‘No existen sustancias milagros’, la obesidad es una enfermedad crónica y progresiva

Written by Libre Online

21 de julio de 2026

Después de conseguir perder kilos tras un dieta, empieza la difícil tarea para no volver a recuperarlos. Todo empieza por cambiar hábitos y creencias: conocer lo que comemos, recibir apoyo psicológico aparte de incorporar el ejercicio físico, definitivamente, a nuestra vida. Porque no engordar exige mucho más que una sensación de saciedad motivada por sustancias, como nos lo explica el Dr. López-Nava, endocrino y director de la Unidad Endoscopia Bariátrica del HM de Sanchinarro: “El error más frecuente consiste en pensar que la fase de adelgazar equivale a resolver el problema”.

Por A.González Manjavacas

Entre la revolución de los nuevos fármacos para adelgazar y la realidad de conocer una enfermedad crónica que además es progresiva, todo pasa por entender la gravedad de la situación. “No existe sustancia milagro. Hay que saber que la obesidad es una enfermedad crónica y, además, progresiva, un reto urgente para la Sanidad como hace años lo fue el tabaquismo”, alerta el Dr. Gontrand López Nava, médico endocrino y uno de los especialistas en endoscopia bariátrica con mayor experiencia en el tratamiento de la obesidad, en una entrevista. 

Actualmente, la sociedad trata el sobrepeso y la obesidad como si se tratara de un problema de estética, cuando en realidad es una patología que afecta progresivamente a la salud de todo el organismo.

Es importante señalar que estos medicamentos no son una novedad médica. Buena parte de la popularidad de estos tratamientos se ha producido “por cauces alejados del ámbito estrictamente científico, medicamentos que se han hecho muy famosos por una vía que no es médica ni científica”, afirma López Nava. Se trata de medicamentos análogos de GLP-1, fármacos que han existido desde hace mucho tiempo, que estimulan el páncreas y se usaban originalmente para la diabetes.

 Su popularidad actual se debe al descubrimiento de que también actuaban sobre los mecanismos que regulan el hambre. Se vio que estos fármacos atraviesan la barrera cerebral y actúan directamente sobre la sensación de saciedad, sirviendo también para adelgazar. A partir de ese momento comenzó una expansión sin precedentes; se empezaron a comercializar para la pérdida de peso y se expandieron de la mano de toda una corriente de influencers.

Aunque son sustancias que han cambiado actualmente el tratamiento de la obesidad, no son inocuas. El resultado es inmediato, pero se tiende a recuperar el peso cuando se dejan de tomar. En efecto, la irrupción de los medicamentos agonistas del GLP-1 (péptido similar al glucagón tipo 1) —sustancias que se unen a un receptor celular y lo activan, potenciando la acción natural del cuerpo para producir una respuesta— está revolucionando la medicina actual. Estos fármacos imitan a la hormona natural que libera nuestro intestino tras comer, de modo que engañan al cuerpo para que se sienta satisfecho rápidamente y ayudan a estabilizar el azúcar en sangre.

Ante el fenómeno de los fármacos que se han ido desarrollando recientemente, como Ozempic o Wegovy, el doctor invita a analizar este escenario con una mirada más amplia y menos condicionada por la moda. Conviene recordar su origen como medicamentos para la diabetes, popularizados debido al auge mediático en las redes sociales por gente que ha perdido peso a corto plazo. Sin embargo, advierte que a largo plazo lo más seguro es que aparezca un efecto rebote.

Para combatir la obesidad y no volver a engordar, en primer lugar hay que entender que, al ser una enfermedad crónica, no puede combatirse únicamente con un pinchazo o una inyección. 

Quitar el hambre es algo complejo que pasa por saber cómo funciona este mecanismo a nivel gástrico y cerebral. El proceso va desde conocer la ansiedad asociada a la comida, las recaídas y su dimensión más humana y social, hasta la necesidad de contar con el apoyo de un nutricionista y un psicólogo para mantener el peso perdido si es preciso.

El especialista en endoscopia bariátrica reconoce que estos fármacos son eficaces para perder peso, pero considera que la discusión pública suele centrarse únicamente en los resultados inmediatos y olvida cuestiones esenciales. Por ejemplo, “no inofensivos”, insiste en varias ocasiones: “Además, poco se habla de que los beneficios obtenidos pueden desaparecer cuando se dejan de tomar: hay miles de pacientes y estudios que afirman que en cuanto se deja de tomar se recupera el peso”.

La razón de esto se encuentra en los mecanismos biológicos propios de nuestro organismo. “Nuestra biología nos ayuda a recuperar todo el peso perdido. Cuando hemos entrado en una forma de perder peso, el cuerpo hace unos mecanismos de autorregulación que hacen que tengamos más apetito y más aprovechamiento de la comida”, detalla el doctor.

Muchos desconocen realmente las implicaciones de iniciar este tipo de tratamientos. El mensaje clave debe ser que, si se opta por la vía de los medicamentos para adelgazar, “los va a tener que usar de por vida”, sostiene el especialista. Sin embargo, la experiencia demuestra que muchos pacientes abandonan el tratamiento porque no desean mantenerlo indefinidamente o porque experimentan efectos secundarios. 

“La media son unos ocho meses y entre los problemas figuran alteraciones pancreáticas, hipoglucemias, apatía emocional, estados depresivos asociados a la recuperación del peso e incluso, en algunos casos, problemas visuales”. 

Ante esto, el doctor lanza una advertencia clara: “Hay efectos que notamos y otros que los notan nuestros órganos”. Se trata de efectos poco frecuentes, pero el debate público debería incorporar una visión más equilibrada sobre sus beneficios y riesgos.

