¿POR QUÉ JUEGA LA GENTE?

Written by Libre Online

25 de octubre de 2022

La ciencia analiza los factores ocultos que entran en la necesidad de jugar. — La diferencia entre el jugador crónico y el ocasional. — De cada cuatro jugadores, uno es un enfermo emocional. — El juego, como una forma de rebeldía contra las restricciones de la sociedad. — El «masoquismo psíquico» del jugador con el irresistible deseo inconsciente de perder. —El deseo oculto de perder, como una forma de aliviar sentimientos inconscientes de culpa.

Por TED BERKMAN 

El juego —como pasatiempo o como pasión— ha marcado un récord en los Estados Unidos. El último survey de Gallup reveló que cerca del sesenta por ciento del pueblo norteamericano apuesta el dinero de sus cigarros ¡y algunas veces el alquiler! a un naipe prometedor, barajado sobre el tapete verde de las mesas de casinos y clubs, o a las patas de un caballo, puestos en fila junto a la pista.

¿Por qué juega la gente? ¿Qué urgente impulso liga al lechero que juega a los caballos en Atlanta, a la maestra de escuela que manosea nerviosamente las fichas de diez centavos en la mesa de ruleta de Las Vegas y al rudo petrolero de Texas que acaba de soltar $8,000 en cuatro días de juego continuo de altas apuestas, y se prepara a vender su ticket de regreso en avión, para poder permanecer en el juego? ¿Qué motivos, ocultos o de otra índole, tienen todos los jugadores en común?

En el casino Desert Inn, en Las Vegas, Nevada, meca de los jugadores norteamericanos, grandes y pequeños, obtuve una variedad de respuestas tajantes.

Varios jugadores insistían en que jugaban por el simple y obvio propósito de ganar dinero. Un cosechero de naranjas y su esposa «ponían énfasis en la excitante atmósfera del casino: choque de fichas, tintineo de monedas, murmullo de voces y el incesante golpeteo de los cuartetos de jazz en la indolencia del hotel… todo en un mundo de sueño hipnótico que los relojes no controlan.

Un abogado de corporación, meditando un momento, dijo que él se sentía atraído por el «reto» del juego. «Me da un sentimiento de poder y regocijo que limpia los problemas diarios de mi mente.»

Esta última respuesta, de acuerdo con los modernos teóricos del juego, es la única de ellas que se acerca a la verdad. Los psiquiatras dicen que el factor universal en el juego —que empuja al mismo al lechero, al profesor, al abogado y al petrolero por iguales un ansia de recuperar el sentido de omnipotencia que todos teníamos en la niñez, antes de que el duro mundo de la realidad golpeara sobre nosotros y deshiciera nuestros sueños.

Cuando somos niños, vivimos en un mundo donde la fantasía vaga sin ser molestada por los hechos penosos de la existencia. Nos vemos como bravos guerreros, gobernantes poderosos, princesas encantadoras.

A medida que nos hacemos más viejos, estamos obligados gradualmente a «comportarnos», cumplir deberes, ajustarnos a normas inventadas por otros y, finalmente, cumplir con las responsabilidades asignadas a nosotros como adultos.

Según señala el doctor Edmund Kergler en su reciente libro «La psicología del juego», pocos de nosotros aceptamos el cambio jubilosa y completamente. En grados variables, albergamos protestas contra la falta de consideración de la suerte. Jugando, nos proporcionamos una oportunidad de dar golpe por golpe sobre más o menos iguales términos.

Básicamente, el jugar es una rebelión contra las restricciones de la sociedad. Cuando el jugador deposita su moneda, está manejando el mundo todo por su cuenta —descuidada y heroicamente desafiando padres, maestros, jefes. Le importan, un bledo los terrores de las bombas H y los proyectiles teleguiados. Por el momento, al menos, se está revolcando felizmente en la fantasía de que una y otra vez posee poder ilimitado.

Cualquier visitante de las Vegas encontrará signos repetidos de esto. Una atractiva joven ama de casa ante una mesa de naipes me dijo excitadamente: «Aquí es donde yo vengo a borrar las huellas cuando me siento enferma de los muchachos y de la cocina. Cuando hago una apuesta de $1. pretendo $100 por ese peso. Si pierdo, no lo cuento. Si gano, lo cambio en mi mente por $1,000».

