PARÍS Y UNA CIRCULACIÓN ARTÍSTICA QUE FUE: 1945-1972

5 de octubre de 2022

Acaba de comenzar en el Museo de la Historia de la Inmigración la exposición «L’art migre à Paris et nulle part ailleurs 1945-1972», un título que llevado al castellano es algo así como «El arte de 1945 a 1972 se fue hacia París y no a otro sitio». Estará abierta al público durante cuatro meses en el fastuoso edificio ubicado donde a la altura de la Porte Dorée comienza el Bosque de Vincennes. Ese palacio, que por sí mismo merece ser visitado como la joya de art déco que es, portaba un nombre hoy impresentable cuando en 1931 fue inaugurado: Musée des Colonies. Los tiempos han cambiado, aunque cabe decir que entre las dos guerras mundiales del siglo pasado las élites en Francia, sobre todo los políticos y los militares, no parecían estar comprendiendo de qué manera y a qué velocidad, estaba el mundo transformándose y dejando en la cuneta de la historia a los antiguos imperios.

Quienes de conformidad con lo que vimos en sus salas sí lo habían comprendido fueron los cientos de creadores de arte, de literatura y de música que por entonces pusieron proa a París. Vinieron de todas partes para intentar desarrollar sus talentos y sus cuitas en esta ciudad. Más tarde se produciría una metamorfosis a partir de la década 1970 con Londres y New York desplazando a la capital francesa. Pero ese no es el hilo conductor de esta singular exposición. Sus organizadores seleccionaron 24 entre aquellos forasteros. Hay entre ellos españoles, latinoamericanos y dos representantes del Caribe: el haitiano Hervé Télémaque y el cubano Wifredo Lam. De acuerdo con lo que explicó Jean-Paul Ameline, su curador, hubo una cierta arbitrariedad en cuanto a cantidad y a personas escogidas, pero si en lo primero se adaptaron al espacio disponible en lo segundo está claro que se plegaron sutilmente a lo políticamente correcto a la manera de los años 2020. O tal vez no tan sutilmente teniendo en cuenta los eventos que previamente han sido presentados al público en el mismo escenario.

Si por una parte todo artista tiene como necesidad existencial aquella que lo hace confrontarse a predecesores y homólogos, por otra tratan de mejorar su producción en aras de valorizar su expresión y sus logros cara a sus pares y al mercado. Como diría un filósofo, «no solo de arte vive el hombre». Y es así como el público estará aquí ante la panorámica de cien obras de estos famosos pintores y escultores, casi todos desaparecidos hoy. Llegaron a París durante o después de la Segunda Guerra Mundial y no necesariamente permanecieron para siempre en Francia, país con el cual mantuvieron para siempre un conductor nexo vital.

El recorrido está organizado en cuatro secciones: exilio; intercambio con el país al que llegaron; reconstitución de la manera propia de hacer a partir de ese momento de cambio; y finalmente constitución de una nueva ejecutoria común a pasado y presente respectivos. Esta más que claro que a cada uno de los seleccionados correspondió una forma diferente de rehacer su vida en París, ciudad capital que en plena Guerra Fría se reconstruía en una Europa deshecha, recién salida de la hecatombe originada por las guerras, pero que comoquiera ofrecía posibilidades ilimitadas al talento creador.  

Gracias a becas que las instituciones francesas distribuyeron generosamente en decenas de países, llegaron a París los Seguí, los Cruz-Diez, los Soto y los Lam. Se integraron a americanos, ingleses, japoneses, norafricanos y en fin a un cosmopolitismo resplandeciente que circulaba entre Montparnasse, Saint-Germain-des-Près y Montmartre, a través de museos recién abiertos al público, atelieres, cafés, cabarés y teatros. Todo un ambiente generalizado que propiciaban ferias y reuniones ininterrumpidas que coadyuvaron a abrir el mercado pese a los límites económicos que se experimentaban por la reconstrucción que la posguerra imponía.

Wifredo Lam está representado con tres telas al óleo, una monografía y un corte fílmico de tres minutos tomado de un documental que la televisión francesa le consagró en 1970. Hay tomas en su natal Sagua la Grande, su parque y el centro, el puente de hierro sobre el río y al final el pintor aparece tocando a la puerta de la casa donde nació en 1902. 

De entre las obras presentadas me quedo gustoso con la de Antonio Seguí que murió recientemente a los 88 años en Argentina. En una tela de gran tamaño (Cuando te vuelvo a ver, 1985) su personaje protagónico, él mismo que ignoro el por qué nombró «Gustavo», tiene los pies en París, el centro del cuerpo representado como espacio blanco en ninguna parte y la cabeza repetida por todo Buenos Aires.  Pretende así mostrar que doquiera que al emigrar haya estado y vivido, el alma de un ser no abandona jamás el terruño natal. De hecho, un poco como que expresando de tal suerte mi propio sentimiento.

Se trata ésta de una exposición para observar, para disfrutar y para meditar por intermedio de un genio creativo colectivo que durante el período propuesto anidó de manera muy singular en París. Estará abierta al público hasta el próximo 22 de enero.

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