Memorias de un párroco

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19 de enero de 2022

Monseñor Jenaro Suárez Muñíz

Los relatos de El Padre Jenaro, de 1965

(II de XXI)

CÓMO LLEGUÉ A SER PÁRROCO DE LA CATEDRAL

Para complacer a mi buen Prelado, que, me pidió escribiese algo sobre mis actuaciones en los largos y recordados años de mi curato en la Catedral de San Carlos de Matanzas, me propongo, sin más documento que el recuerdo grato de mis días ya pasados, escribir todo aquello que esté a mi alcance, (haciendo notar de antemano, que los esfuerzos para realizar las obras y empresas que aquí se enumeren son el fruto de la cooperación generosa y desinteresada de una feligresía que supo amar a su parroquia y disimular más de una vez, los errores y equivocaciones de su párroco.

Irán anotados aquí los hechos y reformas ejecutados en el período que corre desde el 1 de agosto de 1918 al 14 de septiembre de 1961. El Apóstol San Pablo nos dice que son inescrutables los caminos del Señor. For eso no pasó jamás por mi mente ni la más remota idea de que yo hubiera podido ser alguna vez cura párroco de alguna de las iglesias de la Diócesis de Matanzas, y menos el Rector de su Catedral, que llegó con el decurso de los años a formar parte de mi persona: tal es el cariño con que la tengo adentrada en mi ser.

Yo pertenecía, por incardinación canónica a la Diócesis de La Habana, y después de las tantas finezas y benevolencias del entonces dignísimo Obispo de La Habana, Excmo. Sr. D. Pedro González Estrada, me consideré ligado a él de tal manera, que no siendo por disposición de Dios, mi diócesis hubiera sido siempre la en que actuara Monseñor Estrada… Así las cosas y cuando concluía yo de explicar el tercer curso de filosofía en el Seminario de San Carlos, recibí un recado de mi antiguo profesor de Matemáticas, el Excmo. Sr. D. Severiano Saínz y Bencomo, a la sazón Obispo de Matanzas, ofreciéndome la Catedral de su Diócesis a título de «(Cura Rector».

Mi respuesta era obvia. «Yo no saldría de la Diócesis de La Habana mientras Monseñor Estrada fuera el Obispo, a no ser que, puesto de acuerdo Monseñor Saínz con él, de quien era muy adicto y devoto, determinasen mi traslado a Matanzas». Así le respondí yo al R. P. M. Gutiérrez C. M., portador del mensaje de Mons. Saínz… El día 1.° de agosto de 1918, después de haber celebrado la Santa Misa en el altar de N. Señora de la Caridad, tomé posesión de la Parroquia de manos del venerable sacerdote, limo. Sr. Federico I. Romeu y Rubio, que era el párroco desde hacía ya varios años, y que, por su edad y achaques, ha tiempo había solicitado un sustituto en la parroquia.

Hízolo bajo inventario, comenzando desde entonces mi vida parroquial. Me di cuenta de que era una iglesia desde el punto de vista arquitectónico y de sus distribuciones y dimensiones, cuya grandeza honraba la memoria de los PP. Manuel F. García, Jacinto M. Martínez, Santiago Sierra, Alberto Méndez, que la habían fundado y enriquecido, era, en una palabra, una iglesia como la había soñado yo en los días de mis sueños estudiantiles: dos torres esbeltas, tres amplias naves, dos capillas laterales circundando el Presbiterio, magnificentísimo altar Mayor que, como supe después, había sido regalo póstumo del Excmo. Sr. D. Francisco de Paula Barnada y Aguilar, otrora cura párroco de esta iglesia.

Acrecentaba la riqueza y dignidad de dicho altar, la circunstancia notabilísima de haber sido consagrado como toda la iglesia, por Monseñor Saínz, dotándolo de una mesa de una pieza de mármol de Carrara, de una longitud de más de 3 metros por 0’50 cm. de ancho y 0’05 de espesor. (La municificencia de Mons. Saínz ya había dotado a su Catedral de magnífico trono pontifical con su dosel y cortinas para los colores litúrgicos, su faldistorio y taburetes litúrgicos, así como de 50 magníficos bancos de caoba ciara que son los que dan asiento y comodidad a los fieles en las funciones de la Liturgia sacra. Amén de eso, estaba al llegar un órgano tubular adquirido por el mismo señor Saínz a la antigua iglesia de S. Lázaro de La Habana y restaurado para esta Catedral por el organero D. José Pigarau.

Poco me quedaba que hacer cuando recibía un tesoro conservado con cariño, como no fuera conservar lo recibido y reparar lo que por incuria del tiempo y destrozo de animalillos enemigos de la madera y la ropa, se fuera deteriorando o destruyendo. Imposible dejar de recordar aquí de nuevo a los beneméritos Manuel Francisco García, sacerdote matancero, bautizado en esta iglesia por otro sacerdote matancero, que era párroco a la sazón y, si mal no recuerdo, era el Presbítero N. Pimentel; aquí Fray Jacinto María Martínez, elocuente y celoso sacerdote, más tarde Obispo de La Habana; a D. Santiago Serra, el coloso que dotó a la iglesia del magnífico piso de mármol y a la capilla de N. Señora del Amor Hermoso, hoy del Sagrario, del rico altar de escayola y mármol que ostenta… Aquí al distinguido sacerdote, matancero también, Dr. Alberto Méndez y Núñez, que enriqueció el templo con sillones apropiados para las misas solemnes, un manifestador de metal de estilo parigual al altar mayor, un magnífico y vistoso Vía-Crucis, un temo blanco para las fiestas, misales y Rituales nuevos, así como otras aparentemente pequeñeces, pero oportunos objetos para devoción y culto.

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(Continuará la semana próxima)

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