Perdón Generoso (Final)

Written by Libre Online

14 de mayo de 2024

Por heliodoro García Rojas (1935)

Pero la guerra estalló en Baire y Palacio, con sangre de traidor en las venas, vio acercarse con júbilo el momento de la revancha. Se apareció una noche de alegre fiesta, en la glorieta del Caserío, ostentando el uniforme de voluntario español, y sus desplantes y sus actitudes subrayaron el guateque con las tristes gallas de la tragedia. Rosa María y Ricardo Peñate, que ya eran novios, fueron las víctimas propiciatorias del bandido, requebrada groseramente la primera y denostado el segundo con los hirientes dictados de insurrecto y de mambí. Y mientras los concurrentes a la fiesta se desbandaban, rehuyendo las consecuencias del altercado inicial, allá, junto a las cañabravas del camino real, caía Don Arsenio atravesado el pecho por certero balazo, a la par que su asesino, el bandido Palacio, abandonaba cobardemente el campo de su torpe hazaña, acosado por el recio empuje de Ricardo Peñate, quien logró, ciego de coraje, marcar la cara del bandolero, con un largo tajo de su paraguayo; y ambos aprovechaban la confusión de los primeros momentos de la refriega y las sombras de la noche para, “alzarse” del sitierío; Peñate para dejar a Rosa María, la huérfana infeliz, al amparo de sus pobres viejos y marcharse enseguida a hacer buenas las afirmaciones de buen cubano que, creyendo ofenderle, le había hecho públicamente Palacio, y éste, para regresar en breve al teatro de sus crímenes, amparado bajo la impunidad de su infamante uniforme de guerrillero, y desfogar sus iras sanguinarias en los infelices moradores de la pacífica comarca.

Bien pronto el desamparo, la persecución y la escasez de recursos obligaron a los padres de Peñate, quienes, en la ausencia de su valiente hijo, sólo encontraron consuelo para sus penas viéndose constantemente en los ojos de Rosa María, a reconcentrarle en San José de las Lajas, y allí, tras el largo calvario de pesadumbres y desdichas, de las que no logró escapar ningún hogar cubano, provocado por el horrible Bando del sanguinario Weyler, encontraron al fin, a manos del feroz guerrillero Palacio, el final de sus padecimientos.

Don Fidel Peñate y su santa mujer, que diariamente salían a forrajear a la zona de cultivo, fueron un día amarrados codo con codo, conducidos a la Comandancia Militar y denunciados por Palacio como infidentes peligrosos- Encerrados ambos en el Fuerte del Cementerio, a donde solían llevar a los que sumariamente se sentenciaban a muerte, sin otra formalidad que una acusación interesada, insidiosa o vengativa, fue sacado Don Fidel, la misma noche del encierro, y obligado a realizar la macabra operación  de ayudar a los sepultureros en el enterramiento del montón informe de cadáveres que en grupos pavorosos, procedentes de la barraca de variolosos, el hospital militar y las casas del vecindario, llegaban a una veintena, víctimas todos de las terribles consecuencias del atentado inaudito de la reconcentración.

Cuando el pobre guajiro, horrorizado y tembloroso, castañeteándole los dientes y cubierto de frío sudor, se inclinó al borde de la horrenda excavación para bajar el primer cadáver, un artero y contundente cabillazo en la nuca, seguido de un violento y salvaje empujón del guerrillero, le hicieron caer pesadamente al fondo de la fosa; y allí quedó, sin saberse siquiera si había expirado, bajo los otros cadáveres y las espesas paletadas de tierra que, en medio de feroces comentarios, echaron precipitadamente sobre su horrendo crimen el verdugo y los sepultureros.

Doña Carmen, la guajira infeliz, sobrevivió unos días al martirio de su noble compañero; el miedo y el terror extinguieron, en el vil encierro, lo poco que quedaba de espíritu en el cuerpo exangüe de la inofensiva campesina; y Rosa María, la niña candorosa, la dulce prometida de Peñate; la guajirita de los ojos brilladores y los cabellos azabachados, que se vio sola, y sin amparo, pobre huerfanita a merced de los instintos sanguinarios de un miserable traidor, tuvo instantáneamente la visión del peligro inminente que la amenazaba, y resuelta y valerosa, con el valor de una heroína, buscó en el fuego, que prendió a sus ropas harapientas, el fin de sus desdichas…

***

Con la abrumadora desolación y la pesadumbre infinita que, en el ánimo de Peñate, dejó el horripilante relato del Prefecto, recogió también la noticia de que el guerrillero Palacio, después de una incontable serie de salvajes atentados, que hicieron su nombre símbolo de execración de terror, había sido expulsado de la Guerrilla, por su embriaguez consuetudinaria, por lo que hubo de desaparecer de la zona, sin que nadie tuviera conocimiento de su paradero.

El primitivo plan de Peñate de quedarse, una vez curado, operando cerca de los suyos, ya no tenía ningún objetivo. Caído también su ídolo, el general Maceo, le era ahora indiferente cumplir con su deber en cualquier parte. Solamente la proximidad de la fecha gloriosa, que es esperada con ansiedad suprema por cuantos sabían comprender la sublime significación que entraña la patria querida, movió el deseo de Peñate de realizar el viaje a La Habana.

