Panorama de los exiliados cubanos en Miami (IV)

Written by Libre Online

16 de abril de 2024

(Apuntes Publicados en 1934)

ERNESTO SARRÁ

Ernesto Sarrá es otro de los ricos cubanos que viven en Miami. Según sus íntimos no volverá a Cuba más que ocasionalmente. Se ha instalado aquí, hombro con hombro, a los más poderosos millonarios de Norteamérica. 

Su palacio de “Miami Beach” es de los mejores. Pagó por él seiscientos mil pesos. Posee otra residencia suntuosa en el barrio exclusivo de la ciudad de Miami. Compró una tercera casa campestre en Long Beach y un hotel en la calle Flagler. Sarrá vino a Miami huyéndole a la revolución. 

Los hombres que derribaron a Machado entienden que el droguero de la calle de Teniente Rey es demasiado rico, que ha hecho su fortuna fabulosa arruinando y despedazando a centenares de cubanos y extranjeros, y que debe devolver un poco de lo que detenta hoy.

Inconforme con este razonamiento, Sarrá abandonó furtivamente La Habana y vino a esta tierra del capitalismo, del sentido conservador tradicional inglés, de respeto a la individualidad pujante y poderosa, y ha comenzado a poner en práctica los mismos procedimientos que le conocen los habaneros. 

Su cuenta corriente en el Primer Banco Nacional de Miami pasa de un millón de pesos y se ha asociado con otros banqueros para asegurarse las utilidades de los grandes negocios que controlan los millonarios de Wall Street.

En una conversación con nosotros, manifestó que las perspectivas económicas de Cuba eran muy oscuras, que no había garantías para las inversiones y que no estaba dispuesto a que se interrumpiera, por exaltados y arribistas, el libre desenvolvimiento de sus capitales. Trabajaré en Estados Unidos concluyó, y la expresión de su rostro decía más de su resolución que las mismas palabras pronunciadas.

Pero los miles de casas y otras propiedades de Sarrá están en Cuba, y ahora parece que los cubanos se sienten dispuestos a ajustar cuentas a cuantos usaron de la arrogancia de su poder para enriquecerse desmedidamente.

MACHADO

Al hombre que se le suponía más dinero en Cuba, a quien se le adjudicaba un depósito de Diez Millones de libras esterlinas en el Banco de Londres, parece que no anda muy bien de dinero. O posee un talento excepcional para ocultar la verdad de su fortuna, o ésta no existe más que en la imaginación de los que juzgaron por la apariencia de Rancho Boyeros, la finca “Nenita” y otras manifestaciones de “Nuevo Rico”.

A Machado se le atribuían entradas por estos conceptos: ochocientas colecturías, presupuesto interior de la Renta, 20 por ciento de las utilidades del trust del ganado, una cuota de la Compañía Cubana de Gas y Electricidad y una participación en el margen de las subastas de las Obras Públicas, incluyendo la Carretera Central. Tres o cuatro millones de pesos al año. Un gran total, en ocho años, de veinticuatro millones. ¿Tiene esa cantidad? ¿La perdió? ¿Nunca la tuvo?

La paciencia, pregonada hasta por sus enemigos más encarnizados, es que no cuenta ni con lo suficiente para sostenerse en un plano de hombre rico modesto, frugal y de gustos sencillos.

Los que lo acompañaron en la odisea de Rancho Boyeros al Canadá, por Nassau, aseguran que no llevaba más dinero que unos sesenta mil pesos, y que su necesidad económica en el Dominio Inglés y posteriormente en territorio norteamericano, lo obligó a echar mano de lo único que se le supone tiene. Esto es: los valores depositados en una caja privada del Banco Comercial.

 COMO OBTUVO ESTE DINERO

Según confesión del propio Machado, los valores depositados en el Banco Comercial ascendían a unos ochocientos mil pesos: cuatrocientos cincuenta mil en bonos de Obras Públicas, y el resto, hasta la cantidad total, en joyas de su familia. Apremiado por la necesidad de efectivo, trató de obtener, por conducto de sus amigos A. Maestro y Panchito Machado, gerentes de la firma Mestre y Machado, los valores y joyas depositados en el Banco. Para ello se empezaron negociaciones con el Administrador de la institución de crédito, señor Zalaya. Este accediera a consentir la extracción de los valores mediante un descuento a su favor ascendente a ciento cincuenta mil pesos.

Es bueno que el público sepa que las cajas de seguridad privada de los bancos disponen de tres llaves: dos que se le entregan al arrendatario y una que guarda el administrador del establecimiento. Para abrir las cajas de seguridad se necesitan las tres llaves. De aquí la actitud del señor Zalaya. La amenaza, que pesa sobre todos los bienes de Machado y el peligro que corría, durante el gobierno de Grau, quien ayudara al expresidente a recuperar alguna parte de su fortuna decidió al señor Zalaya a compensar el riesgo de su intervención con una cantidad equivalente al valor del servicio que iba a prestar.

Convenido el pago de los ciento cincuenta mil pesos, el general Machado envió a los señores Mestre y Machado las llaves de la caja privada. Pero, en los mismos momentos en que llegaban a La Habana, el Gobierno del doctor Grau, por medio de una resolución judicial, selló el apartamento de Machado e hizo imposible la obtención de los valores guardados en el banco.

Pero el exilado de Nueva York necesitaba dinero. Había invertido ya el resto de los sesenta mil pesos que sacara de Cuba, y apremió a los señores Mestre y Machado que hicieran todo lo posible por conseguir las joyas y los bonos, pues era lo único con que contaba para vivir.

En sus gestiones los señores Mestre y Machado se pusieron en comunicación con una persona influyente del gobierno del doctor Grau. Este personaje pedía trescientos mil pesos por afrontar la responsabilidad de la violación del sello. Hubo regateos, discusiones, revalorización de los bonos que habían bajado hasta treinticuatro puntos, perdiendo más de la mitad de su valor nominal y se llegó a un acuerdo: ciento cincuenta mil pesos para el intrépido solucionador del problema y el consentimiento del señor Zalaya de prestar su cooperación. Se esperaría una oportunidad.

El instante psicológico llegó en la mañana del ocho de noviembre. Los abecedarios y el doctor Iturralde habían dado el golpe que puso en su poder casi todas las estaciones de policía de La Habana y el Gobierno confrontaba la concentración de fuerzas en el Castillo de Atarés. Todos los elementos y pensamientos de los revolucionarios estaban fijos en la batalla que se iba a librar en las laderas de la famosa fortaleza. Nadie tenía ocasión de pensar más que en los muertos, los heridos y la batalla. Sin embargo, los hombres comprometidos a sacar el dinero de Machado, se deslizaron bajo la cortina de metralla, llegaron al Banco, abrieron la caja, sacaron las joyas y los bonos y volvieron a poner el sello casi en la misma forma que lo encontraron.

Hoy, la caja de seguridad tiene la misma apariencia del mes de agosto, pero sin joyas ni valores dentro.

El personaje del Gobierno de Grau cobró los ciento cincuenta mil pesos. Es posible que Zalaya haya obtenido también su parte, y Machado dispuso del único efestivo que se asegura tiene.

Las personas que conocen la tramitación de este negocio, sostienen que si Machado contara solo con una décima parte de la fortuna que se le atribuye ni le hubiera ocupado de los valores guardados en el Banco Comercial y menos pagar una prima tan alta por el placer solo de tocar con sus manos esos certificados de Obras Públicas.

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