Panorama de los exiliados cubanos en Miami (II)

Written by Libre Online

2 de abril de 2024

PALENQUE DE 

MILLONARIOS

Miami es una ciudad de lujo, que vive del turismo y del juego, organizados perfectamente. La “temporada invernal” dura tres meses apenas, y es entonces que todas las artes encaminadas a divertir al hombre, se exhiben en loca vorágine, con ese aire de cosa vertiginosa y superficial que tiene siempre la vida americana.

El resto del año, Miami abandona sus arreos de lujo. Las casas vuelven a despintarse, las alfombras a deslucirse se cierran los dogs-tracks, se vacían los restoranes y, a las estridencias del saxofón y las alegrías efímeras de los cabarets, sucede la modorra provinciana. La ciudad ya envolviéndose lentamente en la suave tristeza y en la dulce opacidad de las cosas que fueron.

Aunque la instrucción pública está muy bien cuidada aquí, como en el resto de los Estados Unidos, no hay bibliotecas públicas, excepto una, muy sumaria, para señoras, establecida en un rincón de la playa, y adonde no va nadie. Tampoco existen librerías al estilo nuestro, o sea establecimientos expresamente dedicados a la venta de libros. Donde únicamente se pueden comprar es en las boticas, pero eso contando con que el lector sea muy poco exigente, pues se trata de obras de imaginación, sin valor literario alguno, casi siempre viajes fantásticos o aventuras de detectives y ladrones. Ya en las cubiertas de colores chillones, con dibujos llamativos y espeluznantes titulares, nos rebelan enseguida qué clase de libros son éstos: literatura de a tanto la línea, sin médula, escrita para gentes que no aspiran a pensar, sino a entretenerse. El yanqui medio no lee libros serios, ni es hombre de Biblioteca. Prefiere la lectura de los magazines, que son muy buenos y baratos, y que bastan a satisfacer, con la breve ojeada al periódico diario, sus apetitos intelectuales.

CABARETS, TRACKS, 

PLAYAS, CASINOS

Ciudad hecha para el placer, para el goce de los sentidos y el olvido de los años de trabajo, sus mánagers la han colmado de cuantos medios de seducción pueda imaginar un interés especulativo. 

No hay bibliotecas, pero sobran los cabarets, desde el relativamente modesto de un peso la entrada hasta el prohibitivo “Rony Plaza”, de acceso sólo para los millonarios; los casinos de juegos, donde, bajo la protección del Estado, los turistas pueden hacerse la ilusión de que algún día se les presentará la oportunidad de ganar miles de dólares; playas interminables, libres, atendidas, repletas de bañistas, desde el amanecer hasta muy entrada la noche; canales, rodeados de jardines, de residencias suntuosas de campos de golf, por los que se deslizan, durante las veinticuatro horas, pequeñas y grandes embarcaciones con parejas de enamorados, grupos de juerguistas “alegres” o familias burgueses; hipódromos para carreras de caballos y de perros; salas de bailes; centenares de yates privados y de alquiler, para producir, en quienes los utilicen, la impresión de sentirse tan poderosamente ricos como los verdaderos amos del dinero: licores, música, ruletas, confort y comodidad. Esto es Miami.

SIN EMBARGO, 

PROLONGACIÓN DE 

LA HABANA

Física y políticamente, Miami es una prolongación de La Habana, El mismo cielo azul, la palma real irguiendo sus penachos en una atmósfera límpida y perfumada, sin contar con que fueron traídas de Cuba y que a todas- horas cantan sus nostalgias en los jardines del “Bay-front”, muchos cubanos por doquier, y naturalmente, muchos chismes.

Hay también varias repúblicas, según la afiliación política de cada grupo. Hay, ya casi desaparecida, la república abecedaria, compuesta, claro está, de abeceístas, que se distinguen por su bigotito recortado, y que tiene su sede en el hotel “Mac Crory”. Un hotel barato como para gentes que estuvieron en el poder sólo 23 días, inolvidables para ellos, y también para el país.

En este mismo hotel, y anteriormente, se hospedaron el doctor Grau San Martín, doctor Carlos de la Torre, y otros de los elementos del “gobierno auténtico”.

Frente al “Mac Crory”, hace poco, unos pistoleros y los agentes de la autoridad ventilaron a tiros—como en La Habana— sus cuestiones de prevalecimiento, y resultó muerto un policía.

La semana pasada reuniéronse ante la puerta el General Alberto Herrera, sus hijos “Fifo” y “Albertico” y algunos amigos suyos, y hubo que realizar grandes esfuerzos para evitar el ataque que les iban a hacer los revolucionarios.

PANORAMA DE LOS 

EXILADOS CUBANOS EN MIAMI

Hay la República de los ex-oficiales, mucho más modestamente instalada en campamentos improvisados en las afueras y con el maneje medio civil y medio militar de los boy-scouts, cocinando su propia comida, lavando su ropa, y soñando, como los descamisados de Napoleón frente a la próvida campiña italiana, que el enemigo.  … lo tiene todo y que hay que ir a quitárselo… ¿Cuándo y cómo?, es lo que no se sabe; pero si toda esta gente no tuviera por delante el risueño horizonte de la esperanza, muchos se suicidarían. Esa esperanza les parece sencilla y fácil, tal vez porque ya están un poco desconcertados, fuera de su propio medio, y consiste en derribar a Batista. El huevo de Colón, como si dijéramos.

Sin embargo, algunos exoficiales se conforman con poder regresar a Cuba y que se les permita trabajar.   Muchos   lo han hecho. Otros, creen que pueden volver al ejército, aunque Batista siga mandándolo. Los más, no transigen, y quieren una ocasión que les permita probar su coraje. 

