MORAR EN EL DESTIEMPO 

Written by Libre Online

19 de octubre de 2022

CRONOS Y YO

Tiene que haber un otro,

Un destiempo, digamos,

Un contratiempo, un anti-tiempo,

¡Cartílago de vida sin luctuosos 

Instantes denigrantes de la muerte!

Iván Pórtela.

Por J. A. Albertini, Especial para LIBRE

Cuando el joven Arturo tuvo noticas de una  inteligencia, tan eficiente como la humana, que llamaban artificial se mostró escéptico y preguntó: ¿Cómo es eso? Sencillo, respondió el heraldo de la novedad. Es una máquina creada por la razón para buscar soluciones a dificultades del vivir diario. Luego, con aires de sabiduría total, repitió una frase acuñada por otros y que Arturo no entendió. La ciencia de la computación es paradigma del juicio humano. ¡Ah!, qué bien, el neófito, para no desentonar, articuló. Cuando tengas alguna inquietud lógica ven a verme y veras lo fácil que la computadora piensa y te orienta.  

Poco antes, del encuentro mencionado, la esposa de Arturo había muerto y logró  superar la viudez temprana gracias a la responsabilidad amorosa que resultó ser el cuidado de la hija pequeña, en la cual volcó la totalidad del afecto y la ternura que le restaba. Sin embargo, la niña víctima del libreto genérico, con más o menos participación visual en la obra y parlamentos que interpretar, abruptamente fue eliminada, apenas hizo entrada en escena. Enfermó gravemente y los médicos le pronosticaron una existencia breve.

En trance tan doloroso, Arturo recordó al personaje que le había hablado sobre las bondades de la inteligencia artificial. Y  esperanzado en curar el mal que le cercenaba la ilusión del porvenir, tomó a la criatura en brazos y fue a la casa de piedras volcánicas y vidrios en la que, rodeado de sus aparatos, vivía el que mantenía vínculos con lo desconocido.

El hombre lo recibió con amabilidad y seguro de sí mismo le dijo: Ten calma. A la inteligencia le  suministramos los datos concernientes al padecimiento de tu hija. Y ella, por mediación de la computadora, nos dirá qué hacer. ¿Será una respuesta divina…? Arturo, en su afán de padre, buscó un asidero. Bueno, esto es parte de la creación y  presumo que, como en todo, Dios está presente, respondió el operador. En lo que introduces la información y esperamos el resultado, ¿podría orar? Haz lo que quieras, pero te digo que esto es ciencia, y la ciencia no hace milagros. Pero acabas de afirmar que Dios está presente, Arturo enfatizó. El otro, sin dejar de presionar el teclado, reiteró. Está presente porque es ciencia no milagro. ¿Qué hay entonces, de la fe y la esperanza…?, Arturo casi gritó. ¡Silencio!, la máquina comenzó escribir… ¿Y qué dice…? ¿Cuál es la cura que mí niña lleva…? Y en la pantalla del monitor, iluminada por una luz verde y tenue, aparecieron los caracteres aguardados. Arturo se inclinó para leer mejor y su rostro se coloreó con luminosidad de progreso. ¡No!, ¡no no es posible que la razón divina me ordene que comience a preparar el funeral porque ella morirá en  pocas horas…! ¿Dónde está la misericordia de Dios?, clamó e iracundo descargó un puñetazo sobre la respuesta inteligente.

Arturo estrechando a la hija contra su pecho regresó a la vivienda familiar y así, muy pegada a él, la mantuvo por un periodo de tiempo irreconocible hasta que, dejando un suspiro en vilo, la criatura falleció. 

Atribulado por el fárrago de conceptos religiosos, existenciales y mecánicos, repudió la línea biográfica trazada y en vez de sepultar al despojo querido por el oscuro ritual establecido, lo llevó al monte de maderas preciosas que la niña, en su vida breve, tanto disfrutó y donde, con la inocencia de las primeras voces articuladas, se regocijaba en alimentar a los animales salvajes. Preferentemente a los lobos hambrientos que con la criatura, para sorpresa de Arturo, siempre actuaron con afabilidad canina. 

Y allí, sobre un lecho sepulcral, improvisado con tierra húmeda y hojas caídas, depositó su carga de amor inerte, para que las bestias se nutriesen de la carne amiga y el rito cruel de la naturaleza se afianzara con rostro bello de primavera indiferente. 

Con el gruñido de los lobos, en sus oídos, que se disputaban la pitanza retornó al hogar vacío. Agotado, sin despojarse de las vestimentas, se derrumbó en la cama de sábanas revueltas. Apretó los ojos para rehuir el tiempo y el mundo de los pensamientos… Durmió un rato, o eso pensó, cuando perplejo despertó a una noche quieta. En el cerebro las ideas eran inconsistentes e hinchadas de miedo paralítico. No obstante, sobreponiéndose al sentimiento que le drenaba energía, se incorporó y miró por la ventana abierta que, saltando la oscuridad, se prendía a una luz azul que titilaba en lo alto de la montaña, a un lado del bosque, que nunca se animó a escalar. Si llego a esa luz limpiaré los recuerdos, las culpas, el dolor y los temores. Dejaré la herencia del equipaje ajeno, caviló en llamarada extática.

(Continuará la semana próxima)

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