III

Con estos pensamientos encontrados, rindió su viaje el Capitán, en el Muelle de Luz la mañana del 20 de mayo de 1902; pero apenas puso el pie en el adoquinado de la calle, su alma se estremeció de gozo y de entusiasmo, contagiado por el desbordante júbilo que electrizaba las conciencia y los corazones, seguros ya de que iba convertirse en hermosa realidad lo que por tantos años había sólo sido ensueño y esperanza.

Y ya no tuvo tiempo de pensar y recordar los tristes accidentes de su dolorosa vida de patriota, atraído y como subyugado por el caliginoso vértigo de patriotismo triunfante, que rebosaba la urbe desde el corazón a las arterias, desde la Plaza de Armas a los suburbios, desde los rigurosos y solares a los suntuosos palacetes. En todos los ánimos y en todos los semblantes ardía y brillaba la lumbre de la victoria. Recorrió, henchido de alegría y orgulloso de su uniforme de veterano, los lugares que más asociados estaban a su vida de antes, a sus buenos tiempos de guajirito traficante de verduras y de viandas: La Plaza del Vapor, la Calzada del Monte hasta los Cuatro Caminos, el Campo de Marte, la Plazoleta de las Ursulinas y el Parque Central. En todas partes encontró entusiasta y amable acogimiento, pródigo en  alabanzas y  admiraciones,  a sus estrellas de Capitán del Ejército Libertador. Reconoció también a muchos de los que habían sido indiferentes y tibios, y hasta se encontró, a boca de jarro, con vergonzantes adversarios…. Pero, ahora todos vestían de gala y se mostraban, radiantes de entusiasmo; todos se afanaban en explicar y aclarar el alcance de sus servicios “a la causa”; detallaban y precisaban sus envíos de “balas y quinina”: referían sus promesas, a la Virgen de la Caridad, por el triunfo de Cuba Libre; mencionaban con orgullo sus parentescos, remotos o imaginarios, con los más relevantes Coroneles y Generales de la Revolución.; o, finalmente, se acogían placenteros  y como ufanadospor la invulnerabilidad y la grandeza de la frase a las palabras ingentes del Maestro: “La República Cordial con Todos y para Todos”.

En el Mercado del Polvorín almorzó opíparamente el Capitán, y ya cerca de las doce, con una breva de Caruncho en los labios, risueño y placentero, y ¿por qué no decirlo?, orgulloso de su condición de libertador cubano, tomó con paso rápido por la calle de Empedrado, en dirección a la Cortina de Valdés.

Al pasar junto a la escalinata de la Catedral, el espectáculo triste y deprimente de un beodo harapiento que imploraba, con voz aguardentosa, la caridad de los transeúntes, le conmovió profundamente. Pensó que en aquellos instantes supremos, nadie debía estar triste, ni sufrir ninguna pena, y avanzó cordial, efusivo, con una moneda en la diestra… De súbito sus ojos espantados brillaron con siniestros reflejos de coraje; su rostro se contrajo con duros espasmos-de ira y de venganza. Aquella cara innoble, abotagada por los excesos del alcohol, terriblemente trágica, cruzada en toda su extensión por siniestra cicatriz que la hacía doblemente feroz y repugnante, le denunció al cruel verdugo de sus padres y su novia, al infame Palacio, quien reconociéndole también trató en vano de esquivarse. porque su embriaguez y la monstruosa elefantiasis de sus pies se lo impidieron.

El capitán Peñate, ciego de furor, sintió como si toda la sangre de sus arterias se le agolpara en el cerebro y todos los tormentos de su vida se hubieran sumado en aquel minuto de terrible excitación. Tiró de su revólver, el mismo revólver de campaña que había tantas veces esgrimido frente al enemigo, en la lucha viril, noble y honrosa, hostigado por la lógica y legítima defensa, cumpliendo las inexorables y duras leyes de la guerra… pero, en aquellos mismos instantes, la sonora repercusión del primer cañonazo de la Cabaña, como broncíneo heraldo del épico momento en que una nueva nacionalidad surgía gallarda a la vida de la libertad y del derecho, estremeció hasta la última fibra del corazón del Capitán, quién sobrepuesto instantáneamente, transfigurado por esa especie de reacción sublime que caracteriza el alma de los héroes, midió el abismo que separaba a aquella vida despreciable, convertida ya en un vil despojo social, execrada por su propia monstruosidad, y la grandeza patriótica del acto que había venido a sancionar con su presencia, satisfecho de haber contribuido con sangre de sus venas, y el sacrificio de la vida de sus seres más queridos, al grandioso éxito del mismo.

Y se alejó con premura, con noble gesto de vencedor besado por la gloria entre la muchedumbre enardecida, ganoso de no perder un solo detalle de la escena triunfal inolvidable: —La Bandera Cubana que llegaba al tope del erecto mástil,  en la histórica fortaleza, símbolo por tantos años de la opresión y la tiranía; la gentil enseña de la Patria, redimida y libre, que parecía decir a los doscientos mil espectadores que clavaban en ella sus miradas ansiosas: ¡Paz para los buenos; perdón para los malvados!

FIN

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