NO, PARÍS Y FRANCIA NO ARDEN, TODAVÍA NO

4 de abril de 2023

He recibido varias llamadas y mensajes en las últimas semanas de familiares y amigos sinceramente preocupados. Todos con similar inquietud: ¿estábamos bien, sin sustos o rasguños producto de los disturbios que tenían lugar al margen de manifestaciones y protestas contra la ley de jubilaciones? He respondido con la circunspección de rigor tratando de explicar que, sin implicación directa por voluntad propia, el riesgo que corre el ciudadano anónimo que soy es cero. Aproveché para sugerir a mis interlocutores una postura de cautela ante lo que difunden los noticiarios, sea cual fuere lo que reporten. Gesto inútil de mi parte ya que siendo la telemanía una enfermedad incurable me temo que reincidirán una y otra vez. Porque las habrá, mañana jueves 6 de abril, por ejemplo. Afortunadamente fijé fecha para viajar a Italia 24 horas después, que si no me las hubiera visto negras para llegar al aeropuerto e incluso para el vuelo porque los controladores de tráfico aéreo suelen invitarse a estos bailes sindicales. 

La ley de marras, mal explicada y mal vendida, pero comoquiera aprobada legalmente por decretazo hace 10 días, se encuentra ahora en manos del Consejo Constitucional, que a petición de sus impugnadores analiza si viola en todo o en parte preceptos establecidos en la Carta Magna. Deben estar revisándola por todas sus costuras y esperemos, en aras de un proceder acorde con los principios que deben regir una democracia, que fallen «en alma y conciencia» con independencia de los otros poderes del estado, del ejecutivo en particular. Cuando dentro de una semana, el jueves 14, la ciudadanía conozca la textura de la salsa en la que será guisada, el pandemónium pudiera recomenzar. Me perderé el espectáculo porque estaré en Milán. Lo cierto es que el asunto no carece ni de complejidad ni de azuzadores que a estas alturas están actuando a cara descubierta, sin soslayar sus verdaderas intenciones.

En realidad, existen varios frentes abiertos en Francia por los profesionales del desorden. Obrando los militantes que han estado esgrimiendo la violencia como herramienta de combate y valga la redundancia. Hay una fractura social cierta que les es favorable y como todo en el fondo es político no puede saberse que complicidades los amparan en las altas esferas de partidos que, sabedoras que por el momento el rejuego electoral los excluye de acceder al poder tientan las alquimias tremendistas. En tales circunstancias va y están apostando por un  anarquismo percibido como alternativa salvadora.   

Resulta extremadamente difícil controlar en democracia a minorías que, organizada y determinadamente, actúan como profesionales del desorden. Quienes los respaldan entre bastidores son conscientes de ello. La eficiencia absurda que portan en su quehacer acaba de verse en otras protestas, menos espectaculares como las que han protagonizado tierra adentro en Francia centenares de campesinos de la región central del Hexágono, que están opuestos a la construcción de embalses para regadío durante el verano. En esa lucha «anti-regadío» se han polarizado militantes radicales de diversas tendencias cuya matriz común es el ecologismo extremista y una furibunda mentalidad anticapitalista.

Es ese campo han coincidido agitadores de toda laya, interviniendo en cuanto conflicto ha surgido en los últimos años. Y no solamente en Francia porque arropados con otras banderas han comparecido cada vez que ha habido reuniones del G7 y del G20. Aquí, en estos meses y antes han operado en las calles de París, Burdeos y Nantes. Pero se colaron igualmente en aquellos «puntos de control» inventados hace par de años cuando los Chalecos Amarillos. Sin sorpresa, en un reciente congreso de dos días convocado por una asociación francesa etiquetada “Youth for Climate”, así en inglés, sus organizadores la terminaron con un cursillo en el cual entre otras lindezas instruyeron a los participantes en diversas maneras de combate cuerpo a cuerpo, sabotaje a conductoras de agua y de combustible, etc. En resumen, un vademécum de la insurrección plasmado en orden del día. En la mesa presidencial de ese cónclave fue presentado como invitado de honor Andreas Malm, apóstol del «leninismo ecológico» y engendro singular de este Siglo XXI.

En el comunicado final no firmado nominalmente, los miembros del colectivo enyuntados a los de otro cuyo nombre traduzco «Alzados de la Tierra», convocaron conjuntamente a realizar «acciones de desobediencia contra una sociedad que nos oprime y que pone en peligro irreversible el futuro del planeta que habitamos». De manera subliminal invitaron a miembros y a simpatizantes a combatir «con todas las armas disponibles», a todo bicho viviente que se oponga a sus designios. Naturalmente en el primer renglón del listado de enemigos colocaron a la autoridad policiaca, estigmatizada como instrumento de un poder enemigo y opresor.

Sin bien es cierto que la violencia individual y colectiva ha existido siempre en la historia de la Humanidad, no lo es menos que los ideólogos la evocan complacientemente cuando les atribuyen objetivos revolucionarios, sin admitir el desprecio a la vida y a los derechos de la ciudadanía que concurran. Este tipo de contravención se está observando en Francia porque el clima ambiente en lo político-mediático les opone una contradicción muy débil, cuando no les dispensa una mal disimulada complacencia.

Hasta ahora todo intento hecho para llevar a los revoltosos ante los tribunales ha sido baldío. La incitación a la desobediencia civil y a las acciones que la misma conlleva ha sido muy difícil a documentar y quienes gobiernan no se resignan a colocar de una vez a los revoltosos y a los subversivos en el campo de los mártires autoproclamados.  Juzgan ilusoriamente que necesitarán representantes de la parte contraria con quienes discutir cuando llegue el día de conversar para transar un final de conflicto. Una vez más experimentan el viejo reflejo de suministrar al enemigo la soga con las que pueden ahorcarnos.

El pronóstico es reservado, pero por el momento seguimos aquí de pie, ilesos y contemplando este espectáculo inefable ilustrativa de una perversión de valores subyacente que está ligada a una radical interrelación entre lo lícito y lo ilícito en el interior de una sociedad que como la francesa pena a deshacerse del lastre de un pasado pretendidamente revolucionario. Aviso a quienes se han preocupado por mí: por el momento al menos no hay llamaradas a la vista.

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