NECESITAMOS UNA POLÍTICA GENEROSA Y CREADORA COMO LA DE JOSÉ MARTÍ

Written by Libre Online

17 de enero de 2023

Por Carlos Márquez Sterling (1950)

La fascinante personalidad de José Martí se aproxima a un aniversario más. Juan Gualberto Gómez, el más político de 

nuestros grandes patriotas, descubrió en el oleaje de las pasiones partidarias la verdadera psicología martiana. Se necesitaba para lograr la independencia un creador. Y eso era Martí. Un creador.

Juan Gualberto definía la actividad política de nuestro Apóstol genialmente. El más grande de los intelectuales, –decía Don Juan– es el creador. Está por encima del filósofo, del profesor, de la erudición y del hombre de acción cualidad que se desbordaba en Martí. Un creador es un visionario que revela la nueva verdad. Cuando un hombre ha visto transcurrir su vida entera entre la inteligencia y el estudio, sacrificando el interés material a la moral, está preparado como ninguno para las tareas de novedad que entrañan el progreso y el mejoramiento humano.

Martí, como en todas sus demás facultades, era un político de generosidad desbordada. En los días en que Juan Gualberto, en conversaciones y en cartas íntimas, formuló aquellos juicios, el maestro se había visto obligado a reelaborar algunos de sus más fundamentales pensamientos. La política internacional, analizada en dos grandes y sensacionales congresos Panamericanos, el de 1889 y el de 1891, habían predispuesto al creador en contra de los Estados Unidos. Fue en las Pascuas del 89 que Martí en la sociedad literaria y ante todos los delegados pronunció su famoso discurso contra la grandeza temible de Norteamérica.

“¡Ah, por grande que sea Norteamérica y por ungida, que esté para nosotros en el secreto de nuestro pecho, sin que nadie ose tacharnos ni nos lo puede tener a mal, es más grande porque es la nuestra y porque ha sido más infeliz la América en que nació Juárez!”.

Desde entonces, las relaciones futuras con los Estados Unidos espantaron a Martí.  A los dos años de estos eventos, el maestro había rectificado. La línea recta jamás se quebraría, pero era imposible rechazar las realidades de la política. Aquellos criterios radicales desaparecieron. A los comisionados que enviaba a Cuba les decía: “No queremos captarnos la antipatía del Norte por pelear contra el imposible anexionismo. Tenemos la firme decisión de merecer y obtener su simpatía, sin la cual la independencia será muy difícil de lograr y mantener”. 

El político más combativo de la revolución cubana fue José Martí. Analizada su vida a través de las dificultades extraordinarias que constantemente se levantaron a su paso, asombra su victoria definitiva. La revolución, como toda obra humana, tenía su política interna que estaba transida de intrigas y de calumnias. Martí, rechazado inexplicablemente por la mayor parte de los jefes del 68 encontraba difícilmente su lugar. Fue la suya una onda tragedia. El hombre no se conformaba, el político no se subordinaba.

Hasta la revolución de 1880, en la que Martí usaba el seudónimo de Anahuac y en la que desempeñara fugaces intervenciones su persona no estaba lo suficientemente en relieve para suscitar pugnas y contradicciones. Fue cuando comenzó a enhebrarse la conspiración del 84 que el maestro hallaba obstáculos, resistencias y complejidades. Eusebio Hernández, que aspiraba a la Jefatura civil del movimiento y tenía influencia enorme con Maceo y con Máximo Gómez, a quien había curado recientemente de una pulmonía en San Pedro de Sula, lo combatía sordamente. Su correspondencia a propósito de las actividades de Flor Crombet, muy ligado a Martí en Nueva York, nos muestra este interesantísimo pasaje de nuestra historia. 

Trabajando a toda presión Eusebio, aunque entendía que Martí era necesario, lo empujaba celosamente hacia una posición secundaria, aprovechaba sus influencias y sus resortes cerca de los caudillos. Cuando pareció que Martí, polémico y alborozo podía ser el hombre del enlace Eusebio recomendó a Estrada Palma pintándolo con una elocuencia en el elogio que por contraste desmerecía Martí. “Hay que organizar, hay que unir su servicio, pero para esta labor es necesario un hombre de 

generales simpatías reconocidamente honrado y patriota vinculado a la guerra de los Diez Años que no sea objeto de envidias y rivalidades”.

