PARÍS CON Y SIN MISA EN LA ROTONDE

8 de noviembre de 2022

Si no hubiera venido a dar con mis huesos a París hoy podría estar glosando acerca de algo ocurrido junto al gran kiosco de frutas que estuvo hasta poco después del Armagedón castrista encima de la acera, en San Rafael y Monserrate a un costado de la Manzana de Gómez. O si no, entrando más en la Habana Vieja, bajo el soportal del restaurante La Maravilla que reinaba en la calle Villegas a la altura de la Plaza del Santo Cristo, dos lugares habaneros que mi padre frecuentaba en los años 1950. Solía él confiar su automóvil a los parqueadores -de aquellos que le voceaban un «dócto» a sus clientes- que conocía antes de continuar a pie camino a su trabajo en el Ministerio de Hacienda. Pero como el Diablo me hizo huir de la isla me recordé esta semana no del Viejo sino de un paisano, músico para más señas, entrando conmigo tiempo atrás en La Rotonde, uno de los café-restaurantes más mentados durante generaciones en esta capital.

Como trabajé 31 años en Montparnasse, barrio de la ciudad que no siendo lo que fue y lo que significó tiempo atrás sigue teniendo un aura y un chic que lo hacen singular, conozco bastante bien sus recovecos. Con la pandemia del Covid que ha estado condicionándolo a uno, hacía tiempo que no iba al lugar, sobre todo porque ya no está más Raoul Gaiga, que era el chef del hotel donde laboré. Era tan amigo mío como del también fallecido Nino Pernetti que no pensaba que iría a vivir a Miami.  Con ambos empujé las puertas del mítico lugar más de una vez para saborear los platos preparados por George Tafanel, un cocinero que con su savoir faire había hecho del bistrot un templo de la cocina francesa. Raoul y Georges eran horcones de una asociación de chefs de corte elitista en la cual representaban respectivamente las vertientes marsellesa y auvernesa del arte culinario. 

Sin embargo, no estaba pensando en tales antecedentes cuando me trajeron el plat du jour de los jueves, un corte de gigot de cordero, carne crujiente de sabor único y bien cocinada que sirven con una salsa y un puré de papas antonomásicos, sino surgió en mi memoria un café que me tomé en la misma terraza una tarde cualquiera a fines del año 1994.

El fin de semana anterior a aquel día yo había ido a escuchar a una cancionera cubana muy mentada de cuyo nombre no quiero acordarme que conocía de La Habana, de por los años 1960. La susodicha diva era prácticamente mi vecina, pero en cuanto a músicos y deportistas célebres quienes vivíamos por Centro Habana nos codeábamos con decenas de ellos sin prestarles atención. Uno se cruzaba en las calles con casi todo lo que chispeaba en el cotidiano de los cubanos. A mayor abundamiento las estaciones de radio y de televisión con sus estudios-teatro estaban todas en el área, con la escalinata universitaria sirviéndoles de pivote. No nos percatábamos de ello que conste, ni nos venía al espíritu que vivíamos algo significativo. Tal vez porque éramos jóvenes, indiferentes e irresponsables. Todo a la vez. No sé. Pero aquella presentación cerca de Bastille a la que me invitó el director de Radio Latina propició encuentros ya terminada la función.  Salió Quillo entre otros, un antiguo conocido «de los años».  Hijo de Alejandro García Caturla, cuyos descendientes heredaron todos parte de los dones musicales paternos, había venido puntualmente desde México, hecho los arreglos y dirigía la guerrilla acompañante para la semana parisina de la cancionera.  Me reconoció, hablamos de viejos tiempos compartidos con sus hermanos Ramoncito y Teresa en el Barrio del Pilar, y de inmediato me lanzó el clásico «¿cómo te va, Gustavito?

Cuando le dije que trabajaba en un hotel por Montparnasse me contó que pese que contaba solo 11 años cuando el asesinato del padre recordaba que aquél mentaba dos cafés, La Coupole y La Rotonde, en ese barrio. Los había frecuentado en sus breves visitas al París de 1928 y de 1929. «Me gustaría sentarme a tomar un café allí igual que hizo él». Fue cosa hecha dos días después y empezamos por entrar al primero que es una brasserie presente en todos los relatos que aluden a la Belle Epoque. Al entrar se puede ir con la imaginación mucho más atrás hasta Lenin y Trotski, más decenas de otras celebridades como Modigliani, Picasso, Hemingway y Josephine Baker. Cruzamos a continuación el bulevar y nos instalamos cerca de la barra de La Rotonde, no ya para un café porque pedimos una copa de vino blanco. Del otro lado de la vidriera nos miraba Balzac de medio lado, imperturbable testigo de bronce, estatua que hizo Rodin y que la ciudad colocó para siempre en 1939 en el terraplén medianero del Boulevar Raspail.

Como es natural Quillo, ya fallecido, sabía mucho más de las andancias paternales en Madrid y en París que lo que yo había leído en las monografías a él consagradas.  Curioso destino el de aquel hombre genial que está para siempre en el panteón de la música cubana. Ya consagrado como compositor inigualable había venido a Francia para intercambiar con la afamada compositora y profesora de armonía Nadia Boulanger. Se sabe que fue recibido por ella en la academia que mantuvo abierta durante décadas en su domicilio del barrio de Pigalle.  Muchos años más tarde tocaría a sus puertas otra cubana, la santiaguera Numidia Vaillant que como no retornó a Cuba después de 1959 ha sido borrada de la historia cubana por los censores del régimen. 

A París venía todo el que podía. Eso continuó hasta el advenimiento del castrato. Al final de la presidencia de Gerardo Machado muchos estudiantes universitarios fueron enviados por sus familias a España y a Francia. Aquí terminó la carrera de medicina Pepe Chelala Aguilera, por ejemplo. Después de 1957 ocurrió lo mismo cuando la Universidad de La Habana fue clausurada por Fulgencio Batista. Francia fue siempre generosa a la hora de dar visas a los fugitivos y pruebas de ello constan en los archivos de Exteriores. Pero el que mejor reportó la época fue Ramón Vasconcelos que nombrado precisamente por Machado ejerció de 1927 a 1933 el cargo de attaché comercial de Cuba en cuatro países con residencia fija en París. Aquí estaba cuando García Caturla vino. Y que se sepa no lo mentó porque se decía crítico acerbo de su música innovadora. Pese a ese lapsus voluntario las crónicas que enviaba a diarios de La Habana desde Europa, su manera de ver la sociedad francesa de entonces constituyen una referencia cuya alusión en aquél encuentro con Quillo amenizó el encuentro en La Rotonde. Ya yo poseía el ejemplar del libro París bien vale una misa, publicado en 1938 después de la tempestad machadista. 

Todo ha cambiado. «La tolerancia y la sonrisa son también atributos de la Ciudad Luz» escribió un día Vasconcelos. Ya no era lo mismo cuando hace veinte años coincidí con Quillo García Caturla, excelente trombonista y mejor amigo. De traspiés en traspiés las cosas han seguido evolucionando para peor con nuestra civilización y nuestras expectativas en medio de la regresión que todos contemplamos con incertidumbre. La frivolidad del Montparnasse aquél quedó atrás, pero siempre conservamos como inmutable testigo La Rotonde, y su gigot los jueves al mediodía. Algo es algo.

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