Memorias de un párroco

Written by Libre Online

6 de abril de 2022

Monseñor Jenaro Suárez Muñiz

Los relatos de El Padre Jenaro, de 1965

Aquí otra vez el recuerdo de los «puntales de la Parroquia… Los Penichet, Solaún, Urréchaga, Urquiza, Suárez, Bilbao, Rojas, Vega, Vera Verdura, Betancourt, etc., etc., difíciles de enumerar precisamente cuando, alejado del solar, no tengo más documentos que los recuerdos gratos de mi agónica actuación y de la generosa cooperación de los unos y de los otros: El Liceo de Matanzas, el Casino Español, El Comercio todo y las Instituciones, en la medida de sus posibles, contribuyeron a reunir el acervo.

Aumentado por los nuevos derrumbes que las obras comenzadas provocaban, pues de los diez mil cincuenta pesos, dólares, iniciales, subía ahora el presupuesto a veintisiete mil, sin contar después con la pintura y decoración del templo.

Es imposible dejar de consignar aquí el rasgo generoso de las Sras. Pilar Sánchez de Lezcano, residente en el extranjero, y de la Excma. Sra. Marquesa de Valdecilla, que aportaron la cantidad que faltaba para este segundo presupuesto.

Es menester contar el episodio providencial de semejante aporte, pues yo no tenía el menor conocimiento de estas generosas personas. Sugirióme una joven feligresa la idea de escribirles, cuando me faltaban ocho mil pesos para completar el total de veintisiete mil presupuestados.

Sin más esperanza que el encomendar el mensaje al Glorioso Patriarca San José, escribí sendas cartas exponiendo que este monumento, a la Sra. Sánchez, bautizada en esta iglesia; y resto glorioso del imperio español, a la Marquesa, no podría ser terminado en su reparación sin el aporte de la cantidad que restaba ($8.000). Las cartas fueron escritas y dirigidas, a la Sra. Sánchez, a Madrid; a la Marquesa, a Santander. Aquí el que yo he llamado el milagro del Santo Patriarca.

Meses después se recibían en el Obispado, a donde yo les pedía contestaran, dos cartas: una con tres mil pesos, de la Sra. Sánchez, que más tarde triplicó cuando la pintura, y otra con cinco mil pesos, de la Sra. Marquesa. Eran los ocho mil que yo interesaba.

Cuántos recuerdos con los cuales se pudo aprender a conocer cómo un pueblo ama a su parroquia y se solidariza para conservarla.

Inútil repetir la colaboración de las congregaciones en esta obra, cuya ejecución llenó de asombro a la ciudad, le dio vida al Rector, que gozaba con el andamiaje y comenzó a minar los nervios y la salud del Prelado, que pocos años después presentó su rico memorial al Señor, del decoro de cuya casa tanto había gozado.

¡Cómo quedaron aquellas paredes y qué difícil pensar en una digna decoración! Pero el que «consuela a los afligidos» prodigó el lenitivo con la generosidad del inolvidable Mons. Saínz. Acometió la empresa por vía de prueba, de encomendar la pintura a unos exilados húngaros que se presentaron en el Obispado proponiendo un sistema de decoración, imitación de damasco, a semejanza de los palacios europeos.

Aquí merece ser contado un episodio, medio serio, medio trágico, a la vez que cómico. Quien hubiera conocido al P. Saínz, no hubiera creído en lo que voy a contar.

Se presentaron dichos individuos y le propusieron la decoración del Obispado, pero le pedían les adelantase el dinero o parte, para trasladarse a Alemania, traer los materiales y visitar a sus familiares, sin otra garantía que su plabra de honor de que en determinado tiempo prudencial estarían de regreso para comenzar la obra. Efectivamente, accedió Mons., que contaba el caso como una bagatela cualquiera, hasta el extremo de no recordar a los dos pintores.

Una mañana, pasado el tiempo previsto, tocaron a la puerta y me dijo el Sr. Obispo: «No sé por qué me figuro que son los pintores, pues se está cumpliendo el tiempo prometido y tengo la idea de que no me engañaban». Dicho y hecho, eran los pintores que venían ya en tren de faena con escaleras y botes de pintura. Ejecutaron la obra, cuyos algunos ejemplos quedan todavía en el Obispado.

Y fue tal la impresión que le hizo a Mons., que se animó a acometer la decoración del Presbiterio de la Catedral, como se hizo, en un estilo que «a mí no me gustaba», pero, pero… Durante un año, más o menos nos acomodamos a aquella pintura, hasta que sobre el año treinta y uno de este siglo, apareció la figura de José Tima, ex combatiente en la guerra de los ejércitos austríacos.

Hombre culto y aficionado a la pintura, de la que resultó ser un magnífico copista, después de haber contratado con Mons. Saínz la decoración de la Capilla del Sagrado Corazón por vía de prueba, dejó el Sr. Obispo que yo le diera la idea de lo que había de pintar, y forjé el plan de desarrollar en esa capilla, el tema y texto del prefacio del Sagrado Corazón.

Gustó la ejecución y entusiasmado el Sr. Obispo contrató la Capilla del Sagrario, dejando a mi elección el tema, que desarrolló de manera que todo fuera alusivo a la Eucaristía, excepción de una de las pechinas donde se reprodujo la aparición de Nuestra Señora de Lourdes a Santa Bernardette, como recuerdo de que un 11 de febrero había sido la consagración de Monseñor como Obispo de Matanzas.

Pasóse luego a la pintura de la cúpula, las pechinas torales y el Presbiterio, en las mismas condiciones anteriores.

(Continúa la semana próxima)

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