Aunque en el cielo de nuestras libertades ocupan lugares esplendente cientos de hombres, el único que podía haber organizado la revolución, como en definitiva la organizó, era José Martí. Las pugnas del 84 a las que no fue ajeno sin culpa suya Máximo Gómez, determinaron el gran colapso de aquel movimiento y la conocida ruptura entre los colosos de nuestra independencia. A partir del aciago encuentro en que el Generalísimo y el Maestro se distanciaron, la política de Martí fue la más difícil de todas las políticas, estar y no estar es la situación más compleja, más amarga, más desconsoladora, que puede confrontar un luchador de raza.

A Martí le hervían las ideas en el cerebro. Su inteligencia, dedicada a todas horas a pensar en la libertad de su isla, era una fragua. Precisa considerarlo en su ambiente pleno de lirismo donde en brazos de la fantasía soñaba a todas horas en encontrar el camino del Sol. Su vida era una extraña leyenda. Un águila blanca renovada en su alma todas las noches, moría en cada mañana a manos del verdugo de la indiferencia. Ahora, Martí llevaba las alas ensangrentadas y rotas.

Contra muchas de las afirmaciones que se han venido haciendo, Martí confrontaba la necesidad de combatir hasta alcanzar el lugar que creía 

correcto. Un temperamento como el suyo a pesar de todo, dominante y nervioso, necesitaba arraigarse en el cariño de sus compatriotas a fin de poder mostrarles el valor y la verdad de sus doctrinas, que deseaba imponer, no por la fuerza, sino por él. La forma revela la exquisita comprensión del problema y de sus implicaciones. Desde entonces, el maestro vivía retirado de la acción política. No cesaba de alentar a los cubanos, pero no admitía un puesto secundario. 

Llegó a parecer ambicioso y hasta egoísta. Los que en un mitin de aquella época lo injuriaron eran realmente orgánicamente, incapaces de comprender. Él se defendía generosamente. Sus reacciones tenían efecto, a veces por rumbos muy opuestos. Mostrar una revolución dividida cuando él mismo no la representaba aún, era un crimen. Cuando se vio en la obligación de contestar alguna que otra alusión velada de Máximo Gómez lo hacía con tanta grandeza que maravilla su estilo, aquel vigor polémico que destacaba en Martí, un mundo de argumentos, ideas, jamás fue usado contra los cubanos mismos. 

Obligado a recogerse, estuvo en el ostracismo más de seis años. En 1890, aunque Martí gozaba de un gran prestigio, no podía ser tampoco el jefe del movimiento. No había peleado. El brillo de los guerreros que llevaban en su cuerpo las cicatrices de cien combates gloriosos deslucía, opacándolos, el esplendor radiante de sus discursos. Máximo Gómez, inconforme, permanecía mudo y no se decidía a actuar.

A convencer, enderezó Martí su discurso del año 90 en el aniversario de Yara, agarrado con ambas manos a la tribuna, gritaba a toda voz “¡mientras nos queden pies nos alzaremos siempre para decir presente!”.

Martí no quería asombrar a los descreídos, si algo sabían de las flaquezas humanas al decirles qué soldados faltaban en la lista de aquella noche, ni cuántos eran los que, en esa época, sin brillo y sin gloria, se mantenían al lado del sacrificio. Tenía que referirse al General Gómez. Y debía hacerlo.

De todos los discursos de Martí, ninguno tendrá tan honda emoción política. Por qué despreciar la razón–preguntaba Martí– si a la hora de montar, la razón estará frente a los enemigos entrando en la caballería, “para que las respeten, los que saben morir”. 

La grandeza política de Martí era tanta que solía no ser enteramente comprendida. Muchos en aquella época no penetraron la hondura de sus metas. Otros le apretaban las manos, ardiente la mirada, estremecidos por aquellos haces de luz que se proyectaban. Aún persistía desde lejos la pugna inmortal con el viejo. Aquella noche, Carmita Mantilla, la mujer que mejor lo comprendía, lo vio ensangrentado en la claridad de una mañana. Cuando la revelación le exigiera estar presto a inmolarse. Su habitación se había poblado de figuras queridas: San Lorenzo y Jimaguayú.

La característica más lograda en Martí era la condición política. Casi un niño dio pruebas de esta cualidad sobresaliente. En el periódico “Patria Libre” ofreció su riqueza de pensamiento político.

