Memoria constante. Relatos verídicos

Written by José A. Albertini

16 de junio de 2026

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

Poco antes de llegar el Orientalito, por vez primera y única vez, a casa, yo le había visto disparar, parado en medio de la calle, contra los pisos superiores de La Audiencia. Y créanme cuando les cuento que de niño nada tuvo cuando, con firmeza, se llevó el rifle al hombro y descargó, consecutivamente, las ocho balas del peine contra los sitiados en el inmueble. 

Al terminar de comer abuela lo invitó a café, recién colado. Volvió a dar gracias y prendió un cigarrillo. En esos momentos, en el cielo lejano, por el muro lateral del portal, que miraba en dirección opuesta al Palacio de Justicia  apareció un avión, bombardero ligero, B-26 que descargaba su mortífera carga en las sabanas lejanas a la ciudad.

El Orientalito, con cuidado, puso el cigarrillo, a medio fumar, en el muro. Aprestó el rifle y le tiró a la aeronave. El estruendo de los disparos retumbó en el espacio.

— ¡No haga eso hijo, que si ese avión se da cuenta y vira nos mata a todos…!  —abuela, despavorida, gritó.

El Orientalito, sin responder, como si con él no fuera, recuperó el cigarrillo y prosiguió fumando.

— ¡Marianita no seas tonta! —abuelo intervino. —El piloto ni se enteró. La distancia es mucha. Además, se ve que no quiere tirarle al pueblo.

Al amanecer del 1 de enero de 1959, en Santa Clara, se corrió la voz de que el general Batista había renunciado a la presidencia y tomado un avión rumbo al extranjero.

 En un santiamén las calles se llenaron de pueblo enardecido que vitoreaba a los vencedores y reclamaba castigo inmediato para los derrotados.

Imposible olvidar el loco tráfico vehicular que se desató en horas de la tarde. Soldados rebeldes, de origen campesino, que jamás soñaron  conducir un automóvil, deslumbrados como niños con juguetes de Día de Reyes Magos o atracción de “carros locos” de feria congestionaron las calles y, no respetando ningún señalamiento de tránsito, guiaban en todas direcciones, ocasionando un considerable número de accidentes. La mayoría, por suerte, menores.

También aquel primero de enero, tan pronto se oficializó la rendición del regimiento provincial Leoncio Vidal y el cuartel 31 de la Guardia Rural, los, hasta entonces, atípicos paredones de fusilamientos comenzaron a funcionar de manera tan metódica y eficaz que en el hablar cotidiano del cubano, hasta los días presentes, el término paredón se ha convertido en vocablo de uso común; lo mismo para insultar o bromear. 

En la noche de la victoria, jueves 1 de enero de 1959, se esparció la noticia de que el Coronel Joaquín Casillas Lumpuy, que en los últimos días de diciembre de 1958 había sido nombrado, por el propio general Fulgencio Batista, jefe supremo del regimiento Leoncio Vidal, disfrazado de mujer, tratando de escapar de la “justicia revolucionaria”, había sido capturado en el  villaclareño pueblo de Santo Domingo, por miembros del Movimiento 26 de julio, al mando del comandante Víctor Bordón Machado.

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