PICASSO TODAVÍA Y SIEMPRE, UNA CELEBRACIÓN EN PARÍS

9 de mayo de 2023

No había ido a ver la nueva exposición Celébration Picasso. No asistí al vernissage y a continuación dejé pasar varias semanas porque supe que estaba yendo mucha gente, especialmente durante los fines de semana. No es menos cierto que, a pesar del eco en medio mundo a las manifestaciones en las calles de muchas ciudades francesas contra la ley de jubilaciones, la capital francesa está acogiendo desde fines del año pasado mucho turismo. Y se incrementa en esta primavera. Que conste: sucede lo mismo en toda Europa. Se viaja. Razón de más para que haya en este pueblo afluencia significativa en todos los museos. Al final ir al Picasso fue para mi cosa hecha hace tres días, después de haber vencido la resistencia al «otra vez Picasso», sentimiento que finalmente superé a pesar de intuir que se trataba de obras que en su mayoría están desde hace mucho colgadas en los muros del Hotel Salé, sede de la institución.

Era un error. Una agradable sorpresa me esperaba. Primeramente, porque la escenografía encargada al estilista británico Paul Smith es un logro. Puso sus rayados en todas las piezas, cada una pintada de un color diferente, acorde con las obras mostradas siguiendo un hilo cronológico y de temáticas de creación. A continuación, porque, un cambio que rompe rutina, en la planta baja no más se entra instalaron la muestra Black is Beautiful consagrada a Faith Ringgold, una pintora negra norteamericana (Harlem, 1930) acerca de la cual todo ignoraba.

El conjunto así presentado, está repartido en cinco niveles, marca el quincuagésimo aniversario de la muerte del pintor malagueño. Ahora no es volver a describir aquí lo que se ha visto repetidamente, al menos en mi caso. Previendo el aniversario, medio siglo comoquiera, se creó hace tres años una comisión bipartita integrada por el museo de Barcelona y el de aquí. En París metieron en el saco al Musée de l’Homme para sumar el tema de la prehistoria dada su influencia en la pintura del genio. Como resultado de esos preparativos son 40 los eventos de todo tipo que, repartidos principalmente entre Europa y América del Norte, están teniendo lugar a lo largo del presente año. El colofón es, y no podía ser de otra manera, esta Celébration parisina en la casona de la calle Thorigny que estará abierta hasta el 27 de agosto.

Dejando pinturas y esculturas a un lado, tornándonos hacia lo que escribió como crítico de arte el novelista Marcel Proust en el pequeño ensayo Contre Saint-Beuve, el visitante por muy lego que sea tiene que admitir que al artista hay que concederle la opción de haber dejado en libertad a su «yo interior» aislándolo del «yo exterior», que es el único que su prójimo puede contemplar. Pero resulta que esa terapia tolerante que rigió siempre ahora en tiempos de MeToo, woke y otras yerbas por el estilo es imposible.

Sabemos que hoy no es bien visto escuchar una sonata de Beethoven sin considerar que su autor fue un misántropo impenitente; ni leer a Flaubert obviando sus posiciones reaccionarias durante las semanas sangrientas de la Comuna de París en 1871. He puesto el ejemplo de dos genios pasados, que hoy son enjuiciados severamente por los celadores de turno. En cuanto a Pablo Picasso, autor de juegos infinitos con la figura femenina, sus actitudes misóginas, sectarias y crueles están certificadas para la posteridad y nadie las discute. Con Dora Maar a la cabeza de sus víctimas, que fue la que peor la pasó, se dice.

Separar obra y autor provoca hoy en día muecas en los rostros de los defensores de la virtud. Hipócritas casi todos ellos cuando llega el momento de aplicar el mismo rasero a la política y a los políticos, tratándose de dictadores criminales como Fidel Castro. La izquierda es así y en la materia nada la hará cambiar. En consecuencia, son las leyes y las reglas no escritas del Siglo XXI las que nos explican cómo es que hay que contemplar la creación pasada y sus ejecutores de entonces. Voltaire, cuyo corazón se conserva en una urna que preside un salón de la Biblioteca Nacional no lejos del Musée Picasso, tampoco ha escapado al presunto talión y donde quiera que es honrado aparecen pintadas en su contra.

Naturalmente, a la cabeza de los reclamos está el racismo, que en el caso de los pintores que engrandecieron el arte del que Picasso es uno de los mayores exponentes, se presenta bajo el trazo de evidencia chocante: ninguno pintó mujeres negras. Cuando hace cuatro años hubo una exposición en el Museo d’Orsay todos brillaban por su ausencia, a pesar de que se inspiraron unos y otros del arte primitivo africano.  Exotismo si, modelos y representaciones no, fue aparentemente la palabra de orden. Ni siquiera a Josephine Baker dedicó Picasso un dibujito, mucho menos un óleo, a pesar de haber compartido juntos en los mismos grupos las tabernas y los bulevares parisienses cuando la bohemia divina propia a la Belle Époque.

Todas las deconstrucciones imaginables están en marcha. El margen de acción de quienes se han propuesto resistir a ellas es muy estrecho. Todos los clichés tienen vigencia. Inversamente la verdadera libertad del consistente en arriesgarse, aventurarse e imaginar; pero igualmente en reír, caricaturizar, deformar y sorprender, es desdeñada sistemáticamente en aras del social-político «correcto».  Es por ello que hay que repetirlo hasta el cansancio: la fuerza estética de una obra obedece a criterios que le son propios y no a la conducta de su creador.  Es por eso que nos sumamos en silencio a este festejo al Picasso que admiramos y que pese a lo que anunció un día Carlos Franqui en La Habana no hizo la paloma de la paz querida para remplazar al águila del Monumento a las Víctimas del Maine, abatida por aquél lamentable populacho castrista de triste memoria.

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