Una insólita agresión a Cuba de dos periódicos americanos, “The Manufacturer” y “The Evening Post”, consagró a Martí a los ojos de los cubanos. En Cuba ejerce rara fascinación el escándalo personal y político y los diarios mencionados habían injuriado a los cubanos profundamente. “Los cubanos, –decían–, eran indeseables, afeminados y perezosos, deficientes e inmorales y sin experiencia para cumplir sus obligaciones ciudadanas en una República grande y libre. Y agregaban implacablemente: Les faltaba la valentía, respeto propio y dignidad. Sus revoluciones han sido una farsa, los negros cubanos están al borde de la barbarie”.

Martí se indignó, sufría intensamente. El perenne tormento que durante los últimos años había alcanzado su vida, lo conmovió hasta las entrañas. Su defensa de Cuba es una de las páginas más hermosas de cuantas escribió en su admirable existencia. Los lauros de esta vibrante réplica política no los quería para él. En su constante ofrenda de sacrificios se había adueñado al fin del corazón de sus compatriotas. Mientras más serenamente miraba en torno suyo, más se alejaba de las intrigas que se tejían a su alrededor. La transformación de su carácter que lo conducía triunfalmente al camino de los éxitos soñados la debía a su profundo tacto político. En esta etapa de su vida presentaba un extraño parecido espiritual con Abraham Lincoln en el que se mezclaba como rara mixtura los afanes libertadores del mariscal de Ayacucho. 

Nuevos aspectos han de revelarnos siempre que Martí no podía fracasar más allá de su vida. Siempre le fue fácil liberarse de aquellas dudas que esclavizaban y dominaban a los hombres tímidos. “Su sangre española, como la de Bolívar más próxima a la del conquistador que a la del indio Siboney tenía ese origen hazañoso e increíble”. Cada uno de sus objetivos políticos estaban dirigidos a largas visiones de futuro. Concebía el engrandecimiento de los negros tan maltratados por el periódico filadelfiano y se entregó, en lo adelante, a la tarea de fundar una Liga protectora de la raza ebánica.

Siempre fue Martí un hombre iluminado por la inflexibilidad de sus principios. Cortina, que jamás ha estado más elocuente que en su admirable apología de Martí, encierra aquella gravedad creadora en párrafos verdaderamente dignos de la oratoria del Maestro. Resulta difícil entender, dice Cortina, cómo podía vivir y actuar con tan enorme tensión espiritual junto a la que conviven la penetración y la fría, y cortante lógica de sus revelaciones humanas. Sostenía al mismo tiempo la imaginación creadora y superior del mítico que vive en un mundo suprasensible con la acción poderosa del luchador que logra derretir el hielo de las más diversas almas para fundirlas a una sola espada. 

En el curso de la vida de José Martí no hay instantes más supremos que los que siguen al contacto de la multitud. Mostraba ese contento del hombre idealista sufrido en la soledad, que acierta a comprenderlo. Su casa era una fiesta cuando se llenaba de visitantes. Entonces se veía hermoseado por un halo de extraña predestinación. Ascendió políticamente a la cumbre de los días inmortales cuando, en Tampa y Cayo Hueso, lo recibieron entre ovaciones y abrazos. Entonces se inició el gran político que había en la entraña fundadora de aquel hombre único e inconfundible. 

“Delante de mí vuelvo a ver los pabellones dando órdenes; y me parece que el mar que de allá viene cargado de esperanza y de colores, rompe la valla de la tierra ajena en que vivimos y revienta contra esas puertas sus olas alborotadas… Alcémonos, alcémonos para que algún día tengan tumbas nuestros hijos”…

La prodigiosa emanación de ideas y de pensamientos, de frases crudas y quemantes como lenguas de fuego o amorosas y tiernas como caricias que brotaban de José Martí es la lírica, heráldica de nuestra libertad y de nuestro derecho. En lo más recóndito de los corazones cubanos, resurgía la fe y la confianza. Vieron en Martí la concreción material de su propio destino y la encarnación fulgurante y súbitamente madura de su ensueño. No pudieron resistir ni contenerse. Se abalanzaron sobre los escenarios del mundo y cargándolo en brazos lo proclamaron con ardores de renacimiento. Martí era el dolor y la virtud. Martí era el sacrificio y la libertad. Martí era la patria viva. Martí representaba a Cuba. ¡Él era la revolución que echaba a andar!

Solamente dos grandes hombres, Gómez y Maceo, hubieran podido provocar aquel milagro. En lo adelante la bandera invicta, flotando siempre entre pabellones y estandartes, sería José Martí. Y aún sus enseñanzas políticas, su gran corazón de creador y de maestro, sigue vibrando en espera de sus moldes a los que él se dio sin tasa ni medida.

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