NECESITAMOS AUMENTAR LA INMIGRACIÓN LEGAL

Written by Adalberto Sardiñas

14 de marzo de 2023

No muchas fechas en el pasado, hablaba del fenómeno demográfico que se estaba produciendo en varios países, especialmente en Asia, y específicamente en Japón y China, este último siendo el más afectado, donde se pronostica, por diversos estudios y modelos demográficos computarizados, que su población, para el año 2100, se habrá reducido a la mitad, es decir, a unos 750 millones de habitantes.

Dos factores determinan esta proyección: (1) el descenso en la fertilidad y, (2), el rápido envejecimiento poblacional.

Los últimos estudios al respecto muestran una data sobre Asia con un creciente porcentaje de la población en las tres principales economías del continente, Japón, Corea del Sur, y China, sobrepasando los 65 años. Los tres países comenzaron ya a sentir los efectos de la carencia de trabajadores disponibles en un desafío directo a su productividad.

Este descalabro demográfico, trae, para el futuro de las naciones afectadas, consecuencias de profunda magnitud para sus estándares de vida, en todos sus aspectos, desde el cuidado de la salud, hasta la manera de sus costumbres, y, sobre todo, el nivel de productividad que marcará el ritmo de bienestar o pobreza para sus habitantes.

  Por el momento, la alarma se ha concentrado sobre Asia, donde los factores mencionados son más agudos. Pero este problema no es prerrogativa exclusiva de cierta determinada geografía, sino un proceso que amenaza a un sinnúmero de países, entre los cuales, tarde o temprano, estará Estados Unidos, si no se toman medidas adecuadas para confrontar este potencial desbalance en el nivel demográfico. En el último análisis, el tamaño de la población cuenta en el orden esencial de la ecuación: menos trabajadores, menos producción.

Evidentemente que, en el cuadro general de la cuestión, y la potencial dislocación que ésta pudiera acarrear, Estados Unidos descansa en terreno mucho más firme y seguro que el resto de las naciones en Asia, Europa, u otro cualquier continente.

Mientras que en Asia, por ejemplo, las opciones para suplir el déficit humano se hace más difícil, limitándose, tal vez en sumo grado, a la automatización, debido a las restri-cciones políticas, ideológicas y culturales, por la renuencia al uso inmigrante, en América, al contrario, se dispone de un manantial inextinguible de reserva humana, con millones de personas, la mayoría jóvenes, ansiosas de venir a esta nación a ofrecer sus servicios. 

Esta fuerza migratoria, ingresando al país de manera regulada, organizada, y legal, siguiendo los protocolos existentes en las leyes ya promulgadas, más otras que posiblemente vendrán, sería un aporte de extraordinario valor para la nación americana, y llenaría el vacío que una crisis demográfica infligiría a la economía.

No es difícil visualizar esta eventualidad desde el ángulo positivo. Una infusión millonaria, de talento humano, vía inmigración legal, aumentaría, exponencialmente, la fuerza laboral en múltiples sectores de la economía. Ganaríamos millones de trabajadores en la industria agrícola, de transporte, de la medicina, de la construcción, y, la aflicción que afectaría a varios otros países, no precisamente amigos o aliados, jamás tocaría la estabilidad económica de esta nación.

La reducción de trabajadores que, eventualmente, llegará a China y Japón en los próximos años, no es problema menor. Ambos carecen de las alternativas, la flexibilidad, y los recursos disponibles a Estados Unidos. No cuentan con una inmigración disponible y cercana, ni estarían dispuestos a utilizarla, si la tuvieran, por las razones arriba expuestas. Los frena su idiosincrasia nacionalista, en el caso de Japón, y la rigidez autocrática del Partido Comunista en el caso de China. 

En el escenario doméstico, la inhabilidad de nuestra dirigencia política de aumentar la fuerza trabajadora representa un reto a los programas de beneficio social como el Medicare y el Social Security.

Para mantener estos programas, la nación necesita más trabajadores. En el momento de su creación, el programa de Social Security tenía 42 personas contribuyendo a sus fondos, por cada retirado. Hoy la relación es de 3 a 1, y pronto será de 2 a 1.