Como la mayoría de los apostadores en los Estados Unidos, ella es capaz de dar rienda suelta a su gusto por jugar sin abrumarse por ello. Pero ¿qué podremos decir sobre estos casos?

1) El portero de Las Vegas que ganó $7 con un ticket de 35 centavos, y los aumentó a $17,800 en una violenta racha en la mesa de dados, pero que en el término de unos pocos meses derrochó la suma total al volver a jugar, a pesar de los serios esfuerzos de amigos y personas que lo estimaban induciéndolo a que hiciera un nudo con ellos. Los adictos al juego no piensan sobre el dinero de la misma manera que otras personas: un instrumento para comprar. El dinero para ellos es un instrumento para jugar más.

2) La manejadora de Las Vegas de sesenta y tantos años de edad que luce tan bondadosa como serena. Todas las noches cuando el padre del niño la conduce a su casa, ella pide que la deje por el camino en una determinada esquina de la ciudad, para «caminar un poquito”.

Su pequeña caminata es a un casino de juego dos puertas más allá, donde apresuradamente se planta ante una de las máquinas traganíqueles hasta que ésta le ha engullido sus ganancias de esa noche.

Hace unas semanas, contratada para un trabajo diurno, dejó en la acera su pequeña carga en un cochecito, mientras entraba a explorar una casa de juego recién abierta. Más de tres horas después, el hambriento y lloroso chiquillo fue rescatado por la policía.

La mujer expresó asombro por todo el alboroto. Había estado solamente dentro del lugar, insistía una y otra vez alrededor de diez minutos. Era obvio que lo creía.

Estos son los jugadores compulsivos. Se les encuentra en todas las ciudades apostando furiosamente a la carrera de caballos, los juegos de basketball, las manos de póker. Cuando la fiebre se apodera de ellos, nada más parece existir; ni familia ni amigos ni cataclismos de la naturaleza.

En «El tahúr completo», un libro publicado en 1709, hay un párrafo en que se lee: «El jugar tiene sobre los otros vicios la mala propiedad de que mantiene a un hombre incapaz de cualquier acción seria… lanzado sobre las olas de una pasión creciente hasta que ha perdido de vista tanto el sentido como la razón.»

La marca distintiva del jugador compulsivo es su inhabilidad para marcharse, no sólo cuando desastrosamente está en el hoyo, sino aun cuando está muy a la cabeza. Aunque constantemente está reiterando su determinación de «marcharse con un montón de dinero», lo cierto es que el jugador habitual permanecerá en torno de la mesa para «una o dos manos más» que le conducen a la ruina eventual.

El jugador habitual es tan diferente del chapucero de fin de semana en los juegos de póker o en las apuestas de football como un borrachín lo es de un bebedor en un “cocktail party”. Todos los observadores están de acuerdo en esto. Hay menos acuerdo, sin embargo, sobre qué hace el jugador empedernido.

Cari Cohén, administrador del Casino en el Sands Hotel piensa que es «la vanidad herida. Hay gente que no puede permanecer perdiendo. Cuanto más profundo se hunden, más frustrados están, y más arrojados resultan.»

El doctor Iago Galdston, de “The New York Academy of Medicina”, ve al jugador crónico como un hombre que en la niñez no estuvo nunca cierto del cariño de sus padres. De aquí que, en su incesante jugar, esté mendigando una «demostración de favor», una respuesta afirmativa a su eterna pregunta: «¿Me quieres? ¿Piensas que soy bueno, listo y fuerte?»

Galdstone concluye: «Puesto que una respuesta definida y finalmente satisfactoria es imposible, el jugador no se marcha de la mesa hasta que está sin los medios de continuar jugando. El retirarse sólo se produce cuando pierde.»

La peculiar apatía para los romances que se encuentra entre los jugadores ha sido también destacada a menudo. Y muchos han advertido la súbita fascinación que ejerce el juego sobre personas que entran en los cincuenta años.

El fallecido Robert Lindner, psicoanalista de Baltimore, escribió acerca de un paciente con una fuerte fijación materna que se mantenía deseando la muerte de su padre.

Cuando un día el viejo hombre inesperadamente murió, el hijo comenzó a jugar furiosamente.

Cada vez que ganaba, según Lindner, el paciente sentía que había derrotado a su padre como un rival en los afectos de su madre. Pero esta sensación de triunfo iba acompañada por sentimientos de culpa que podían ser aliviados sólo al perder.

