NOSOTROS LOS PADRES

Written by Esteban Fernández

11 de junio de 2024

Nacen nuestros hijos e inmediatamente, hasta sin darnos cuenta, queremos que el recién nacido nos quiera “igual que a su madre”, y al mismo tiempo deseamos seguir siendo el primer amor de esa recién estrenada madre.

Pero ¿cómo competir con esa bondadosa madre que ha tenido dentro de su vientre a ese hijo durante nueve largos meses, que ha sufrido náuseas, vómitos, dolores extremos de parto, y que increíblemente Dios les ha concedido el honor de poder sacar sus senos y alimentar inmediatamente a ese “baby”?

Y somos torpes, tenemos miedo hasta a cargarlo, por muy fuerte que seamos nos parece que se nos caerá al piso, y hasta los que han participado en guerras se aturden al ver y oler la caca en un culero.

Pero estamos decididos a querer que nos quieran, hasta que descubrimos que es una misión imposible equipararnos con la dulzura, con el amor e intuición maternal de la mujer convertida en madre.

Desesperadamente al fin encontramos un punto a nuestro favor: Mientras todas las madres del mundo pueden asustar a sus hijos cuando se portan mal y logran amenazarlos con el “Deja que llegue tu padre que te va a dar tu merecido” la cubana no tiene esa opción porque descubrimos que una forma de lograr cariño es “no siendo los ogros ni los malos de las películas”.

Y comenzamos, poco a poco, a dejar la disciplina en manos de la madre, pero eso tampoco funciona porque las madres pueden implementar el orden, el respeto, la obediencia cariñosa y sublimemente, un arte aprendido de sus madres.

No nos damos por vencidos y nos preguntamos: ¿Qué puedo hacer mejor que esta bondadosa mujer? Entonces desde que levantan un pie del suelo comenzamos a practicar deportes con ellos, y eso funcionaba en la antigüedad, pero hoy en día las madres modernas son capaces hasta de ponerse a jugar a la pelota, montar bicicletas y las he visto hasta jugando basquetbol con su hijo…

Y acto seguido la lista de los disímiles intentos fallidos que hacemos para lograr emular a las madres harían interminables estas líneas.

Y jamás logramos que un hijo diga: “¡La verdad es que tú eres un millón de veces mejor conmigo que mi madre!” Es más, si lo dijeran nos molestaríamos, porque nos daríamos cuenta “que se nos pasó la mano y que esa jamás fue nuestra intención”.

Al final de la jornada, simplemente nos conformamos y nos sentimos triunfadores el día que siempre llega donde nos dicen: “¡Papá, tú eres el mejor padre del mundo!”.

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