Ponerse Picúo

Written by Libre Online

27 de diciembre de 2022

Un amigo me pide unas Estampas del picúo. De todo lo picúo, más que un esbozo sin grandes pretensiones puede escribirse un libro que sería siempre un pedazo viviente de la existencia cubana. Porque la materia y la palabra son productos exclusivos de nuestro país. Picúo es un vocablo inventado en nuestra patria. Y que. difícilmente podrán comprender en otros países. 

La palabra describe la hipertrofia de cualquier sentimiento. De amor. De odio. De patriotismo. De miseria. O de lujo. Los criollos tenemos que evitar el riesgo biológico de ponernos picúos. Sin importarme que la confesión pueda ser considerada como un rasgo de inmodestia, me creo una verdadera autoridad en la asignatura. 

De picuismo yo sé más que de otra materia cualquiera. Muchas veces yo he tratado de desentrañar su origen y no he encontrado en ninguna de sus características un detalle que acuse la influencia de costumbres extranjeras. Sin tener a quienes echarles la culpa, no queda más remedio que aceptar que el picúo es de una cubanidad terminante. Como, los terminales. El relajo criollo. Y el vino amargo. Esto no quiere decir que todos los cubanos seamos picúos. Pero sí que todos los picúos que hay en el mundo, sean muchos o sean pocos, son cubanos. 

Picúo es el que compra un automóvil y lo llena de adornos. Picúo es el que presume de hablarles con dulzura a las mujeres. El que no concibe el bienestar económico sin el tremendo sortijón con chispitas de brillantes y la piedra del mes de nacimiento. Y hay también el picúo impenitente que toma para sí todas las penas que afectan a los demás. Y circula por la vida con el corazón roto y un ataúd bajo el brazo. Es el picúo sentimental. Que quizá sea el más legítimo y deplorable de todos.

Cuando el picúo más resalta y más asombra es cuando lo observamos fuera de Cuba. Porque es exageradamente expresivo, porque es cariñoso en extremo, habla a manotazos y trata de tú al pinto de la paloma. En algún momento nos dirá que al perro suyo sólo le falta hablar. Y nos jurará por las cenizas del muerto más cercano. Que entre nosotros no tiene importancia eso de usar los muertos que lloramos para que nos crean las mentiras que decimos. 

Estando yo en México le dio por acompañarme a todas partes un compatriota que había ido a la Ciudad de los Palacios, obligado no recuerdo por qué circunstancia lamentable. Era uno de esos picúos que le piden al barbero que le afeiten la nuca y que le recorten las patillas en forma de hacha. De esos cubanos de barrio que se empolvan el rostro y todavía usan corbata de lazo de la misma tela de la camisa. Gran corazón, pero ¿qué clase de picúo!… El trato en aquel país es más afinado y más diplomático que en el nuestro. Y aun las personas de más intimidad se encuentran, se dan la mano y es raro hallar gente que tenga tanta confianza como para tutearse. 

Pues mi nuevo amigo de un salto envolvía en un largo abrazo a quien acababa de conocer. Todo el mundo era su socio. A cualquiera le sacudía un manotazo en la espalda y después del manotazo soltaba una risotada con el solitario adorno de un par de colmillos que él mostraba como si tuviera la mejor y más blanca de las dentaduras. De todo conocía un rato largo. Nadie podía venirle con cuentos. El cariño lo había inventado él. 

Una tarde conoció el director de cierto diario de gran circulación. Debo advertir que para entonces yo había tenido la precaución de recomendarle la conveniencia de que fuese menos efusivo. De suerte que con aquel periodista estaba contenido y al principio fue con él deliciosamente gentil. Pero empezamos a jugar copas a los dados y después de una larga eliminación animada con los golpes en el mostrador y la peste típica del cubilete, se quedaron ellos dos para decidir quién tenía la culpa y se hacía cargo de la cuenta. Mi amigo, después de sacudir escandalosamente el cubilete y pedirle a uno de los presentes que le soplara los dados para si le daba suerte, se dirigió su adversario y le dijo: Lo siento, director, pero voy a pasarte por la piedra.

