¿POR QUÉ LOS CUBANOS NO SOMOS NAVEGANTES?

Written by Libre Online

10 de enero de 2023

Por Teresina del Rey (1940)

“Cuba es un país esencialmente agrícola”.

Aun cuando usted habrá oído, así textualmente estas palabras, en boca de dos generaciones republicanas de cubanos y muchas veces en labios o escritos de connacionales con alto valor intelectual o mental, sería bueno, sin embargo, que usted estimado lector y todos los cubanos que queremos ver más allá de nuestra vecindad, nos detuviéramos a pensar siquiera por quince minutos, pero con verdadera profundidad en la inducción, sobre qué cosa representa en y para el pasado, presente y futuro de este país, esa llave colocada sobre un brazo de mar y entre dos costas que domina nuestro escudo nacional.

Sería útil, presumo yo que todos los cubanos supiéramos entender cabalmente lo que quisieron decir los hombres que ordenaron la heráldica de 

nuestro Escudo Nacional cuando opinaron que los cubanos debíamos colocar el mar en lugar cimero, dominando todos los demás símbolos y muy por encima de la montaña, del valle y de La Palma Real. 

Y estimo yo que sea que esa consideración o estudio sería útil para nuestra ciudadanía por venir, porque los hombres que ordenaron nuestra heráldica territorial e ideológica al escoger los que habrían de ser nuestros símbolos perpetuos, no lo hicieron, festinadamente y tomando como base nuestros breves escarceos republicanos de 30 años. 

No, ellos tomaron como perspectiva, cinco siglos de historia y a través de los cuales, Cuba fue de los taínos de Hatuey de Colón, de Velázquez, de los obispos, de los piratas ingleses, de los ingleses piratas, de los voluntarios,  de Maceo y Gómez, de los norteamericanos, y finalmente, de los cubanos, y en esos cinco siglos, nuestras relaciones con la humanidad respiró atmósferas tan varias y diferentes como: la de los señores feudales; la que vio a los cruzados con un lábaro en una mano y una espada en la otra, la que rió las sátiras de Voltaire y aplaudió los discursos de Dantón, la que convalidó las monstruosidades geniales de Napoleón, la que respetó la declaración libertaria de Washington y la que sintió en lo hondo las cargas de los llaneros de Páez en las pampas de la América virgen.

Y aquellos hombres para ordenar las figuras de nuestro emblema, abrieron un libro –el Libro imborrable de la Historia, en cuyas páginas estaban anotados cinco siglos de cubanidad y vieron y comprobaron que, a través de esos 500 años, toda nuestra abundancia, nuestra pobreza, se había medido siempre, siempre por el número de mástiles y velas que entraban o salían por el puerto de San Cristóbal de La Habana y otros subsiguientes.

…y vieron más, vieron a la América rota en dos lotes, tal vez sí por mera culpa de la 

fabulosa Atlántida, y a Cuba en el centro, dominando todos los vientos, todas las distancias. Todos los mercados y todos los correos.

… y aquellos hombres sabios vieron y convinieron en que era el Mar ley de nuestra existencia y el de navegantes, nuestro porvenir. 

… y hubieron de colocar en lo cimero de nuestros símbolos perpetuos una llave, la llave del Golfo, es decir, la llave de las Américas todas.

¿Por qué los cubanos no somos navegantes? ¿por qué no somos nosotros y solo nosotros, los mensajeros profesionales de todas las Américas, porque Cuba es un país de isleños que no conocen el mar, así textualmente en un porcentaje extraordinario?

No he encontrado a nadie que todavía me lo haya explicado satisfactoriamente. Yo solo sé que una tarde mi espíritu de ciudadanía sintió un escalofrío hasta las entrañas, cuando en los muelles de Santiago de Cuba vi a unos marineros coloradotes y rubios venidos a sueldo desde Noruega en uno de sus tantos buques, fleteros y andariegos desembarcar mercancías tomadas a bordo ¡En Nuevitas! ¡Del Polo Norte, mismo casi, pues tenían que venirnos los hombres de mar que trasladasen nuestras mercaderías de uno a otro puerto cubano!

Por eso, cuando recién todavía se denunció con caracteres de escándalo nacional una concesión privilegiada por virtud de la cual se había de crear por decreto nuestra Marina Mercante, y entre los errores encontrados se señalaba este: “La compañía tenía la facultad de ordenar todas las dotaciones con marinos extranjeros”, yo me pregunté, comprensiva:

–¿Los que redactaron las bases originarias y es presumible que se redactaron en una oficina forastera, no pusieron esa base con buen juicio comercial, al menos teniendo en cuenta el desgano de los cubanos para las cosas y las tareas del mar?

Desde luego no puede tenerse igual piadosa consideración para el connacional nuestro, que trató de pasar tal disposición.

Pero todavía podría decirse más, ni aún en nuestras propias guerras de independencia se pudo encontrar ni despertar el espíritu de los navegantes. 

El espíritu de navegantes en los patriotas y recuérdese que hubo un momento en que todos los cubanos reunieron todas sus virtudes para regalarlas con pasión extraordinaria por la independencia de Cuba. 

Don Tomás Estrada Palma en su oficina mambisa de Nueva York podía encontrar todos los días 1,000 cubanos capaces y dispuestos a regalarles contingentemente cuanto traían en el bolsillo y quedarse con solo diez centavos para vivir al día pero siempre le fue difícil, salvo el caso del General Emilio Núñez, el Almirante, encontrar un puñado de cubanos que hablara con entusiasmo y orgullo de conocer las aguas del Golfo y por ende, de comprometerse con alegría responsable y entregarles a los mambises el convoy, sano y salvo en la manigua.

Al finalizar, ya podría ser a manera de ejemplaridad y moraleja, recordarles a los cubanos todos, el pueblo fenicio, aquellos humildes caseríos de pescadores, situados sobre las peladas costas de Arabia. Un día a fuerza de sufrir miseria, se fueron mar adentro; y de pescadores pobres se tornaron en navegantes ricos, hicieron fortuna y escribieron historia.

Pero el recuerdo de los navegantes fenicios se pierde en la lejanía, como en la distancia se nos está esfumando ya la gesta de Hatuey, cruzando en débil piragua el Paso de los Vientos y la de Martí y Maceo acompañados de Marcos Rosario montados sobre “una cáscara de nuez” y “sin miedo a morir en agua, si habrían de morir por plomos”.

Más cerca y con más sabor a ceniza en los labios, tenemos el crespón glorioso de nuestros héroes en Cali. 

Y alguna que otra vez también y cuando de navegantes cubanos se habla tenemos una sonrisa al sesgo para aquel Diego Grillo, “pirata cubano” –¡villareño y nuestro de verdad! – que un día se dio a la mar “para robarle a los propios habitantes cubanos cometiendo depredaciones y fechorías”.

De cualquier manera, y aunque se me tilde de alimentar una 

secreta, cuan vaga y piadosa esperanza, yo mantengo mi credulidad sincera y mi fe ciudadana en que un día los cubanos habremos de entender y utilizar el simbolismo sesquicentenario de esa llave echada sobre un trozo de mar que domina nuestro Escudo Nacional. 

Ese día miraremos no con quijotismo ni trotamundería, sino como “negocio”, ser navegantes donde hay tantos mares, tantas islas y tantos puertos habitados, y utilizados por gente que consumen que producen y que llevan dentro de sí el más fuerte espíritu de libertad que aún nos queda sobre la Tierra: el continente americano.

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