PRESENCIA COMBATIENTE DE JUAN GUALBERTO GÓMEZ

Written by Libre Online

14 de julio de 2021

POR AMALIO A. FIALLO (†), JULIO 1954

Y a Gerardo Machado se había prorrogado arbitrariamente en el poder, tras la reforma en el 28 de la Constitución de 1901, cuando la limpia figura de Juan Gualberto Gómez le expresa diáfanamente su pensamiento al respecto, al doctor Rafael Guas Inclán, «Cooperar en cualquier forma —le dice con algunos de los poderes de facto, nacidos con este vicio de origen paréceme que sería aceptar, más o menos, su legitimidad, lo que rechaza mi conciencia amante del derecho             y repudia mi corazón de incansable luchador por la libertad, la democracia y la dignificación de nuestro pueblo».

La historia de su vida —entregada, sin un solo desfallecimiento, a la defensa de los principios insoslayables de la Revolución Cubana— no le permitía pensar de otro modo. Aquel gallardo ideal que lo trajo, desde el sosiego de la vida parisina, a los rigores de la conspiración frente al poder metropolitano español, que lo convirtió en el proscrípto de Ceuta y que le puso las armas en la mano el 24 de Febrero en Ibarra, no podía tener, en su conciencia sin dobleces, el vuelco de amparar en la República «con formas mas aparentes que reales», el «Espíritu autoritario ni la composición burocrática de la colonia». Para el logro de un régimen «de sincera democracia» se había desangrado, en una guerra espantosa, el pueblo cubano y no para erigir, si bien bajo la bandera tricolor y a los acordes del Himno de Bayamo, un régimen de “tiranía y usurpación”.

La República «con todos y para todos» —única que valdría las lágrimas de nuestras mujeres y la sangre de nuestros bravos— no podía convertirse, sin la protesta airada de Juan Gualberto, en feudo ni capellanía de nadie. Para los continuadores de Weyler quedaría el afán de mandar en Cuba «como se manda un campamento», no para los continuadores genuinos de los mambises, guardianes celosos de las libertades públicas.

No ha tomado posesión Gerardo Machado de la presidencia de la República y comentando el discurso en que, como presidente electo, éste promete en Columbia no utilizar el ejército para las contiendas públicas, nuestro patricio afirma que «hay que pedirle a Dios que le de todas las fuerzas necesarias para cumplir fielmente su promesa». Subraya que los poderes en una República nacen enfermos cuando no vienen asistidos del favor popular. Que la imposición, sin apoyo mayoritario ni fuerza moral, apela a medios tortuosos para mantenerse. Y no ha cumplido aquel gobierno tres meses en el poder cuando la palabra previsora del       gran demócrata le recuerda: «El pueblo cubano odia el despotismo, la arbitrariedad y la soberbia de los gobernantes».

Entregado, finalmente, «el egregó» —con el látigo en la mano— al crimen y al latrocinio, el revolucionario que no estaba hecho para la complicidad de contemplar en calma la consumación de un crimen, se entregaría, sin vacilaciones, al combate por la restauración de las libertades pérdidas. Más de setenta años de edad no aplastarían el entusiasmo rebelde del hombre que «nunca perdió la fe en los destinos de nuestro pueblo». Sabría siempre, como lo supo el Maestro, «que los pueblos, como las bestias, no son hermosos cuando bien trajeados y rollizos cabalgan al amo burlón, sino cuando, de un vuelco altivo, desensillan al amo». A Machado, y en Machado a todos los que se empecinaran en proclamar el derecho de la fuerza, mandando desde un cerco de ‘bayonetas, le cita la frase de Cavour: “Con el estado de sitio, cualquier imbécil puede gobernar”.

En verdad todos los gobiernos cubanos, de Don Tomás a Machado, recibirían el impacto de su fiscalización justiciera y valiente. «Lo que busco es que la República inspire a todos confianza por la lealtad de sus procedimientos y su respeto a todos los Intereses legítimos»… «Es preciso que la República sea mejor que los regímenes anteriores», proclama en los albores republicanos.

El respetuoso acatamiento a la voluntad popular, el estricto cumplimiento de la Constitución y las leyes, el virtuoso ejercicio de todas las magistraturas y la defensa sin vacilaciones de los intereses populares, son para él presupuestos indispensables a la buena administración de la cosa pública, en el ordenado desenvolvimiento de una genuina democracia… “Todos deben saber que pasaron para siempre los días de prevaricación y escándalo”.

Si Estrada Palma, como candidato presidencial recibe el apoyo del primer gobernador militar yanqui y éste no accede a otorgar fe que se le reclama como garantía de imparcinlidad en las elecciones Juan Gualberto exclama, con palabras que recobran actualidad en este minuto que vivimos; “Habra comicios, pero no elecciones… De las urnas saldrán los representantes de un pueblo como salen los empicados de la pluma de un ministro Preferimos el amargo aislamiento a la victoria vergonzosa de su segurísimo triunfo”.

“Antes que la paz quiero la libertad de la Patria y la conservación de los ideales revolucionarios” ratifica más tarde cuando nuestro primer presidente —amalgama de honradez en lo económico y empecinamiento en lo político—se inscribe en el partido Moderado, lo utiliza como instrumento de su reelección y nombra el Gabinete de Combate, tropa de choque contra su adversarios.

Quien piensa que «la República tendrá gobernantes honrados o perecerá en la anarquía cubierta de oprobio y de baldón» y da el ejemplo de una vida modesta, sin el disfrute ilegal, de una sola prebenda gubernativa, es un opositor temible de todas las irregularidades administrativas.

“Tiburón se baña, pero salpica” dirá el cínico gracejo de los que estarán dispuestos a perdonar los «negocios» de José Miguel Gómez con tal de que les alcance algún: participación en las ganancias. Pero Juan Gualberto será de los que se mantendrán a distancia, sin aceptar, por distinguido que aparezca, ni un solo cargo: así conservará la independencia, necesaria a su función moralizadora. Los consejos en contrario— ¡siempre los consejos de la mediocridad ramplona —no conseguirán ablandar su carácter para las concesiones cómplices. A uno de tales consejeros que lo visita, acaso como emisarío del Presidente, le responde con su historia en punto al dinero: “Cuando niño el dinero que me daban mis padres lo gastaba en dulces que yo daba por botones a los demás muchachos. Con los años, amigo, no he variado en nada. Sigo siendo el niño de antes. El dinero lo doy por cualquier cosa… lo único que no cambio es el decoro”.

Si Menocal, de espalda a los intereses del pueblo, permite el medro del capitalismo extranjero, se entrega a afanes reclccionistas y acentúa el caudillismo (“mira que viene el mayoral sonando el cuero”, dice la conga vocinglera aludiéndole”), Juan Gualberto se levanta en su escaño de Representante para dejar constancia de su honda preocupación cubana: “Me inspira inquietud y zozobra, afirma, pues va a poner en peligro la República y no hay Presidencia que valga el sacrificio de la República … La reelección es un crimen”, dice repitiendo a Máximo Gomez.

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