Hay muchas maneras de conocer al picúo. Se le puede conocer en la puntera estrecha y pequeña de los zapatos y en que, al bailar la parte más dulce y cadenciosa del danzón, cierra los ojos… Es también una característica inconfundible del picúo hacer alarde de la calidad de su ropa interior y presumir de hombre muy limpio, como si la higiene, en vez de una cosa, natural, fuese una virtud pregonable. 

Los de hace veinte años llevaban en los calzoncillos botonadura de oro con iniciales esmaltadas y gastaban sombrero de paja de ala ancha. En el forro del sombrero podía ir la fotografía de la novia. Pero ya eso pertenecía al último año de la picuería. 

En algunos individuos el bacilo de ese mal incurable (porque se nace y se muere picúo, como se nace y se muere zurdo o derecho) permanece oculto y sale a flote cuando se tienen dos copas de más. Son esos picúos irresistibles a quienes les da la borrachera por la amistad y por la patria. Y algunas veces por querer pagarlo todo. Se ofenden y hacen la escena de sentimiento cuando alguien intenta meter la mano en el bolsillo. Afectados Rechazan:

—No me hagas más eso…

Y se voltean al dependiente con. energía:

—El dinero de este hombre aquí es falso…

Con el mismo derecho con que otras personas se dedican a esa gran tontería que es coleccionar sellos raros, o a realizar detenidas indagaciones en la esencia ele los modismos, a hurgar en la existencia de los tres mil quinientos tipos de mariposas tropicales, cuyos ejemplares más extraños retienen en una vitrina, atravesado cada gusano por un alfiler, yo he hecho una afición abnegada del estudio del picuismo como una desgracia nacional. Seremos más grandes cuando seamos menos picúos. Y conservo en mi poder datos tan valiosos como el de un buen amigo mío que llevó el alarde de carillo a un perro a la cursilería olímpica de ponerle al animal un diente de oro. Este pasaje es una verdadera joya en los apuntes que he archivado sobre la materia.

¿Qué manifestación de nuestra vida ha podido totalmente librarse de la influencia de lo picúo? Ninguna. 

En política son picúos de remate esos oradores de mítines que en la crisis de epilepsia patriótica se abrazan a la bandera. Y le meten mano a un pensamiento de Martí. Como dijo el Apóstol. Con las frases de Martí nosotros hemos hecho una industria de convicciones en conserva. Es la latería de los pensadores del patio. 

En el periodismo, la nota social felicitando al matrimonio que celebra las bodas de lata; en la radio, las propagandas con versos insoportablemente ramplones a los que siguen la voz grave del locutor dando el anuncio de una fábrica de embutidos o recomendando un maravilloso producto para depilar los sobacos. Ahora las recitadoras malas han robustecido el ejército de los picúos, que ya habían hecho numerosos los lectores de los consultorios del amor. Y los que dicen cuando oyen un vals viejo «¡Qué música más linda!». 

Las recitadoras malas se retuercen,  se enroscan en sí mismas, pretenden elevar a la categoría de arte los síntomas del segundo ataque apendicular, todo para decirnos que sus manos florecen.  Es muy difícil recitar una poesía, despedir un duelo y hablar en un banquete, sin ponernos ligeramente  picúos Son situaciones que tienen cierta predisposición a lo cursi. Como la tarjeta de cumpleaños. Los celos de la mujer de años. Los duelos a muerte. Y como el pacto suicida de los amantes, en un hospedaje barato. 

Cuando yo tenga más tiempo, más dinero y más talento,  escribiré un libro sobre tema tan interesante como éste. Quizá en esa obra llegue a demostrar que, por desgracia, somos bastante más picúos de lo que parecemos.

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