Mi Dios y yo

Written by Rev. Martin Añorga

25 de abril de 2023

Tendría yo apenas 15 años de edad, siendo estudiante en el colegio “La Progresiva” en la ciudad de Cárdenas, cuando fui invitado a disfrutar de una semana de vacaciones. Fue allí donde por primera vez oí un himno cristiano titulado “Mi Dios y yo”.

Al año siguiente participé de otra semana de disfrute de vacaciones y volví a gozar del mencionado himno, pero esta vez de muy diferente manera. Mi corazón palpitaba con un ritmo acelerado y mis ojos se humedecieron con silenciosas lágrimas. Esa noche, entre tramos de sueño me oía repetir las retadoras palabras del himno “Mi Dios y yo”. Lo alojé en mi memoria y lo comparto hoy con mis amigos lectores:

Mi Dios y yo marchamos por la senda

juntas las manos en firme amistad

de su sonrisa y dulce voz disfruto

mi Dios y yo, unidos en lealtad

mi Dios me habla de los siglos idos

y de sus planes hechos para mí

antes que él, el universo hiciera

mi eterno Dios, velaba ya por mí

mi Dios y yo, iremos siempre juntos

cada momento, hasta el final

cuando esta tierra y todo ya fenezca

aun con Dios, seré en la Eternidad.

Este himno se atribuye, letra y música, al autor Austris A. Wihtol, pero por el mundo ruedan decenas de versiones del mismo. Mi copia preferida, que creo  sea la original, la obtuve hace ya años sin contar y todos los días, yo que no sé cantar,  lo repito con reverente devoción antes de conciliar el sueño. 

Voy a contar, entre muchas situaciones difíciles a las que he tenido que enfrentarme, lo que me sucedió con la profesora de música en el Seminario. Puso en mis manos una copia del himno y se sentó para examinarme. No había manera de que yo entonara, y creyendo que se trataba de una indisciplina, me expulsó del aula sin permitirme una explicación. 

Recuerdo que fui a la oficina del director, Dr. Alfonso Rodríguez Hidalgo, quien años después fue uno de mis grandes amigos. Le dije de mis dificultades con la música y le anuncié que había decidido terminar mis clases en el seminario. Le expliqué lo sucedido y me aseguró que él se encargaría del asunto, diciéndome que me enviaba a ver un famoso logopedista en La Habana que era su amigo. Me separó turno para el siguiente día y me dio dinero para los gastos del viaje. Para ser breve, cuento que el médico que me atendió me revisó las cuerdas vocales y me enseñó los pasos a seguir para que dominara el uso de la voz.

Para concluir afirmo que he sido un orador televisivo, radial y un predicador, modestia aparte, reconocido internacionalmente. Nunca he logrado cantar “Mi Dios y yo” a solas, pero confieso con plena satisfacción que es el himno que ha iluminado celestialmente los caminos por los que me ha tocado andar.

La pregunta que se me sembró en el alma y que se la he hecho a mis alumnos, feligreses y amigos es si tienen a alguien en sus vidas que puedan considerarlo como su héroe. Yo pudiera escribir con justificada gratitud sobre Rolando Espinosa, nacido cuatro días antes que yo me apareciera en el mundo, y hablo de Rolando porque no creo que exista otro cubano en el exilio que haya hecho tanto por centenares de compatriotas que gracias a su intervención lograron sus metas. Rolando no cobraba por sus servicios. Era desinteresado, servicial y humilde como uno de los santos que menciona La Biblia.

Y fue prácticamente ayer que despidiéramos a Demetrio, dinámico líder de la Junta Escolar y brillante figura pública que ocupara una importante posición en la comisión municipal. De él, hemos hablado, pero mucho queda por decir. ¡Se trata del fundador y administrador de las Escuelas Lincoln-Martí.!

Recuerdo que en la iglesia que yo pastoreaba, en cierta ocasión se apareció una señora que con tono de desesperación pidió hablar conmigo. La escuché con amable atención y después de nuestra conversación me di cuenta de que padecía de soledad. Sus hijos andaban por otros países y su esposo se fue una noche sin regresar. Al despedirse le di una copia del himno “Mi Dios y yo”, y le dije que con la compañía de Dios no sufriría más la tristeza de la soledad.

No olvido que varios días después regresó a darme las gracias: el himno “Mi Dios y yo” le devolvió la paz que necesitaba.

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