¡Pasen, turistas cretinos para que vean el paraíso comunista!

Written by Roberto Cazorla

1 de septiembre de 2021

¿Y se hizo una revolución para que la gente muriera de hambre y por falta de medicinas? ¿Se destruyó al país que era uno de los tres más adelantados del continente para depender de una libreta de racionamiento? ¿Cómo llamarle a un sistema que prohibe la propiedad privada? ¿Convertir a cada ciudadano en alguien sin ansias de vivir, sin ilusiones?

Hace unos días, en la terraza de una de las cafeterías que hay en la esquina donde vivo, me topé con un conocido del barrio hijo de la Gran Bretaña, y, con una sonrisa de oreja a oreja, me dijo: “¿Sabes?, el año pasado estuve en La Habana y siempre que salía a la calle venían muchachos hacia mí y mi señora pidiéndonos un lápiz, chicles, cigarros y hasta me preguntaban si me sobraba un pantalón “pitusa” para que se lo regalara”. El muy H. de la G. P. me lo contaba con una sonrisa como si fuera un chiste, una gracia, una pujanza de alguien tan insensible y miserable como él. La mayoría de los turistas españoles que iban a Cuba antes de la virus creado y repartido en satélites por todo el globo terráqueo por los chinos, y con el propósito de destruir a Occidente, cuando regresaban hacían alarde de las veces que habían hecho sexo y la mayoría con menores de ambos sexos.

Que me critique y ataque hasta “la Virgen María”, pero el odio que siento por todos los turistas inconscientes, crueles y burlones que viajan a Cuba, este que escribe lo menos que les desea es que el avión en el que viajen desaparezca en el mar, que se los traguen los tiburones, que no quede ni el aceite de los motores convirtiéndose en olas.

De entrada, viajar a la isla maldita, es una de las tantas formas de colaborar al manteniendo de la dictadura más sanguinaria que haya existido en el continente americano. El turismo, según afirman los monstruos que desgobiernan la isla, es la mayor divisa que les entra, así como el dinero que los exiliados les envían a los familiares para que no se mueran de hambre. ¿Cómo alguien puede vivir con la conciencia tranquila, dormir en paz, habiendo colaborado al sostenimiento de la manada de asesinos diabólicos que están triturando a Cuba desde hace más de 62 años?

“EDIFICIO MORALES”

Me gustaría saber qué piensan esos turistas cretinos, cínicos y colaboradores de asesinos, cuando aterrizan en La Habana y se encuentran con que no es la capital, sino el Berlín (Alemania) bombardeado durante la Segunda Guerra Mundial. Quisiera que me dijeran cómo se sentirían si tuvieran que levantarse diariamente y cuando miran a su alrededor lo único que ven son escombros, destrucción, miseria y el paisaje más dantesco que ser humano pueda imaginarse.

Y todavía existen muchos que alaban el sistema comunista, que aseguran que es el único en que existe la igualdad, nada de discriminación y que todos tienen agua, comida y luz. ¡Mentira! En La Habana, antes de exiliarme en 1963, viviendo yo en el “Edificio Morales”(Calle N esquina a San Lázaro), distribuían el agua en una “pipa”, y los vecinos tenían que salir con depósitos para poder obtener tan preciado líquido. En Cuba no hay agua potable, para beberla, tienen que hervirla. De lo contrario, la gente se va en diarrea por la calle. No existe medicamento para curar las bacterias que andan en el ambiente capaces de levantar en peso a un hombre.

La Habana: “¡Pasen turistas cretinos para que vean el paraíso comunista!

¿Y se hizo una revolución para que la gente muriera de hambre y por falta de medicinas? ¿Se destruyó al país que era uno de los tres más adelantados del continente, para depender de una libreta de racionamiento? ¿Cómo llamarle a un sistema que prohíbe la propiedad privada? ¿Convertir a cada ciudadano en alguien sin ansias de vivir, sin ilusiones?

El comunismo es tan desastroso, que, en los países que pertenecieron a la ex Unión Soviética, actualmente, exceptuando los “malgobernantes”, el resto de la población vive en una inestabilidad peor que la mona Chita en una cuerda floja. En España, el 90% de los delincuentes, las prostitutas, los chulos, mafiosos, en fin, todo lo que resulta furrumaya, son de esos países. Y es que el comunismo ni siquiera, si se termina, deja a los pueblos preparados para seguir luchando como Dios manda. Al contrario, los deja enfurecidos y cada ciudadano es un manojo de maldad, deseos de destrucción y carente del más mínimo sentimiento humano. Así deja el comunismo a sus manadas de víctimas: hechas tremenda plasta.

“NI FU, NI FA”

Soy tan anticomunista, odio tanto a los comunistas, que, si me regalan el Kremlin para que visite Rusia o cualquier país de la Europa del Este que estuvo dominada por los soviéticos, digo que: “Nananina, jabón Candado”. Ni muerto sería capaz de pisar uno de esos asquerosos países, me defeco en la historia de cada uno y me los paso por mi Arco de Triunfo.

Lamento que la mayoría de la gente (sobretodos los frívolos que le llevan divisas a los cerdos cubanos), de acuerdo a la velocidad que avanzan los chinos, “nadie quedará libre de pecado”, que a “Cada santo le llega su día”, “Que el mundo gira, gira y gira sin que nos demos cuenta”. “Que el que la hace, tarde o temprano la paga”.

“No sé…, yo a la destrucción de La Habana le encuentro mucha poesía. Es interesante porque tal como está ahora, es la señal de que allí hubo grandes cosas”, me dijo otro español hijo de su madre. “Si ves en La Habana tanta poesía, ¿por qué no te vas a vivir a ella, y quizás allí te conviertas en otro Lezama Lima? Le subrayé. Claro, “una cosa es con guitarra y otra con bandurria”. Quizás los cubanos de las últimas dos o tres generaciones, al despertarse y salir a cualquier calle de La Habana, no les dirá “ni fu, ni fa”. Pero, ¿aquello que conocieron ala que fuera la capital más importante de todo el Caribe, seguramente que, al salir de su casa, el corazón se les caerá a los pies, y rápidamente se convertirá en el más gigantesco signo de interrogación. Si a mí, desde este otro lado del planeta, ver La Habana en fotografía, me cuesta creer que sea la mismo que yo disfruté y que fue la Reina de la Perla de las Antillas, ¿de qué tamaño será la angustia del que se mueve en tan desdichado escenario?

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