Memorias de un párroco Monseñor Jenaro Suárez Muñiz

Written by Libre Online

30 de marzo de 2022

Los relatos de El Padre Jenaro, de 1965

 (XII de XXI)

ÓRGANO

Para poder hacer uso del órgano, que se alimentaba con aire a palanca, produciéndose una presión desigual en el fuelle y el secreto, y para lo cual eran menester dos hombres, decidí comprar un ventilador con su motor, que fue primero instalado en la torre del reloj, encima del baptisterio, pero era tal el ruido, que fue menester trasladarlo a la azotea, hasta que una vez más la generosidad de Monseñor Saínz nos trajo de Alemania un ventilador y motor a propósito, marca «Ventus» que obraba admirablemente, hasta la llegada del órgano actual.

El antiguo motor y ventilador fueron vendidos, empleando su producto en llenar huecos que la mala administración de quien no llevando cuentas, ponía en deuda y a prueba el prestigio económico del «Rector de la Catedral».

La obra cumbre de 1951 fue la adquisición del órgano Hanmond, obsequio de la Sra. Paulina Alsina de Grau, matancera bautizada en esta iglesia. Aquí encaja una anécdota curiosa.

Tenía yo empeño en estrenar el órgano el día de Cristo Rey, que ese año caía el 28 de octubre, y como el día 23, a pesar de las reiteradas promesas no hubiera venido, envié a la Habana, para visitar a la Sra. Vda. Uppmann, doña Dolores Machín, a fin de obtener la pronta adquisición del órgano, que la casa vendedora no entregaba si no se le ponía como anticipo de plazos, hasta llegar a tres mil pesos y tanto que costaba, un mil pesos, pero yo no tenía con qué lavarme la cara. Envié, pues, a la señora Esperanza Correa de Seco, que ni conocía a la Sra. Machín ni sabía dónde vivía, y aquí lo extraordinario; como cayera un aguacero torrencial, la Sra. Correa se vio obligada a cobijarse bajo los portales de la calle de Galiano, cuando una señora desconocida la invitó a entrar en un magnífico automóvil diciéndole: No tenga miedo, yo la llevo a donde quiera, ¿a dónde va? La Sra. Correa le dijo: pues voy de parte del P. Jenaro a ver a la Sra. Machín de Uppmann, a lo que replicó la señora: Ha tenido suerte, porque no crea que la Sra. Machín recibe como quiera, pero hoy la recibirá y yo la llevaré porque ella es mi amiga.

Demás está decir el estupor de Esperanza, cuando por la tarde se encontró con la Machín, quien le dijo: pasado mañana, y era el 25, vuelva por aquí.

Así fue y, abonando la señora la cantidad total del órgano, fue embarcado para la Catedral a donde llegó el sábado a la una de la madrugada, procediéndose de inmediato a su instalación y soltando sus melodías en la mañana siguiente, en la solemnísima fiesta de Cristo Rey.

EL DESASTRE (1926):

MUERTE DE MONS. SAINZ

La gran obra de reparación del temploo y pintura

Grandes grietas que provocaban algunos derrumbes interiores obligaron a hacer un reconocimiento de lo que ocurría, y el Sr. Obispo acudió al arquitecto del Obispado, Sr. Bienvenido Caballol, para que, mediante examen emitiese su juicio sobre la catástrofe que se presentía.

Del reconocimiento resultó que era necesaria una operación consistente en reforzar los cimientos de catorce pilastras del templo, entre ellas, las torales, pues la trepidación del tráfico moderno y el peso sobreabundante del cupulón (33,000 lbs.) era demasiado para los vetustos fundamentos que habían sido calculados para una iglesia sin cúpula y con techo,-de tejas.

El primer presupuesto de la obra reparadora ascendía a la cantidad, exorbitante entonces para la parroquia y la Diócesis y el pobre Rector, cuya riqueza ahora consistía en haberse acostumbrado a pedir para la iglesia. El Sr. Obispo, decidido, comenzó sin embargo a titubear y sólo se limitó de primera providencia, a apuntalar las pilastras que amenazaban el desplome.

Las luchas sostenidas por mí, ya con tirios, ya con troyanos, y más con éstos; pues me era doloroso pensar en el «tu quoque fili», de César que en el combate frente a los enemigos declarados, le propuse al Prelado, la clausura de la Catedral, trasladar el Archivo y sus oficinas al Obispado, que ya llevaba dos años en el edificio por él levantado donde ahora está y, que dicho sea de paso, no era el lugar que él hubiera escogido, pero el deseo de «que el Obispado quedase dentro de la jurisdicción parroquial de la Catedral», le obligó a constreñirse a éste.

Los cultos debieran trasladarse con los derechos de parroquia por lo menos hasta poder realizar la gran reparación, a la iglesia de los Padres Carmelitas, mientras que yo hubiera de nuevo pasado a la Diócesis de la Habana.

El Señor tenía dispuestas las cosas de otro modo, y, mediante una Circular y Alocución que Mons. Saínz dirigió a sus diocesanos, encabezando la suscripción con cuatro mil dolares, hizo el llamamiento, cuya historia consta en documentos y en el Boletín. Establecí un sistema de colectas con cuota fija por el tiempo que duraran las obras, salieron comisiones por las calles, se libraron cartas a casi los confines del mundo, siendo ayudado en esa labor de secretaría por el inolvidable amigo D. Heraclio González y Vínoles, condueño del Hotel Velasco en aquella época.

Acudí a los Representantes y Senadores por Matanzas, los cuales en su mayoría respondieron al llamamiento, siendo digno de notar el rasgo del Dr. Juan M. Haedo y Triana, que habiendo cesado en su mandato por aquel año, se brindó generoso y espontáneo a contribuir con la cuota asignada a sus antiguos camaradas y colegas.

(Continúa la semana próxima)

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