Obviamente, esta desproporción no puede continuar si deseamos tener un país próspero con una economía robusta. La nación necesita más gente. Más profesionales. Más médicos, enfermeros, ingenieros, y, naturalmente, más mano de obra para realizar labores de menor especialidad. Y los tenemos disponibles en escala mayor. Pero le falta al país la voluntad política. El Congreso, ilógicamente, ha evadido, por décadas, aprobar una reforma migratoria que acoja nuestras necesidades, y, a la vez, evitar el flujo desbordado y caótico de los que, ilegalmente, y a todo riesgo, pretenden penetrar al país, como sucede en los momentos actuales.

Estamos, en incomparable ventaja, con la mayoría de las naciones que confrontan un descenso en su población laboral. Tenemos a medio mundo soñando con la entrada a este país, deseosos de trabajar, con diferentes talentos, para ser aplicados a nuestro beneficio. Ya no se trata del de ellos, sino también del nuestro.

Un ejemplo, irónicamente trágico, es la llegada a Estados Unidos de 100,000 ucranianos, refugiados por la bárbara invasión rusa. Otros miles les seguirán. 

Y aquí, en nuestro traspatio, en Latinoamérica, tenemos a millones de jóvenes, aspirantes a una residencia permanente, con trabajo estable, en este país.

La solución a la potencial crisis demográfica que se avecina está en las manos del Congreso. Se les va agotando el tiempo. En la lista de las prioridades, se encuentra una reforma a la ley de inmigración que permita a más personas calificadas entrar al país.

No se trata de posturas políticas. Se trata de una impostergable realidad. Necesitamos más inmigrantes. No en desordenadas muchedumbres, acampadas en nuestras fronteras, sino aplicantes elegibles, guiados por protocolos al amparo de la ley.

Así estaremos a salvo del estrecho lazo que pronto limitará el crecimiento de muchos países, China, en primer lugar.

BALCÓN AL MUNDO

La semana pasada llegó a La Habana el general del ejército ruso Nikolay Petruchev, director del Consejo de Seguridad Nacional de Rusia, y uno de los más cercanos asesores de Vladimir Putin.

 ¿Qué fue a buscar? Nada, porque Cuba no tiene nada que dar. Petruchev fue a ofrecer. A ofrecer consejos sobre represión, solicitados por Díaz Canel cuando estuvo en Moscú hace tres semanas. Petruchev se entrevistó con las más altas figuras de la represión comunista cubana, radicada en el Ministerio del Interior, para delinear nuevas estrategias sobre el control, siempre por la brutalidad, de las manifestaciones de protestas como las ya históricas de julio del 21.

Hay versiones de que el Partido Comunista de Cuba, saltando por encima de los militares, solicitó la ayuda rusa para reprimir futuras explosiones de protestas que pudieran expandirse por toda la Isla.

Y es que los comunistas, y todo el gobierno, tienen miedo. Temen que un deteriorado Raúl Castro pronto los abandone, y una nave sin control de mando navegue a la deriva sin rumbo fijo.

 Ante este posible escenario, una dictadura decrépita, en ruina moral, y en bancarrota económica, acude en total humillación, en completa abyección, buscando la protección del más brutal y sangriento despotismo que confronta la humanidad de nuestros días.

  Lo que Díaz Canel necesita, y es posible que el ruso se lo haya obsequiado, es un manual sobre cómo apagar un volcán.

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Cuatro americanos, de la raza negra, procedentes de Carolina del Sur, entraron a territorio mexicano por Matamoros y fueron secuestrados por el Cartel del Golfo. Dos fueron asesinados, y un tercero, una mujer, resultó herida, pero fue rescatada. Dicen que fueron buscando cirugía plástica o medicinas. De cierto no se sabe con claridad. Todo luce turbio y las informaciones ofrecidas carecen de lógica.

Mientras tanto las relaciones México-EE.UU. están siendo dañadas y en estado de tensión.  El cantinflesco presidente López Obrador, muy consecuente con los carteles, dice que su gobierno está investigando.

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Varios congresistas, cuatro en total, de ambos partidos, pretenden presentar un Bill para eliminar el embargo. Dos de ellos pertenecen a estados agrícolas y sueñan con que sus clientes pudieran vender sus productos a Cuba. ¿Ignoran estos políticos que Cuba sólo quiere comprar a crédito porque carece de divisas, y que, cuando le venden a crédito, nunca paga, porque pagar es un verbo que no aparece en su diccionario? 

No obstante, pueden estar tranquilos, porque el disparate no pasará ni en la Cámara, ni en el Senado.

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