Panorama de los exiliados cubanos en Miami (III)

Written by Libre Online

9 de abril de 2024

(Apuntes Publicados en 1934)

Han pasado quince días desde la toma de posesión del coronel Mendieta. Los periódicos de esta localidad y los de New York han publicado un resumen de los Estatutos Constitucionales, y los decretos que tienden a normalizar la vida civil de Cuba, con su consecuente espíritu de tolerancia y reconciliación. 

Sin embargo, la colonia cubana residente no parece disminuir. Tampoco cede un ápice la tensión expectante que encontré al llegar a ésta, y la conciencia de lucha acecha la oportunidad de poner todas las cartas sobre la mesa y hacer un análisis de responsabilidades, agravios e injusticias. 

Este hecho me llamó principalmente la atención en el grupo abecedario. No obstante que Martínez Sáenz es parte del gobierno “Conjunto Revolucionario”, que los líderes de la agrupación embarcaron para La Habana, subsiste en Miami el esqueleto y los cuadros bélicos que los bravos muchachos habían acumulado para caer un día sobre el gobierno de Grau e imponer, por la fuerza; la modalidad psicológica de sus aspiraciones y el imperativo de cubanización de la manera que lo entienden y sienten.

Aquí está, como en los ejércitos de reserva, la armazón del programa que se propuso desarrollar en un futuro más o menos inmediato. En las naves de los aeródromos descansan los aeroplanos de bombardeo, de dos motores de quinientos caballos, iguales a los de la armada norteamericana. 

En el canal Sur de la ciudad, junto al muelle de la carretera que comunica con Key West, reposan los dos barcos que estuvieron listos para aparecer, con su apariencia inofensiva, frente al Morro habanero, repletos de expedicionarios y de artillería disimulada. 

En las afueras del perímetro urbanizado, fieles guardianes de Botet, Lagueruela, Castellanos y Bienvenido Martínez, cuidan de los campamentos, de los polígonos de ejercicio y de los campos de tiro. Estibas, cubiertas de encerados, hablan a la imaginación de fusiles y ametralladoras engrasadas y cajas de municiones.

Estos preparativos inducen a suponer que el A. B. C. estima que su hora no ha llegado y que está listo para que suene en el reloj del tiempo y de las realidades nacionales.

LOS MACHADISTAS

Lo que más ha llamado la atención es la pobreza extrema de los hombres que pertenecieron al régimen de Machado. 

La prensa de Cuba pregonó durante años que la oligarquía machadista, principalmente Pepito Izquierdo, Carlos Miguel de Céspedes, Viriato Gutiérrez y algunos otros, con inclusión de los militares de alta graduación y gobernadores, habían acumulado grandes fortunas, repartíanse los “márgenes” de las subastas de la Carretera Central, del Capitolio, de la modernización de la Habana. 

Yo era uno de los hombres que creía en las fabulosas riquezas de Machado, de Carlos Miguel, de Viriato, de Pepito Izquierdo. Con excepción de Viriato Gutiérrez, que jugaba a la bolsa, con la forma de los decretos de restricción y señalamiento de las fechas para las zafras, ganándose, en veinticuatro horas, millones de pesos, es muy difícil que Machado y Carlos Miguel puedan demostrar hoy que tienen dinero ni en una décima de la proporción que se les atribuye. “Pepito” Izquierdo es un indigente más de los que llenan las calles y suburbios de la gran ciudad de los millonarios.

LOS RICOS

Los machadistas ricos son unos pocos y no llegan a la media docena, y casi ninguno figura en la relación mental que cada cubano se había hecho a principios del año Treintitrés. Son: Alberto Herrera, Sebastián Planas, Alberto Barreras y Manuel Villapol. El general Herrera vive en Jacksonville, en una principesca residencia de la parte Oeste de la ciudad. Allí está con toda su familia, con el boato que le contemplaron los habaneros; numerosos criados y tantos automóviles como personas le rodean.

Sebastián Planas reside en las afueras de Miami, junto a la carretera que une la ciudad con el hipódromo “H. Park”. Es una casa herméticamente cerrada, con un negro uniformado a la puerta que no habla español. Es inútil que usted pregunte allí por el nombre del exdirector de la Renta. Alberto Barreras ha escogido, para consolarse de las amarguras del exilio, uno de los lugares más paradisíacos de Miami: la Playa, “Miami Beach”, a un kilómetro del palacio de Firestone, el magnate de las gomas de automóviles. Es una casa jardín, con palmeras llevadas expresamente del Valle de Yumurí, con macizos de amapolas y tejas coloniales de Cuba. Al frente, se dilata la inmensidad del mar, con su sugerencia de camino abierto a todos los confines del mundo y, también, con su realidad de corriente del Golfo que ha pasado por La Habana, rozando casi los arrecifes que defienden los baños del Vedado. 

Algunas veces, Barreras mira la masa azul de las aguas, fija su vista en trocitos de madera, en grupos de algas flotantes, en manchas de aceite, y se le antoja que pasea su humanidad a lo largo del Malecón, en el automóvil que condujera tantas veces a Clemente Vázquez Bello, sucesor de éste en la presidencia del Senado, en el manejo del presupuesto, en la jerarquía máxima legislativa del país.

MANUEL VILLAPOL

El tercero de los ricos es Manuel Villapol, el cordial “Manolo”, que tanto conocen mis compañeros periodistas de La Habana. “Manolo” era el refaccionador oficial de Machado y Viriato. El manejaba el presupuesto secreto del Palacio Presidencial y la Renta de Lotería. 

En sus oficinas de la calle Aguiar estaba toda la documentación, relaciones de nombres, de cantidades y los expedientes que comprueban el reparto de los miles de pesos que se hacia mensualmente a periodistas, políticos, agentes secretos de la policía, oficiales del Ejército, damas encopetadas, mujeres de la clase humilde y delegados del Gobierno en el extranjero. Villapol cargó con estos documentos y los tiene en Miami. ¿Cuántas sorpresas en estos viejos papeles machadistas?

“Manolo” vive en una de las islas encantadas que colman de belleza la enorme bahía de Miami, cerca de las otras islas que han popularizado Al Capone, Rockefeller y los demás dueños del dinero norteamericano. 

Hombre de negocios, puso en movimiento enseguida sus reservas de oro y maneja, en estos momentos, uno de los cabarets más famosos y exclusivos de Miami. Un cabaret donde se ha acumulado cuanto pueda hacerle creer al norteño de Chicago que está en un pedazo de la tierra, cubana: son de Oriente, rumberos habaneros, perfume de jardín vedadense y ron Bacardí. 

Cien mesas rodean el salón de baile, llenas constantemente, desde las once de la noche hasta has cuatro de la madrugada. La copa de licor más barata cuesta un peso. Villapol el Hombre de negocio donde quiera que se halle y, como en La Habana, sigue siendo amigo de periodistas, políticos y cuantos se le acercan. No ha perdido la costumbre de dar, aún cuando ahora es de su bolsillo o el de los clientes de su cabaret.

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