MENOCAL 

Hay la república menocalista—no obstante, el éxodo de los que han ido para Cuba—, que también se alimenta de parecido ensueño y que se presenta con fausto, pulida y elegante por aquello de que “siempre vivo con grandeza quien hecho a grandeza está”. El general Menocal parece un millonario más, uno de tantos príncipes de la Banca o de la Industria, que vienen a calentar sus viejos huesos en la atmósfera tibia de Miami. Vive en una hermosa casa, lujosa y alegre, hecha como   para cultivar  esperanzas  doradas y mantener el espíritu en una perspectiva de  raro  optimismo.  Cuba puede sentirse tranquila si se piensa que los planes de futuro gobierno elaborados en el encanto de estos jardines, risueños, y de estas terrazas tan amplia,  tienen que conducir forzosamente a  la  felicidad  del país. 

MIGUEL MARIANO

Había la república de Miguel Mariano, hoy trasladada al viejo baluarte marianista del Ayuntamiento de La Habana. Era una república más imaginativa que real; algo así como una Andorra de bolsillo que iba de uno a otro lado, como un pájaro loco, sin saber dónde posarse definitivamente. Cantó en la enramada menocalista, en las arborescencia abecedaria, y ha vuelto a sus feudos de grandeza, donde se extinguirá como los hondos de primavera. 

LOS MACHADISTAS

Hay la República de los exilados del Machadato, que dejé de intento para lo último, porque es mucho más compleja y abigarrada, y no resulta fácil definirla. Para intentarlo hay que ir con pies de plomo, pues con facilidad se presta a error la interpretación de su conducta. No todos piensan lo mismo, ni alimentan iguales ideales, ni se proponen idénticos fines.

Menocalismo, abeceísmo y muchos antiguos oficiales piensan en la misma dirección. Piensan que los actuales gobernantes—Mendieta y Batista—les han escamoteado un poco al fruto de sus actividades revolucionarias. Se me figura que con esta gente no hay que contar para una obra de paz si no se comienza por entregarles la totalidad del poder, que es su aspiración.

A los antiguos elementos del Machadato, ya no es tan fácil clasificarlos, porque no todos quieren lo mismo. Lo hay que sólo desean ser olvidados, y viven oscuramente, desperdigados y con nombres supuestos en distintos rincones de la Florida. Los hay que también se sienten revolucionarios y aspiran, no tanto a reconquistar las posiciones  perdidas, como a vengar los agravios recibidos y gozar, a su vez, del espectáculo de ver correr al adversario. Los hay sinceramente enemigos de que se siga derramando sangre cubana—como Felo Guas—cualquiera que sea el pretexto que se invoque, y que estarían dispuestos, si no se les acorrala y se los obliga a pelear, a restablecer la concordia nacional, a cambio simplemente, del derecho a vivir en un plan de igualdad entre sus conciudadanos. Consideran que, sobre la base de una gran amnistía moral y transigencias recíprocas, Cuba estaría en camino de salvarse definitivamente. Los, hay que siguen siendo torvos, malvados y falaces y que parecen definitivamente incapaces de aprovechar las lecciones de la experiencia. 

COINCIDENCIA UNÁNIME

En lo que coinciden todos los exilados machadistas, y por cierto, que resulta muy curioso anotarlo, es en la unánime repulsa a todo recuerdo de Machado. He observado que, en muchos, no es ya calculada y política, sino fisiológica. Algunos no se ocultan para exteriorizar esta repugnancia, y cuando se invoca su recuerdo, sonríen desdeñosamente y se apresuran a pasar a otro tema de conversación. Pudiera decirse que llegan un poco tarde estos desdenes: pero no anoto el fenómeno para considerar su oportunidad cronológica, sino como dato elocuente que pinta la incapacidad afectiva del hombre que fue amo de Cuba y se permitió el lujo de tener cortesanos, pero que no supo hacer amigos. Este ambiente de hostilidad contra el antiguo Dictador es tan cierto, y se advierte con tanta facilidad, que, cuando se celebró la asamblea de exilados del régimen machadista, Ferrara no se atrevió a leer un telegrama en el que el general Machado se limitaba a saludar a los asambleístas. 

REFLEJO DEL 

MACHADISMO

Por lo que se refiere a la vida material que aquí llevan los elementos del Machadismo, puede decirse que refleja sobre la historia del régimen derribado todo lo que tuvo de exclusivista, de mezquindad y rapacidad. Los ricos son tres o cuatro, y no precisamente los de mayores méritos intelectuales o políticos, sino los colaboradores y cómplices que constituían, con el Tirano, la pequeña e insaciable oligarquía que. durante ocho años, manejó las obras públicas, las colecturias, las subastas, etc. Los demás deambulan abollados y tristes y rotos, por los restaurantes de a peseta, ofreciendo el espectáculo de una miseria tanto más paradójica y cruel, cuanto que, sobre muchos de ellos, pesa la acusación de haber apoyado al régimen caído, no por convicción política ni por error de juicio, sino por culpable espíritu de lucro.

Lo triste de todo este cuadro que acabo de describir, a grandes rasgos, es que ni siquiera puede considerarse como un período transitorio de la historia política de Cuba. El espectáculo no es nuevo. Hace diecisiete años lo inauguró la ancianidad gloriosa de José Miguel. Desde entonces, el éxodo de cubanos que van y vienen, perseguidos a veces y triunfadores otras, se sucede sin interrupción. Los males de la patria han ido agravándose  y lo que es peor, nadie ha aprendido la lección de humildad y la experiencia dolorosa de este paisaje,  que se prolonga indefinidamente al través de  los  mismos errores y de las mismas luchas, y de los mismos hombres.

(Continuará la semana próxima)

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