NUESTRA CATEDRAL, RECOSTRUIRLA SIN PRISA Y SIN TREGUA

3 de enero de 2023

Atravesar la Isla de la Cité, una servidumbre de paso para quienes vivimos en la capital francesa es una entre muchas opciones utilizadas para pasar por encima del Sena. Pero desde el incendio monstruoso que por milagro no echó totalmente abajo la catedral hace casi cuatro años, cortar camino por la explanada que queda frente al portal de la iglesia hace sentir que le remueven a uno la herida abierta que desde entonces portamos. Me temo que no cicatrizará jamás. Y somos muchos los que esperamos por una explicación que no llega en cuanto al origen del siniestro. Silencio ensordecedor que nadie sabe qué oculta. Lo cierto es que «expertos» sobran en este país y estuvieron hurgando entre los escombros casi tres meses, un tiempo que sumado al que se utilizó para aislar residuos de plomo demoró el comienzo de los trabajos. 

Sea por lo que sea otra vez ha faltado a los fieles la Misa del Gallo del 24 de diciembre. Quiero decir como siempre ha sido, en el interior del templo. A pesar de esa realidad quienes están dirigiendo la reconstrucción comienzan a ver un rayo de luz al final del túnel oscuro. Se afirma que dentro de dos años será posible abrir parcialmente al culto, a pesar de que poner un punto final definitivo a la reconstrucción llevará más. La fecha tentativa dada por las autoridades religiosas y civiles que se ocupan del empeño es la del 8 de diciembre de 2024, Día de la Inmaculada Concepción de María para la cual ya algunos están pronosticando la asistencia del Papa. Será un evento casi planetario para festejar a la Virgen al mismo tiempo que la reapertura del templo y otros actos que a pocas semanas de distancia coincidirán con el inicio del 2025, proclamado Año Santo con su implícito vigésimo séptimo jubileo ordinario en la historia de la Iglesia Católica. Meses antes, a partir del 26 de julio, habrán sido los Juegos Olímpicos París 2024, programa doble en el cual la capital francesa y Notre Dame deberán desempeñar papeles protagónicos observados por el mundo entero. De todo esto nos separa año y medio al comenzar el 2023 recién nacido.

Por el momento los técnicos, los obreros y los dirigentes que están bregando en la Isla de la Cité se focalizan en completar el cierre de la bóveda central, un desafío técnico más entre cientos.  A continuación, será cosa de montar un andamio interior de más de 100 metros de altura que permitirá colocar en su sitio la flecha, con gallo y todo, idéntica a la que cayó deshaciéndose en decenas de pedazos cuando las llamas le consumieron la base en lo más alto del transepto. Muy pocas personas saben que, en ese asunto, el acalorado debate que durante seis meses hubo en cuanto a hacer la flecha igual a la anterior o no, terció a su manera el arquitecto cubano Gilberto Seguí, proponiendo un proyecto que nunca me mostró en planos pero que aparentemente era muy vanguardista. Por lo menos lo intentó, conste así. 

Y no han sido polémicas las que han faltado en todo lo que ha rodeado y sigue rodeando la tan escrutada reconstrucción. Aparte del general Jean-Louis Georgelin, designado por el Presidente Macron para conducir el empeño, reemplazos y cesantías han llovido en los equipos técnicos y hasta en la jefatura eclesiástica directamente implicada. Empezando por el mismísimo arzobispo al cual le sacaron varios trapos sucios y hasta una «relación no muy católica» con una feligresa diez años atrás. La cosa no ascendió al Cielo, pero si a Roma y prestamente el Papa Francisco aceptó su renuncia.

Para no llenar este artículo de nombres les contaré que unos y otros componentes de los equipos que están al timón de la nave (no olvidar que en una catedral es por su morfología eso, un navío volteado al revés) se reúnen cada quince días, un almuerzo de trabajo, detrás del portón de una discreta mansión que el episcopado posee a pocos metros, en la calle Chanoinesse.  Un inmueble que conozco bastante bien, pero esa sería otra historia que no viene hoy al caso.  Reuniones van, reuniones vienen, cosa normal porque se trata de una empresa monumental y vale más trabajar en equipo. 

La cuestión que ha primado a la hora de analizar los más mínimos detalles ha sido respetar la historia y la proyección hacia los siglos que vendrán, pensando ante todo en los fieles, porque hasta el católico más anónimo, considera Notre Dame como «su» iglesia, aunque jamás vaya a escuchar misa en ella. De eso se trata y en esa devoción coinciden las tres cabezas dirigentes: el general, el arquitecto y el rector eclesiástico.  A estas alturas, después de muchos cambios hay optimismo. La cosa esta funcionando y bien. Qué los supersticiosos crucen los dedos.

Ha habido de todo. En un momento dado tocaron a rebato cuando dos iconoclastas del mundo del diseño trataron de imponer unos bancos un poco modernistas, «conectados» al wifi incluso; unos confesionarios estilo Siglo XXI; y otras excentricidades finalmente anuladas. A estas alturas ya las sillas están siendo fabricadas; toda la cantería color blanco necesaria para remplazar las partes afectadas han sido talladas; las imponentes vigas de madera traídas desde el monte firme esperan ser colocadas; y los vitrales fueron limpiados pieza a pieza. Dinero hay y de sobra: la gran emoción suscitada por la tragedia movilizó una filantropía universal sin precedentes.  

Por el momento hay que tener un poco de paciencia. Entramos en la recta final. Como se ha dicho y repetido, cuando sea concluida la catedral será idéntica a la que antes conocimos, quisimos y admiramos. Técnicamente, en lo que no se puede apreciar a simple vista, va a ser ultramoderna, muy luminosa interiormente gracias a la renovada cantería y a los vitrales remozados. Y no dudamos que dispondrá de sistemas de seguridad mucho más sofisticados que los que existían, porque en ese punto hay tela por donde cortar, y existen seguramente cuestiones que no han sido ni aclaradas ni explicadas, como antes anotamos aquí. Luz pues para todo y hasta donde sea posible, que, en la esfera de la arquitectura, inmaculada concepción no hay. Paso a los profesionales, vía a un renacer que esperamos grandioso para nuestra catedral.

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