La experiencia clínica de López-Nava le ha llevado a una conclusión que resume buena parte de su filosofía terapéutica: para combatir la obesidad es necesario comprender cómo funciona el hambre. En este punto, el doctor diferencia el hambre que nace del estómago del que se origina en la cabeza, explicando que existen dos mecanismos distintos. “Hay un hambre gástrico que es muy potente y un hambre cerebral”.

El primero está relacionado estrictamente con la fisiología digestiva: cuando una persona siente hambre y come, las paredes del estómago se relajan y la sensación desaparece. El segundo responde a factores emocionales, a la ansiedad o a conductas aprendidas que son mucho más complejas. “Acabas de cenar y sigues teniendo hambre, vuelves a comer algo más, o necesitas dulce… Ese es el hambre cerebral”, matiza el endocrino.

Y precisamente esa diferencia explica buena parte de su trabajo en el ámbito de la endoscopia bariátrica por vía oral, un procedimiento que busca modificar temporalmente la capacidad del estómago sin necesidad de cortes ni incisiones. “No hay que operar. Son procedimientos a través de la boca”, aclara, precisando que “pegamos las paredes del estómago por un tiempo para que durante ese tiempo puedas adelgazar y aprender un nuevo estilo de vida”.

Con más de 4.000 casos tratados mediante diferentes técnicas bariátricas, López-Nava observa una característica común en buena parte de quienes llegan a su consulta: “Todos los pacientes que ayudamos por endoscopia ya han utilizado medicamentos GLP-1. Casi todos han pasado por ahí”. Estas técnicas permiten reducir el tamaño funcional del estómago mediante suturas internas realizadas por vía endoscópica. “Se hacen en veinte minutos. El paciente puede marcharse a su casa recuperado”, añade.

Lejos de plantear una confrontación entre medicamentos y procedimientos endoscópicos, el doctor defienden una visión complementaria. “Sí usamos fármacos”, confirma, indicando que de hecho algunos pacientes pueden beneficiarse de apoyos farmacológicos puntuales después incluso de haber adelgazado mediante técnicas endoscópicas. No obstante, remarca que ninguna herramienta resulta suficiente por sí sola: “Los fármacos son eficaces, pero no son inocuos. Del mismo modo, tampoco las intervenciones endoscópicas garantizan el éxito permanente”.

Para ejemplificarlo, comparte su experiencia en consulta: “Tengo pacientes que hicieron balón gástrico o se sometieron a endosutura, perdieron 40 kilos y después volvieron a ganar peso”. La explicación, señala, vuelve a estar relacionada con el componente psicológico de la enfermedad. “No es un tema solo de hambre; es de ansiedad. Son problemas complejos”, insiste.

Como conclusión frente a las soluciones simplistas, la obesidad no puede abordarse únicamente desde el peso ni desde la capacidad de controlar el apetito durante unos meses. La parte más difícil del tratamiento pasa por cambiar hábitos, reeducar la relación con la comida y entender que no existe una sustancia milagrosa. “Hay que abordar la obesidad desde una perspectiva integral. El error más frecuente consiste en pensar que la fase de adelgazar equivale a resolver el problema”. 

Para el doctor, es imprescindible acompañar cualquier tratamiento de una profunda reeducación alimentaria y emocional: “Debe haber un programa educacional fuerte donde al paciente se le enseñe su relación emocional con la comida, nuevos hábitos nutricionales y una relación más saludable con la alimentación”.

La intervención de nutricionistas y psicólogos ocupa un lugar central en este planteamiento terapéutico. Muchas conductas alimentarias tienen más relación con la ansiedad, el estrés o la búsqueda de una recompensa rápida que con una necesidad fisiológica real. El especialista hace una analogía sencilla: “Si queremos que un paciente no tenga una manía, le educamos; pues lo mismo ocurre con la comida”. Admite que los resultados son variables, detallando que “tenemos pacientes que en un 80 % se reeducan, pero hay otro 20 % en el que los malos hábitos son más fuertes”.

Y es que ninguna intervención médica puede sustituir el aprendizaje. “Lo que no se puede sustituir ni con endoscopia, ni con sustancias, ni con intervención quirúrgica es la educación. La educación alimentaria, el apoyo psicológico y el cambio de hábitos es la parte del tratamiento que ningún medicamento puede sustituir”, insiste con firmeza.

López-Nava trasciende incluso el ámbito estrictamente sanitario al denunciar que la sociedad sigue contemplando la obesidad, con demasiada frecuencia, como una cuestión estética. Remarca que se trata de una enfermedad que afecta progresivamente a todo el organismo: “No es un problema estético. El cuerpo está diseñado para un determinado peso y el exceso de grasa pasa factura”.

Las consecuencias de esta patología no se limitan a la imagen corporal. “La grasa acumulada termina afectando al sistema cardiovascular, al metabolismo, a las articulaciones y a numerosos órganos. La grasa que nos sobra la vemos debajo de la piel, pero está afectando a todo el cuerpo por dentro. Es como un chapapote que inunda todos los órganos”, explica el endocrino de forma gráfica.

Frente a quienes buscan soluciones inmediatas o milagrosas, el doctor concluye con una reflexión clave: “Los medicamentos pueden ayudar y las técnicas endoscópicas también, incluso pueden complementarse entre sí pero  ninguna sustituye a la parte educacional. Porque, en una enfermedad como la obesidad, la verdadera batalla no termina cuando se pierden los kilos, sino cuando se consigue mantenerlos durante toda la vida”.

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