Lindner comentaba: «Partiendo de esto, aparece que el jugador debería ganar y perder al mismo tiempo, desde el punto de vista de su salud, y esto nunca podría suceder.»

Lo que puede bien ser la explicación definitiva del jugador compulsivo es adelantada por el doctor Bergler afirma que el jugador habitual, mientras alienta ese deseo de omnipotencia, tiene en su saldo un factor más profundamente arraigado… una irresistible compulsión de perder.

El jugador crónico, dice, es un “masoquista psíquico”, esto es, una especie de neurótico cuyos trastornos se originaron cuando siendo niño, se le negaba -o él pensaba que se le negaba- alguna satisfacción de sus deseos.

Si la situación se repite -como es a menudo el caso-, finalmente el niño comienza a esperar que lo rechacen, y esto eventualmente llega a ser una fuente de placer para él. Toma, por lo tanto, la decisión inconsciente de buscar deliberadamente tal rechazamiento en su vida adulta.

Para este tipo de personalidad neurótica, el juego ofrece -como para el resto de nosotros- una oportunidad de dar rienda suelta al anhelo de omnipotencia. Pero en el caso del masoquista tiene un significado adicional: el que baraja los naipes en el póker o la rueda de la ruleta, es inconscientemente identificado con sus padres hostiles, intransigentes.

El jugador se dice a sí mismo que está jugando para ganar. Pero inconscientemente, desea -y espera— perder. Esto demostrará la crueldad de sus padres opresores, le castigará según el siente que merece castigársele por su pueril rebelión mediante el juego, y le proporcionara el «placer de perder” que se ha formado en su personalidad por la repetición de toda una vida.

Por causa de que el masoquista psíquico busca lo que Bergler llama “un sentimiento de ser dominado”, ciertos tipos pasivos de mujer son particularmente inducidas a la mesa de juego. Hay banqueros que se han impresionado por la manera en que tales mujeres metódicamente insisten en perder.

“No ponen atención a sus apuestas, sino que amontonan las fichas rápidamente. Parecen estar en un estupor, llevando a cabo un ritual. Se obtiene la impresión de que se están conduciendo hacia una opresión que tiene la forma de una rueda de ruleta.”

Sean cuales fueren sus otras cualidades, el jugador crónico es un individuo inmaduro, incompletamente desarrollado. Porque el adulto permanece jugando un juego. Puede apelar momentáneamente a un deseo no logrado por los «sueños de gloria'» de su juventud; pero es capaz de tener su vuelo escapista y volver al mundo de los adultos. Si pierde, se encoge de hombros, con la voluntad de pasar por el placer temporal experimentado. Si gana, es capaz de irse.

No así el compulsivo. Para él, la rebelión contra las restricciones adultas está más profundamente establecida. Nunca ha aceptado realmente el mundo adulto, ni a él mismo como parte de ese mundo. Al jugar, por tanto, permite que se liberen las fuerzas volcánicas que están dentro de él. Así como hay personas que pueden beber —a los cuales el alcohol abre las compuertas de las inhibiciones-, hay quienes no pueden jugar.

Frecuentemente, el juego crónico se describe como una enfermedad de la cual, en opinión de observadores de mucho tiempo, sufre quizás el 25 por ciento de los jugadores.

¿Puede esto curarse?

No fácilmente, dice el doctor Bergler, a causa de lo inconsciente de su mecanismo, de lo diestramente escondido que lo mantiene para sí mismo el jugador enfermo. Él insiste en que está bajo perfecto control y que juega sólo para ganar. Al igual que el alcohólico o el adicto a las drogas, no puede enfrentarse con la imagen miserable de sí mismo en el espejo.

Sin embargo, el jugador empedernido es a menudo trágicamente consciente de su situación. Un fornido campesino sin afeitar de Missouri se desplomó junto a mí, al lado de una caja contadora en un «restorán» de Las Vegas. No había dormido en tres días.

“Claro que sí, jugar es una enfermedad —dijo—. No sé si la droga sería algo peor. Si debiese ir a un psiquiatra. Pero ¿dónde encontraría la plata? Cualquier cosa que cae en mis manos, voy directamente a la mesa de dados. Ya se lo dije: soy un jugador…”

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