durante once años en las Ligas Mayores, a pesar de que era sordo y mudo.

Hay testimonios preciosos de la vida de Johnny Weissmuller que pueden incluirse en esta relación de milagros deportivos. El hombre que fue héroe de las Olimpiada de 1924 y que después se graduó Tarzán predilecto de la industria cinematográfica, de niño era enfermizo, anémico, refractario a todo régimen alimenticio. A los nueve años un médico amigo de la familia le recomendó que practicara la natación, pero con limitaciones, con cuidado excesivo, sin alardes que en modo alguno hubiera soportado su organismo prematuramente arruinado.

En algunos textos de prosa consagrada a los grandes acontecimientos de los deportes, he leído la historia inverosímil, sencillamente inverosímil de Charles Zimmy. Era un atleta aventurero. Nadador de largas, estableció algunos récords en Honolulú, el más importante de todos el de una travesía sin etapas que duró cien horas… Con la aureola de esa conquista Charles Zimm anunció en la prensa neoyorquina que iba a nadar a través del río “Hudson”, desde Albany hasta New York. ¡Ciento cuarenta y siete millas en total! Los familiares y los amigos le aconsejaron que desistiera del loco empeño, pero un buen día Charles Zimm se lanzó al agua, seguido por una lancha donde iban los miembros del jurado de la prueba y avanzando por el río, en cuyas orillas había millares y 

millares de curiosos. Charles Zimm cumplió al pie de la letra lo prometido. Y ahora viene lo inconcebible de la proeza. A Charles Zimm le faltaban las dos piernas.

El memorable equipo del club “Nacional” de Uruguay que ganó el campeonato olímpico de balompié hace más de veinte años, tenía en su delantera a un jugador que le faltaba un brazo: Castro. En Cuba vimos ese portento del boxeo que fue Mocho Joe Gans, quien se destacó como uno de los peleadores más valiosos de su época, a pesar de que una de sus manos tenía una especie de muñón.

Valiente Bialis, después de ganar un campeonato olímpico de patines en pista nevada, fue víctima de un accidente de automóviles y hubo necesidad de amputarle la pierna izquierda. Con una pierna postiza siguió patinando. Se dedicó al tennis y en este deporte obtuvo el primer lugar en un torneo municipal escenificado en la ciudad de Filadelfia.

El caso más característico de fe lo encontramos en la vida de Canadá Lee. Hace veinticinco años Canadá Lee era jockey. Hizo montas como profesional en los hipódromos de Belmont, Pimpiblico, Saratoga y New Orleans. Cuando creció y engordó demasiado y ya no podía dedicarse al deporte hipico, se hizo boxeador. ¿quién que conozca el pugilismo ignora que Canadá Lee ostentó posiciones prominentes en los rankings y que peleó en tres oportunidades por el campeonato mundial de peso weiter? En Cuba lo vimos en lo que puede considerarse la edad de oro del deporte de los puños en nuestra patria. Canadá Lee se retiró del ring porque perdió la visión total del ojo derecho. 

La Comisión Atlética del Estado de New York le retiró la licencia y los especialistas le dijeron que, de insistir, se quedaría ciego por completo. Canadá Lee buscó estímulos y cultivó ilusiones en otros caminos de la vida. Se dedicó al cinematógrafo y como estrella de primerísima magnitud hizo dos películas que fueron celebradas por la crítica: “Native Son” y “Life Boat”… Hoy día es el actor dramático más aplaudido y mejor pagado de la raza de color de los Estados Unidos.

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